Ansiedad al Intentar Dormir
La noche en mi depa de la Condesa se sentía pesada como un rebozo mojado. Me recosté en la cama king size que compartíamos Luis y yo, con las sábanas de algodón egipcio rozando mi piel desnuda. El ventilador del techo zumbaba perezosamente, moviendo el aire tibio que olía a jazmín del jardín de abajo. Pero nada ayudaba. La ansiedad al intentar dormir me tenía atrapada otra vez, como un nudo en el pecho que no se soltaba.
Mi mente era un desmadre: el pinche trabajo en la agencia de publicidad, deadlines que se amontonaban como tacos en la fonda del domingo, y esa junta con el jefe gringo que me había dejado hecha mierda. Cerraba los ojos y veía gráficos fallando, clientes enojados, el reloj tic-tac avanzando sin piedad. El corazón me latía fuerte, como tamborazo en una fiesta de pueblo, y el sudor me perlaba la frente. Intenté respirar profundo, contar ovejas como mi abuelita me enseñaba, pero ni madres.
¿Por qué chingados no puedo simplemente dormir? ¿Qué me pasa, Ana? Eres una pendeja por dejar que esto te coma viva.
Luis roncaba suave a mi lado, su pecho subiendo y bajando rítmicamente. Lo miré en la penumbra, iluminado por la luz de neón del Oxxo de la esquina que se colaba por las cortinas. Era guapo el cabrón, con esa barba incipiente que me raspaba delicioso y los brazos tatuados que me envolvían como si nada malo existiera. Extendí la mano y le toqué el hombro, sintiendo el calor de su piel morena, el músculo firme debajo.
Se removió y abrió los ojos, somnolientos pero atentos. "¿Qué onda, mi reina? ¿Otra vez no puedes dormir?" murmuró con esa voz ronca que me erizaba los vellos.
"Sí, carnal. Esta pinche ansiedad al intentar dormir me está matando. No sé qué hacer." Me acurruqué contra él, mi pechito presionando su costado, buscando ese consuelo que solo él me daba.
Acto uno terminaba ahí, con esa chispa inicial. Luis me jaló hacia él, envolviéndome en sus brazos fuertes. Su olor, mezcla de sudor limpio y el desodorante Axe que usaba, me invadió las fosas nasales. "Ven pa'cá, nena. Te voy a ayudar a relajarte." Sus labios rozaron mi frente, luego bajaron a mi sien, plantando besos suaves como lluvia de mayo.
Empecé a sentir un cosquilleo en el estómago, bajando lento hacia mi entrepierna. La ansiedad no se iba del todo, pero se transformaba, como si el miedo se convirtiera en deseo ardiente. Sus manos grandes recorrieron mi espalda, dedos callosos de tanto jugar fut en el parque raspando mi piel de gallina. Gemí bajito cuando me apretó la nalga, amasándola como masa de tamal.
"Dime qué sientes, mi amor. Déjame entrar en esa cabecita tuya." Me miró a los ojos, esos ojos cafés profundos que me desnudaban más que cualquier mirada.
Quiero que me folles hasta que olvide todo. Que tu verga me llene y apague este desmadre mental.
Le conté todo en susurros, las presiones del jale, el estrés que me ahogaba. Él escuchaba, asintiendo, mientras sus dedos bajaban por mi espina, llegando al huelecito de mi cintura. La habitación se llenaba de nuestros alientos agitados, el zumbido del ventilador ahora un fondo erótico. Mi clítoris empezó a palpitar, hinchándose con anticipación. Lo besé con hambre, mi lengua invadiendo su boca, saboreando el dulzor de su saliva mezclado con el menthol del chicle que masticaba antes de dormir.
La escalada era gradual, deliciosa. Luis rodó sobre mí, su peso reconfortante presionándome al colchón. Sentí su verga endureciéndose contra mi muslo, gruesa y caliente como un elote recién cocido. "Estás mojada ya, ¿verdad, pinche ansiosa?" rio bajito, metiendo la mano entre mis piernas. Sus dedos encontraron mi panocha empapada, resbaladiza de jugos. Jadeé cuando rozó mi clítoris, círculos lentos que mandaban chispas por todo mi cuerpo.
El olor a sexo empezaba a flotar, almizclado y embriagador, mezclándose con el jazmín exterior. Lamí su cuello, saboreando la sal de su sudor, mientras él chupaba mi teta derecha, la lengua girando alrededor del pezón endurecido. Cada roce era fuego: el roce de sus bolas peludas contra mi piel interna del muslo, el sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo de mí, chap chap chap, como olas en Acapulco.
La tensión subía como la marea. Me puse de rodillas, empujándolo para montarlo. "Ahora yo mando, güey." Agarré su verga, venosa y palpitante, y la froté contra mi entrada. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, me llenaba hasta el fondo. "¡Ay, cabrón! ¡Qué rica tu verga!" grité, mientras empezaba a cabalgar, mis caderas girando en círculos viciosos.
Luis gemía, manos en mis tetas, pellizcando pezones. "¡Cógeme más duro, mi reina! ¡Muévete como te gusta!" El colchón crujía bajo nosotros, ritmado como cumbia rebajada. Sudor nos cubría, gotas cayendo de su pecho al mío, resbalosas. Mi ansiedad se disipaba con cada embestida, reemplazada por un placer que me nublaba la mente. Pensaba solo en el roce, en el calor, en cómo su pubis chocaba mi clítoris.
Inner struggle: por un segundo, el estrés volvió, un flash de la junta. Pero lo aplasté montándolo más fuerte, clavándome sus huevos contra mi culo. "¡No pienses en eso, Ana! Solo siente!" me dije, y obedecí. Cambiamos posiciones: él atrás, doggy style, agarrándome las caderas con fuerza. Su verga me taladraba profundo, golpeando mi punto G, haciendo que mis piernas temblaran.
El clímax se acercaba como tormenta en el Popo. "¡Me vengo, Luis! ¡No pares!" Mi coño se contrajo alrededor de él, oleadas de placer explotando desde mi centro, irradiando a dedos de pies y cabeza. Grité, un aullido gutural, mientras chorros de squirt mojaban las sábanas. Él siguió bombeando, gruñendo, hasta que se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su semen goteando por mis muslos.
Colapsamos, jadeantes, enredados. El afterglow era puro: piel pegajosa, alientos entrecortados, el olor a semen y jugos impregnando todo. Luis me besó la nuca, suave. "¿Mejor ahora, mi vida?"
"Mucho mejor. Esa ansiedad al intentar dormir se fue con tus atenciones." Reímos bajito, y por fin, el sueño llegó, dulce y profundo, con su brazo alrededor de mi cintura.
Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, desperté renovada. La noche anterior había sido catarsis, un ritual mexicano de pasión que curaba lo que las pastillas no podían. Luis aún dormía, pacífico. Lo besé en la mejilla, saboreando el remanente de nosotros. La ansiedad al intentar dormir era ahora un recuerdo lejano, reemplazado por la calidez de nuestro amor físico.
Gracias, carnal. Por siempre así, follando el estrés fuera.
Y así, en nuestra cama deshecha, encontré paz verdadera.