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La Agente de la Triada Epidemiologica

6934 palabras

La Agente de la Triada Epidemiologica

Yo era Daniela Ruiz, la agente de la triada epidemiologica más chingona en la Secretaría de Salud. Con años persiguiendo patógenos en las calles de la CDMX, nada me preparaba para ese caso en el laboratorio de Coyoacán. El aire acondicionado zumbaba flojo, pero el calor de julio se colaba por las ventanas, haciendo que mi blusa se pegara a la piel como una segunda capa sudorosa. Olía a desinfectante mezclado con algo más primitivo, como feromonas flotando en el ambiente.

Entré al cuarto de análisis, donde Alejandro y Valeria ya esperaban. Alejandro, el doctor alto y moreno con ojos que te desnudaban sin esfuerzo, revisaba muestras bajo el microscopio. Valeria, la enfermera con curvas que volvían locos a los residentes, se inclinaba sobre la mesa, su escote dejando ver el valle tentador de sus pechos. Pinche suerte la mía, caer con estos dos en un turno nocturno, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no era solo hambre.

—Wey, Daniela, mira esto —dijo Alejandro, su voz grave resonando como un ronroneo—. El agente triada epidemiologica que encontramos en esos pacientes no es un virus común. Causa fiebre, taquicardia... y un desmadre hormonal que los deja hechos unos animales. Pero todo consensual, eh, puro deseo mutuo.

Valeria se enderezó, lamiéndose los labios sin querer. —Sí, carnal. Los infectados reportan piel hipersensible, olor a sexo en el aire. Como si el agente, el huésped y el ambiente se alinearan perfecto para... ya sabes.

Me acerqué, mi falda rozando mis muslos, y miré la pantalla. Gráficas de picos hormonales. El corazón me latió fuerte.

¿Y si somos nosotros la triada perfecta? Agente, huésped, ambiente... en este lab caluroso.
La idea me mojó de golpe, un calor líquido entre las piernas.

El principio fue inocente. Decidimos simular la triada para entender el agente. Alejandro como huésped susceptible, yo inyectando el "agente" con mi toque, Valeria manipulando el ambiente con luces tenues y música suave de fondo, un son jarocho que ponía romántica la cosa. Nos quitamos las batas, quedando en playera y pantalón. El sudor perlaba nuestras frentes, goteando por el cuello de Alejandro hasta su pecho marcado.

—Prueba uno —le dije, ofreciéndole un hisopo con la muestra diluida, pero en vez de eso, rocé mi dedo en sus labios. Su lengua salió, saboreándome, salado y dulce a la vez. Sus ojos se oscurecieron.

Chin güey, Daniela, eso no es protocolo —murmuró, pero su mano ya estaba en mi cintura, tirando de mí. Valeria rio bajito, su aliento cálido en mi oreja.

—Déjenme entrar en la triada, pendejos. —Sus dedos se deslizaron por mi espalda, desabrochando mi sostén con maestría. El aire fresco golpeó mis pezones, endureciéndolos al instante. Olía a su perfume, vainilla y deseo, mezclado con el mío, almizcle femenino.

La tensión creció como una tormenta. Alejandro me besó primero, su boca exigente, lengua explorando la mía con sabor a café y urgencia. Valeria mordisqueó mi cuello, sus uñas arañando suave mi piel, enviando chispas directas a mi clítoris. No puedo parar, esto es el agente actuando, o nomás soy una caliente, pensé mientras mis manos bajaban a la cremallera de Alejandro. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi palma. La piel ardía, suave como terciopelo sobre acero.

Nos movimos a la mesa de examen, acolchada y amplia. Valeria se quitó la blusa, sus tetas grandes rebotando libres, pezones rosados pidiendo atención. Me arrodillé, lamiendo uno mientras Alejandro me bajaba la falda. —Estás empapada, mamacita —gruñó, sus dedos abriendo mis labios vaginales, rozando el clítoris hinchado. El sonido húmedo de mis jugos era obsceno, chup chup, mientras yo gemía contra la piel de Valeria.

El ambiente se cargaba: el zumbido del equipo, nuestros jadeos entrecortados, el olor espeso a sexo —sudor, coño mojado, precum salado—. Alejandro me levantó, sentándome en la mesa, y hundió su cara entre mis piernas. Su lengua era un torbellino, lamiendo desde el ano hasta el clítoris, chupando mis labios como si fueran miel. Qué rico, wey, no pares, grité, mis caderas moviéndose solas, follándole la boca.

Valeria no se quedó atrás. Se subió a la mesa, abriendo las piernas sobre mi cara. Su concha depilada brillaba, rosada y goteante. La olí primero, aroma almendrado y salado, antes de meter la lengua. Sabía a néctar, ácido dulce, mientras ella se mecía, sus gemidos roncos llenando el cuarto.

Esto es la triada perfecta: yo el agente infectando, ellos recibiendo, este lab nuestro ambiente febril.

La intensidad subió. Alejandro se puso de pie, su verga apuntando como lanza. —Quiero entrar en ti, Daniela. —Asentí, guiándolo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El dolor placer me arqueó la espalda, sus bolas golpeando mi culo con cada embestida profunda. Clac clac clac, piel contra piel, sudor volando.

Valeria se bajó, besando a Alejandro mientras yo lo cabalgaba ahora, mis tetas rebotando. Ella se metió debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua en mi clítoris y en las bolas de él. Pinche loca, me vas a matar, jadeé. Alejandro gruñía, sus manos amasando mis nalgas, un dedo presionando mi ano, prometiendo más.

Cambiaron posiciones fluidas, como un baile carnal. Valeria encima de Alejandro, follándolo reverse cowgirl, su culo perfecto subiendo y bajando, mientras yo me sentaba en su cara, su lengua devorándome. Él lamía mi coño y el de ella al ritmo, nuestras jugos mezclándose en su boca. El cuarto apestaba a sexo puro, el aire pesado, nuestros cuerpos resbalosos.

—Me vengo, carnal —avisó Valeria primero, su cuerpo temblando, chorro caliente salpicando el pecho de Alejandro. Eso lo empujó al borde. Se levantó, yo de rodillas con Valeria, y nos turnamos chupando su verga. Boca profunda, gargantas abiertas, saliva goteando. Él explotó, chorros calientes en nuestras caras, bocas, gargantas. Tragué lo que pude, salado amargo delicioso, mientras Valeria lamía el resto de mi piel.

Yo fui última, dedos en mi clítoris mientras los veía, el orgasmo rompiéndome como ola. Grité, piernas temblando, coño contrayéndose vacío pero pleno.

Después, el afterglow nos envolvió suaves. Acostados en la mesa, cuerpos entrelazados, sudor enfriándose. Alejandro acariciaba mi pelo, Valeria mi vientre. —La agente triada epidemiologica nos contagió a todos —susurró él, riendo bajito.

—Pero qué chingón contagio —respondí, besándolos. El lab volvía a la normalidad, pero algo cambió. La triada no era solo ciencia; era nosotros, conectados en deseo puro, consensual, eterno. Mañana seguiríamos la investigación... con más pruebas.

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