Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Prueba el Otro Agujero Prueba el Otro Agujero

Prueba el Otro Agujero

6719 palabras

Prueba el Otro Agujero

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y jazmín salvaje, con el rumor constante de las olas rompiendo en la playa privada de la villa. Ana, con su piel morena brillando bajo la luz de las antorchas, se recargaba en la barandilla del balcón, sintiendo la brisa cálida acariciar sus piernas desnudas bajo el vestido ligero de algodón. Hacía dos años que estaba con Marco, su chavo de ojos negros y sonrisa pícara, el tipo que la hacía sentir como si cada día fuera una aventura. Esa noche, después de unas chelas frías y un ceviche fresco que habían preparado juntos en la cocina, el aire entre ellos vibraba con esa tensión familiar, esa hambre que no se saciaba con comida.

Marco se acercó por detrás, sus manos grandes y callosas —fruto de su trabajo como surfista profesional— rodeando su cintura. Estás cañona esta noche, mi reina, murmuró contra su cuello, su aliento caliente oliendo a limón y tequila. Ana se arqueó un poco, sintiendo el bulto endurecido de su verga presionando contra su culo a través de la tela delgada. Neta, este wey me prende con solo mirarme, pensó ella, mientras giraba la cabeza para besarlo. Sus labios se encontraron en un beso lento, jugoso, con lenguas danzando como en una salsa prohibida. El sabor salado de su piel se mezclaba con el dulzor de su boca, y Ana sintió un cosquilleo subirle por el vientre.

Entraron a la habitación principal, iluminada solo por velas que proyectaban sombras danzantes en las paredes de adobe. La cama king size, con sábanas de lino crujiente, los esperaba como un altar. Marco la desvistió con calma, deslizando el vestido por sus hombros, exponiendo sus tetas firmes y el tanga negro que apenas cubría su panocha ya húmeda. Mírate, toda mojada por mí, dijo él, arrodillándose para besar su ombligo, bajando hasta lamer el borde de la tela. Ana jadeó, sus dedos enredándose en su cabello oscuro y ondulado. Quiero que me coma entera, se dijo, mientras él le quitaba el tanga y hundía la cara entre sus muslos.

Su lengua era mágica, lamiendo su clítoris con círculos lentos, chupando sus labios hinchados. Ana gemía bajito, ¡Ay, cabrón, qué rico! El sonido de su succión era obsceno, mezclado con el chapoteo de sus jugos. Olía a sexo puro, a mujer en celo, y Marco gruñía de placer, metiendo dos dedos gruesos en su concha, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar. Ella se corrió rápido, un orgasmo que la dejó con las piernas flojas, gritando su nombre mientras el mundo se volvía blanco.

Pero no era suficiente. Marco se levantó, quitándose la camisa y los shorts, su verga saltando libre: gruesa, venosa, con la cabeza roja y brillante de precum. Ana la miró con hambre, arrodillándose para devolverle el favor. La tomó en su boca, saboreando el gusto salado y almizclado, mamándola profundo hasta que él jadeó ¡Puta madre, Ana, me vas a hacer acabar ya!. Ella sonrió alrededor de su carne, escupiendo saliva que corría por sus bolas, masajeándolas con gentileza.

Quiero más, quiero que me folle como animal, pensó Ana, mientras lo empujaba a la cama y se montaba encima. Su concha se abrió para él, tragándoselo entero en un movimiento fluido. Cabalgó despacio al principio, sintiendo cada centímetro estirándola, sus caderas girando como en un baile de cumbia. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, junto con sus gemidos sincronizados. Marco le amasaba las nalgas, separándolas, rozando su ano con un dedo húmedo de sus jugos.

Ahí empezó la escalada. ¿Quieres que te meta por atrás, mi amor?, preguntó él con voz ronca, sus ojos brillando de deseo. Ana se detuvo, su corazón latiendo como tambor en fiesta. Habían jugado con eso antes, dedos y juguetes, pero nunca la verga completa. Miedo y ganas revueltas, como chile en nogada, reflexionó ella. Sí, pero despacito, wey. Prueba el otro agujero, a ver qué tal, respondió juguetona, mordiéndose el labio.

Marco la volteó con cuidado, poniéndola a cuatro patas sobre almohadas suaves. El aire fresco de la playa entraba por la ventana abierta, enfriando su piel sudada. Él escupió en su mano, lubricando su verga primero, luego untando saliva y sus propios jugos en el ano prieto de Ana. Relájate, reina, te voy a hacer volar, prometió, presionando la cabeza contra la entrada. Ella respiró hondo, empujando hacia atrás, y poco a poco, centímetro a centímetro, entró. Dolor punzante al inicio, como fuego, pero transformándose en placer pleno cuando él estuvo adentro, llenándola de una forma nueva, profunda.

¡Chingado, qué apretado! gruñó Marco, quedándose quieto para que se acostumbrara. Ana sintió cada pulso de su verga en sus entrañas, el calor irradiando por todo su cuerpo. Es como si me tocara el alma por detrás, pensó, mientras empezaba a moverse ella misma, un vaivén lento. Él siguió su ritmo, agarrando sus caderas, follándola con thrusts controlados. El sonido era diferente: más crudo, más sucio, con el pop ocasional cuando salía un poco. Sudor goteaba de su frente al lomo de ella, mezclándose con el olor almizclado de sus cuerpos unidos.

La tensión crecía como tormenta en el Pacífico. Marco metió una mano debajo para frotarle el clítoris, acelerando el placer. Ana gritaba ahora, ¡Más duro, pendejo, dame todo!, perdida en la ola de sensaciones: el roce interno contra su punto G desde atrás, el pellizco en sus tetas que él alcanzaba, el sabor de su propio sudor cuando se lamía los labios. Él la volteó de lado, levantándole una pierna para penetrarla más profundo, besándola con furia mientras la martillaba. No puedo más, voy a explotar, maldijo ella internamente, su ano contrayéndose alrededor de él.

El clímax llegó como tsunami. Ana se corrió primero, un squirting que mojó las sábanas, su cuerpo convulsionando, uñas clavadas en su espalda. Marco la siguió segundos después, gruñendo como león, llenándola de leche caliente que sintió chorrear cuando se salió. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa contra piel, el corazón de él latiendo contra su pecho. El mar susurraba afuera, como aplaudiendo su unión.

En el afterglow, Marco la abrazó, besando su frente húmeda. Fue chingón, ¿verdad? El otro agujero te queda perfecto, dijo riendo bajito. Ana sonrió, trazando círculos en su pecho velludo. Neta, lo amé. Me siento más suya que nunca, pensó, mientras el sueño los envolvía. Mañana explorarían la playa de nuevo, pero esa noche, habían conquistado un nuevo territorio en su amor, con ternura y fuego mexicano.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.