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Mi Esposa en Trío Casero Ardiente

7418 palabras

Mi Esposa en Trío Casero Ardiente

Todo empezó una noche de esas que parecen sacadas de una película, con el calor de Guadalajara pegándonos en la piel como una caricia pesada. Yo, Juan, estaba recargado en el sillón de la sala, con una chela fría en la mano, viendo cómo mi esposa, Carla, se movía por la cocina preparando unos tacos al pastor que olían a gloria. Llevábamos diez años casados, y aunque la rutina nos había alcanzado, todavía nos mirábamos con ese fuego que no se apaga fácil. Ella, con su blusa escotada que dejaba ver el nacimiento de sus chichis perfectas, y ese shortcito que le marcaba el culo redondo, me tenía ya con la verga medio parada.

¿Y si hoy la cosa se pone más chida? Pensé, recordando esas pláticas que habíamos tenido sobre fantasías. Ella siempre había confesado que le emocionaba la idea de un trío, algo casero, sin complicaciones, con alguien de confianza.

Luis, mi carnal de toda la vida, llegó puntual como siempre. Era un wey alto, moreno, con esa sonrisa pícara que siempre lo sacaba de problemas. Lo invité a la casa para ver el partido de las Chivas, pero en el fondo, los dos sabíamos que había algo más en el aire. Carla lo saludó con un abrazo más largo de lo normal, y yo vi cómo sus manos se demoraban en la espalda de él. El olor a su perfume mezclado con el humo de la carne en la plancha me puso a sudar.

—Órale, carnal, qué rico huele todo —dijo Luis, guiñándome el ojo mientras se sentaba.

—Sí, wey, mi esposa en trío casero es lo que hace que estas noches sean inolvidables —le solté en broma, pero con un tono que dejó claro que no era pura carrilla. Carla se rio, sonrojada, y me dio un codazo juguetón.

La cena transcurrió con risas y anécdotas de la prepa, pero la tensión crecía como el calor en el pecho. Cada vez que Carla se inclinaba a servir más salsa, sus tetas se asomaban, y Luis no podía evitar mirar. Yo sentía un cosquilleo en el estómago, una mezcla de celos y excitación que me hacía apretar los muslos. Neta, esto va a pasar, me dije, mientras el sudor me perlaba la frente.

Después de la comida, pusimos música de banda, algo suave como Los Tigres del Norte, y sacamos otra ronda de chelas. Carla se sentó entre nosotros en el sofá, su muslo rozando el mío y el de Luis. El aire se cargó de electricidad; podía oler su aroma, esa mezcla de jabón de lavanda y el leve musk de su excitación empezando a filtrarse.

—Sabes, Luis —dijo ella, con la voz ronca—, Juan y yo hemos platicado de ti. De lo chido que sería... algo más íntimo.

Luis me miró, y yo asentí, con el corazón latiéndome como tambor. —Ponte trucha, carnal. Todo consensual, ¿eh? Mi esposa en trío casero es nuestra fantasía.

Ahí empezó el medio. Las manos de Carla se posaron en nuestros muslos, y el roce fue como fuego. Yo la besé primero, profundo, saboreando su boca con sabor a limón y chile de la cena. Luis se acercó por el otro lado, besándole el cuello, y ella gimió bajito, un sonido que me endureció al instante. Sus pieles se tocaron: el calor de sus cuerpos, el crujido del sofá viejo, el olor a sudor fresco y deseo puro.

La llevamos al cuarto, caminando despacio, como si no quisiéramos romper el hechizo. La recámara olía a sábanas limpias y a vela de vainilla que prendí antes. Carla se quitó la blusa con lentitud, dejando ver sus chichis firmes, pezones duros como piedras. Yo me acerqué, chupándolos con hambre, sintiendo su textura suave y salada en la lengua. Luis le bajó el short, y ahí estaba su panocha depilada, ya húmeda, brillando bajo la luz tenue.

¡Qué rica mi vieja! pensé, mientras la veía arquearse cuando Luis le metió un dedo. Ella jadeaba, agarrándome el pelo, y el sonido de su respiración agitada llenaba la habitación. Yo me desvestí rápido, mi verga saltando libre, venosa y lista. Luis hizo lo mismo; la suya era gruesa, y ver a mi esposa mirarla con lujuria me volvió loco.

Carla se arrodilló entre nosotros, como diosa. Primero me la mamó a mí, succionando con esa boca caliente y húmeda que me hace perder la cabeza. El pop de sus labios, el gluglú cuando se la tragaba profunda. Luego pasó a Luis, comparando con la mirada pícara, y yo sentí un rush de adrenalina al verla tan puta, tan nuestra. El sabor salado de mi pre-semen en su lengua, el olor almizclado de las vergas mezclándose con su saliva.

La tumbamos en la cama, y el colchón se hundió con nuestro peso. Yo le abrí las piernas, lamiéndole la concha con devoción: jugosa, dulce como mango maduro, con ese clítoris hinchado que palpitaba contra mi lengua. Luis le masajeaba las tetas, pellizcándole los pezones, y ella gritaba de placer, "¡Ay, cabrones, no paren!" El cuarto se llenó de sonidos húmedos, lamidas y chupadas, gemidos que subían de tono.

La tensión crecía; quería verla llena. —Cárgate, Luis —le dije, y él se puso un condón, posicionándose. Entró despacio en ella, y Carla abrió la boca en un oh silencioso. Yo la besé para ahogar su grito, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba y relajaba con cada embestida. El slap-slap de la piel contra piel, el chirrido de la cama, su sudor goteando en mis dedos.

Me paré en la cabecera, y ella me la chupó mientras Luis la cogía. Ver mi esposa en trío casero así, con la verga de mi amigo entrando y saliendo de su panocha chorreante, era lo más caliente que había vivido. Sus paredes internas se contraían visiblemente, y el olor a sexo crudo nos envolvía como niebla. Cambiamos posiciones: ahora yo la penetré por atrás, doggy style, agarrándole las nalgas carnosas, mientras ella le mamaba a Luis. Mi verga sentía su calor apretado, lubricado por los jugos de antes, y cada thrust me llevaba al borde.

Esto es puro vicio, pero qué chingón. Mi Carla, entregada, empoderada, gozando como reina.

La intensidad subió: la volteamos, y hicimos un sándwich. Luis debajo, ella encima montándolo, y yo detrás, lubricando su culito con saliva y su propio flujo. —Despacio, amor —le susurré, y ella asintió, ansiosa. Entré en su ano virgen para esto, centímetro a centímetro, sintiendo la presión increíble, el anillo apretándome. Los dos adentro, moviéndonos en ritmo, y Carla explotó primero: un grito gutural, su cuerpo convulsionando, panocha y culo ordeñándonos. El calor de su orgasmo, los espasmos, el líquido caliente escurriendo.

No aguanté más. Me vine dentro de su culo, chorros calientes que me vaciaron, mientras Luis gruñía y se corría en su concha. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas, el aire pesado con olor a semen, sudor y placer cumplido.

En el final, nos quedamos así un rato, acariciándonos. Carla en medio, besándonos alternadamente, con una sonrisa satisfecha. —Gracias, mis amores —dijo, voz ronca—. Esto fue la neta.

Luis se fue al alba, con un abrazo fraternal. Yo y Carla nos duchamos juntos, el agua caliente lavando los restos, pero no el recuerdo. En la cama, acurrucados, sentí su cabeza en mi pecho.

Mi esposa en trío casero nos unió más. No fue solo sexo; fue confianza, amor loco, aventura compartida.

Ahora, cada noche, revivimos eso en miradas y toques. Y quién sabe, quizás invite a Luis de nuevo. La vida es para gozarla, ¿no?

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