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Inténtalo de Nuevo en Español (1)

6966 palabras

Inténtalo de Nuevo en Español

Sofía caminaba por la arena tibia de la playa en Puerto Vallarta, el sol del atardecer tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en el mar Caribe. El aire salado se mezclaba con el aroma dulce de las cocoteras y el humo lejano de las parrilladas en los chiringuitos. Llevaba un pareo ligero sobre su bikini rojo, que acentuaba sus curvas morenas y su piel suave, besada por el sol mexicano. Tenía veintiocho años, soltera y con ganas de aventura, trabajando como instructora de español para turistas en un resort boutique.

Ahí estaba él, Alex, el gringo alto y atlético que había reservado una clase privada esa tarde. Pelo rubio revuelto por la brisa marina, ojos azules que brillaban como el agua turquesa, y una sonrisa pícara que delataba su interés más allá de las conjugaciones verbales. Se sentó en la mesa de mimbre bajo una palapa, con vistas al oleaje suave. Qué chulo está este wey, pensó Sofía, sintiendo un cosquilleo en el vientre mientras desplegaba sus flashcards.

—Hola, Alex. ¿Listo para practicar? —le dijo con su voz ronca, juguetona, acomodándose cerca para que sus rodillas se rozaran accidentalmente.

Él se inclinó, oliendo a protector solar y a algo masculino, como madera fresca. —You're so beautiful, Sofia. I want to kiss you right now.

Sofía soltó una carcajada genuina, el sonido mezclándose con el romper de las olas. Sus pechos subieron y bajaron con la risa, atrayendo su mirada.

Try again in Spanish
, le susurró, guiñando un ojo, su aliento cálido rozando su oreja. El corazón de Alex latió fuerte; ella lo notó en el pulso de su cuello.

La clase empezó inocente: verbos irregulares, saludos cotidianos. Pero Sofía lo guiaba con toques sutiles: su mano sobre la suya al corregir una pronunciación, el roce de su muslo contra el de él cuando se inclinaba a escribir en la arena. —Di: Eres preciosa, —le pedía, mirándolo fijo, mordiéndose el labio inferior. Él lo intentaba torpe: Eres preh-see-oh-sah. —Bien, pero con más pasión, como si me lo dijeras en la cama.

El deseo crecía como la marea. Alex sudaba un poco bajo la camisa guayabera, y Sofía inhalaba su aroma, imaginando cómo sabría su piel salada. Neta, este pendejo me está poniendo caliente, reflexionaba ella, cruzando las piernas para calmar el calor entre sus muslos.

Al caer la noche, las luces de los faroles se encendieron, y el sonido de mariachis lejanos flotaba en el aire. —¿Quieres continuar la lección en mi bungalow? Tengo tequila y más... vocabulario avanzado —propuso Sofía, su voz baja, cargada de promesas. Alex asintió, los ojos oscurecidos por el hambre.

El bungalow era un paraíso íntimo: cama king con sábanas blancas revueltas, velas de coco encendidas que parpadeaban sombras danzantes en las paredes de adobe. El ventilador giraba perezoso, moviendo el aire húmedo perfumado con jazmín del jardín. Sofía sirvió shots de tequila reposado, el líquido ámbar quemando sus gargantas mientras brindaban. Sus labios se rozaron al chocar los vasos, y el primer beso explotó como fuegos artificiales.

Sus bocas se fundieron: la de él firme, exploradora, saboreando el tequila y el dulzor de su gloss de mango. Sofía gimió suave, ayyy, enredando los dedos en su pelo mientras sus lenguas bailaban, húmedas y urgentes. El tacto de su barba incipiente raspaba delicioso su barbilla, enviando chispas por su espina. Bajaron a besos en el cuello: ella lamió la sal de su clavícula, él mordisqueó su oreja, susurrando Te deseo con acento yanqui que la hacía reír y excitarse más.

Quítame el pareo, —ordenó ella, voz temblorosa de anticipación. Sus manos grandes obedecieron, deslizando la tela suave por su piel, revelando el bikini que apenas contenía sus chichis firmes. Alex jadeó, acariciando sus caderas anchas, subiendo a desatar el top. Sus pezones oscuros se endurecieron al aire fresco, y él los tomó en su boca, chupando con devoción. Sofía arqueó la espalda, el placer punzante como rayos:

Qué rico chupas, cabrón, no pares
. Olía a su excitación, almizcle dulce mezclado con el sudor.

La tensión escalaba. Ella lo empujó a la cama, quitándole la camisa para besar su pecho definido, lamiendo el rastro de vello hasta su abdomen. Sus dedos temblorosos desabrocharon sus shorts, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. ¡No mames, qué pinche grande!, pensó, saliva acumulándose. La tomó en su mano, piel aterciopelada sobre acero, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Alex gruñó, caderas alzándose, manos enredadas en su melena negra.

Sofía se subió a horcajadas, frotando su panocha mojada contra él a través del bikini bottom. El roce era eléctrico: su clítoris hinchado rogando atención, el calor de su verga presionando. —Entra en mí, pero despacio, —suplicó, guiándolo. Se hundió lento, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. Ambos jadearon: el sonido húmedo de unión, piel contra piel chapoteando, sus gemidos mezclándose con el zumbido del ventilador.

El ritmo creció febril. Sofía cabalgaba con furia, chichis rebotando, uñas clavándose en su pecho. Él la sujetaba por las nalgas redondas, azotando suave —¡Qué nalgas tan ricas!—, embistiendo arriba. Sudor perlaba sus cuerpos, goteando, oliendo a sexo puro, a mar y pasión. Internamente, Sofía luchaba:

Es tan bueno, pero ¿y si solo es un turista? No importa, esta noche es mía
. Alex la volteó, poniéndola a cuatro patas, penetrándola profundo, su vientre chocando contra su culo. El slap-slap resonaba, sus huevos golpeando su clítoris, llevándola al borde.

—¡Me vengo, Sofia! —gruñó él en inglés, y ella respondió: —Vente conmigo, inténtalo de nuevo en español: ¡Córrete! El orgasmo los arrasó: ella convulsionando, panocha apretando como puño, chorros de placer mojando las sábanas; él eyaculando caliente dentro, pulsos interminables. Colapsaron, jadeantes, piel pegajosa, corazones galopando al unísono.

En el afterglow, Sofía yacía sobre su pecho, escuchando su corazón calmarse, inhalando su olor post-sexo. La brisa marina entraba por la ventana abierta, refrescando sus cuerpos exhaustos. Él trazaba círculos perezosos en su espalda. —Gracias por la lección, maestra. Lo intenté de nuevo en español, ¿no?

Ella rio suave, besando su hombro. Sí, wey, y lo hiciste perfecto. En ese momento, bajo las estrellas mexicanas, no había fronteras ni idiomas; solo dos cuerpos satisfechos, almas conectadas en un éxtasis compartido. Mañana él partiría, pero el recuerdo de esa noche ardiente perduraría, como el sol que besa la playa cada amanecer.

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