El Secreto Sensual de la Crema Tri Luma
Me miré al espejo del baño esa noche calurosa en nuestro depa de Polanco. La luz suave del foco LED iluminaba mi piel morena con esas manchitas rebeldes que el sol de las playas de Cancún me había dejado después de unas vacaciones inolvidables. Neta, quería que desaparecieran para sentirme más chula que nunca. Saqué el tubito de crema Tri Luma que me recetó el dermatólogo, ese que promete igualar el tono como por arte de magia. El aroma fresco y medicinal me invadió las fosas nasales mientras untaba un poquito en los dedos, suave como mantequilla derretida.
—Órale, Ana, vas a quedar como modelo de revista, me dije en voz baja, riéndome sola. Mi carnal, Javier, estaba en la sala viendo el fut, pero yo sabía que en cualquier momento entraría a joder con sus bromas. Llevábamos cinco años juntos, y cada día su mirada me hacía sentir como la primera vez que nos enrollamos en una fiesta en la Condesa. Ese hombre tenía el don de volver todo erótico, hasta lo más cotidiano.
Apliqué la crema en las mejillas, sintiendo el frescor extenderse por mi piel, un cosquilleo ligero que me erizaba los vellos. Me subí la blusa holgada para untar en el escote, donde el sol había besado más fuerte. El espejo reflejaba mis curvas, mis pechos firmes bajo el brassiere de encaje negro que me pondría esa noche para provocarlo.
¿Y si lo invito a ayudarme? Sería como un masaje privado, solo para nosotros.La idea me aceleró el pulso, un calorcito subiendo desde el vientre.
—¡Javi, ven pa'cá, wey! —grité, con voz juguetona.
Entró con esa sonrisa pícara, su playera ajustada marcando los músculos del gym. Olía a su colonia favorita, esa con notas de madera y cítricos que me volvía loca.
—¿Qué onda, mi reina? ¿Ya te estás echando crema como si fueras spa de lujo?
Le pasé el tubito. —Ayúdame con la espalda, pendejo. No llego bien.
Sus ojos se clavaron en mí, devorándome. Se acercó por detrás, sus manos grandes y cálidas tomaron la crema. El primer toque fue eléctrico: sus dedos extendiendo la Tri Luma en círculos lentos sobre mi nuca. El frescor de la crema contrastaba con el calor de su piel, enviando ondas de placer por mi espina dorsal. Chin, cómo me gustaba sentirlo así, tan cerca, su aliento en mi oreja.
—Está fría, ¿no? —murmuró, su voz ronca rozándome el lóbulo.
—Sí, pero tú la calientas rapidito —respondí, arqueando la espalda para presionarme contra él. Sentí su dureza crecer contra mis nalgas, ese bulto prometedor que me hacía mojarme al instante.
Acto uno: la escena estaba puesta. Javier untaba más crema, bajando por mis hombros, mis brazos. Cada caricia era un preludio, el slippery de la crema mezclándose con el sudor ligero de la noche mexicana. El baño olía a crema fresca y a nuestro deseo naciente, un perfume embriagador. Mis pezones se endurecieron bajo la tela, rogando atención.
Me giré despacio, mirándolo a los ojos. —Más abajo, amor. En las piernas también tengo manchitas.
Salimos al cuarto, la cama king size esperándonos con sábanas de algodón egipcio. Me quité la blusa, quedando en brassiere y shorts. Él se arrodilló, exprimiendo crema en sus palmas. Sus manos subieron por mis muslos, el tacto resbaloso haciendo que mis piernas temblaran. ¡Ay, Diosito! El roce en la cara interna, tan cerca de mi panocha, me dejó jadeando. Su olor varonil, mezclado con la crema, era afrodisíaco puro.
—Estás exquisita, Ana. Esta crema te hace brillar como diosa azteca —dijo, besando mi rodilla. Su lengua dejó un rastro húmedo, salado.
El deseo crecía como tormenta en el Pacífico. Lo jalé al colchón, montándome a horcajadas. Mis manos exploraron su pecho, quitándole la playera. Su piel tersa, el vello suave en el torso, todo me volvía loca. Besos hambrientos, lenguas danzando, saboreando el tequila de su boca de la cena anterior.
En el medio del acto, la tensión escalaba. Javier me recostó, desabrochando mi brassiere con dientes. Sus labios capturaron un pezón, chupando suave al principio, luego con hambre. Gemí alto, mis uñas en su espalda. Bajó, quitándome los shorts. La crema Tri Luma ahora era olvido; lo importante era su boca en mi ombligo, lamiendo hacia abajo.
No aguanto más, lo necesito dentro, llenándome.Le abrí las piernas, guiando su cabeza. Su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiendo con maestría. El sonido húmedo de su boca en mi concha era obsceno, delicioso. Olía a sexo, a mi excitación almizclada. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos en mi punto G. Explosiones de placer me sacudían, mis caderas ondulando contra su cara.
—¡Javi, sí, así, cabrón! ¡No pares! —grité, en mexicano puro, sin filtros.
Él se incorporó, quitándose el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza reluciente de precum. La tomé en mano, sintiendo su pulso acelerado, caliente como hierro forjado. La masturbé lento, saboreándola con la lengua, ese gusto salado y masculino que me enloquecía.
Me penetró despacio, centímetro a centímetro. ¡Madre mía! La plenitud, su grosor estirándome, era éxtasis. Empezamos un ritmo lento, piel contra piel chapoteando, sudada. El cuarto se llenó de nuestros jadeos, el crujir de la cama, el aroma de sexo crudo. Aceleramos, sus embestidas profundas golpeando mi cervix, mis paredes contrayéndose alrededor de él.
Internamente luchaba: Quiero que dure eternamente, pero ya vengo, no aguanto. Le arañé la espalda, mordí su hombro. Él gruñó, —¡Te voy a llenar, mi amor!
El clímax llegó como avalancha. Mi orgasmo me convulsionó, chorros de placer saliendo de mí, empapándolo. Él se corrió segundos después, su leche caliente inundándome, pulsos y pulsos. Colapsamos, entrelazados, respiraciones agitadas sincronizándose.
En el final, el afterglow nos envolvió. Javier me besó la frente, aún dentro de mí. —Esa crema Tri Luma no solo te aclara la piel, te enciende el fuego interior.
Reí bajito, acariciando su pelo revuelto. —Neta, Javi, contigo todo es pasión. Mañana seguimos el tratamiento... juntos.
Nos quedamos así, en la penumbra, el ventilador zumbando suave. Mi piel, ahora con la crema absorbida, se sentía renovada, pero lo mejor era el brillo en mi alma. Ese secreto sensual de la crema Tri Luma se había convertido en nuestro ritual erótico, prometiendo noches infinitas de placer mexicano, consensual y ardiente.