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Digimon Adventure Tri 6 Pasiones Despiertas

6976 palabras

Digimon Adventure Tri 6 Pasiones Despiertas

Lucía se recargó en el sillón de su depa en la Roma, con el control remoto en la mano y la pantalla del tele prendida en el Blu-ray de Digimon Adventure Tri 6. El aire olía a café recién hecho y a su perfume de vainilla que se mezclaba con el calor de la noche mexicana. Afuera, el bullicio de la colonia se colaba por la ventana entreabierta: cláxones lejanos, risas de chavos en la calle y el zumbido de un ventilador viejo que no enfriaba ni madres. Tenía veinticinco pirulos, pero esa noche se sentía como en la secundaria, cuando soñaba con mundos digitales y parejas imposibles.

¿Por qué carajos este pinche anime me pone tan caliente? pensó, mientras veía la escena final de la batalla en el mundo digital. Su piel se erizaba, no solo por el fresco de la brisa, sino por el recuerdo de sus batallas. Mateo, su compañero de aventuras reales inspiradas en esas historias, llegaría en cualquier momento. Habían sido DigiDestined adultos, metidos en un rollo cibernético hace unos meses, como si Digimon Adventure Tri 6 fuera su vida. La adrenalina de pelear contra glitches y bestias virtuales los había unido más que nunca.

La puerta sonó con tres golpes secos. Órale, ya está aquí el güey. Abrió de un salto, y ahí estaba Mateo, alto, moreno, con esa playera negra ajustada que marcaba sus músculos de gym y jeans rotos que le quedaban como pintados. Olía a colonia fuerte, a sudor fresco del tráfico en Insurgentes y a algo más primitivo, como deseo crudo.

—Qué onda, preciosa —dijo él con esa voz ronca que le hacía cosquillas en el estómago—. ¿Ya viste el final de Digimon Adventure Tri 6? Me dejó con todo el hype.

Lucía lo jaló adentro, cerrando la puerta con el pie. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando como Digimon en fusión. El sabor de su boca era salado, con un toque de chicle de menta. Sus manos grandes le apretaron la cintura, subiendo por su blusa suelta hasta rozar sus tetas libres debajo del brasier.

Neta, este pendejo me vuelve loca. Cada vez que regresa de una misión digital, es como si el mundo real se incendiara.

Se separaron jadeando, mirándose con ojos encendidos. La tensión del día —él hackeando servidores corruptos, ella sincronizando datos en la nube— pedía salida. Caminaron al sillón sin soltarse, tropezando con la alfombra persa que su jefa le había regalado.

—Ven, siéntate —le susurró ella, empujándolo suave. Se sentó a horcajadas sobre sus piernas, sintiendo su verga ya dura presionando contra su entrepierna. El calor de su cuerpo la envolvía como una manta eléctrica, y el roce de sus jeans contra su short de licra la hacía mojarse al instante.

Acto primero de su noche: exploración. Las manos de Mateo se colaron bajo su blusa, pellizcando sus pezones rosados que se endurecían como botones. Lucía gimió bajito, un sonido gutural que vibró en su garganta. Su piel sabe a sal y aventura, pensó mientras le mordisqueaba el cuello, oliendo el sudor que perlaba su clavícula. Él le quitó la blusa de un tirón, exponiendo sus tetas firmes al aire fresco. Las chupó con hambre, lengua girando alrededor de los aureolas, succionando hasta que ella arqueó la espalda.

—Qué ricas están, mi amor —murmuró él, voz entrecortada—. Como en esas fusiones de Digimon Adventure Tri 6, tú y yo somos invencibles.

Ella rio suave, bajándole el zipper de los jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precum. La tocó con dedos temblorosos, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel caliente. Pinche monstruo digital, bromeó en su mente, mientras la masturbaba lento, arriba y abajo, oyendo sus gruñidos roncos.

La tensión crecía como un glitch en el sistema. Se levantaron, tambaleantes, yendo al cuarto. El pasillo olía a velas de lavanda que ella había prendido antes. En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como seda, cayeron enredados. Lucía se quitó el short, quedando en tanga de encaje negro empapada. Mateo se desvistió entero, su cuerpo atlético brillando bajo la luz tenue del foco rojo.

Acto segundo: escalada. Él la volteó boca abajo, besando su espalda desde las nucas hasta las nalgas redondas. Sus manos amasaron su culo, separando las cachetes para lamerle el ano con lengua juguetona. Lucía jadeó, enterrando la cara en la almohada que olía a su shampoo de coco. ¡Ay, cabrón, qué bueno! El placer subía en oleadas, su clítoris hinchado pidiendo atención.

—Muévete pa'cá —le ordenó ella, volteándose. Lo montó de nuevo, frotando su panocha mojada contra su verga. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, piel contra piel resbalosa. Sus tetas rebotaban con cada movimiento, y él las atrapaba, pellizcando fuerte.

Esto es mejor que cualquier batalla digital. Su calor me quema por dentro, me hace suya sin palabras.

Mateo la levantó como pluma, poniéndola de rodillas en la cama. Entró en ella de un empujón lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Lucía gritó de placer, uñas clavándose en sus hombros. Qué llena me siento, como si fuéramos uno solo en la red. Él empezó a bombear, ritmo constante, bolas golpeando su clítoris. El cuarto se llenó de gemidos, crujidos de la cama y el olor almizclado del sexo: sudor, fluidos, pasión pura.

La intensidad subía. Cambiaron posiciones: ella de perrito, él detrás, jalándole el pelo suave mientras la taladraba profundo. Cada embestida mandaba chispas por su espina, su vientre contrayéndose. Más fuerte, pendejo, dame todo. Él obedecía, gruñendo como bestia, sudando gotas que caían en su espalda.

—Te voy a llenar, mi reina —jadeó él, acelerando. Lucía sintió el orgasmo venir, un tsunami digital rompiendo barreras. Se corrió primero, paredes vaginales apretando su verga como puño, chorros de squirt mojando las sábanas. Él la siguió segundos después, eyaculando caliente dentro, pulsos interminables que la hicieron temblar.

Acto tercero: afterglow. Colapsaron juntos, enredados en un nudo de piernas y brazos. El aire pesado olía a semen y ella, a victoria compartida. Mateo la besó la frente, suave, mientras sus respiraciones se calmaban. Lucía trazó círculos en su pecho velludo, sintiendo el latido firme de su corazón.

—Neta, después de Digimon Adventure Tri 6, esto es lo mejor que nos podía pasar —dijo él, riendo bajito.

Ella sonrió, ojos cerrados, saboreando la paz. Somos más que aventureros digitales; somos amantes eternos. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, en su mundo, todo era perfecto. El deseo se había liberado, dejando un eco dulce que prometía más noches así.

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