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Trio con Embarazada Insaciable

7560 palabras

Trio con Embarazada Insaciable

Era una noche calurosa en la colonia Roma, de esas que te pegan el cuerpo al colchón y te hacen sudar hasta el alma. Yo, Alex, estaba tirado en la cama king size de nuestro depa, con el ventilador zumbando como loco arriba. Mi carnala Laura, mi esposa de dos años, estaba en su séptimo mes de embarazo, con esa panza redonda que la hacía verse como una diosa fértil. Sus tetas se habían puesto enormes, hinchadas de leche, y su culo... pinche culo, más jugoso que nunca. Siempre había sido una nena fogosa, pero el embarazo la había convertido en una bomba sexual andante.

De repente, sonó el timbre. Era Pedro, mi cuate de la uni, el wey alto y moreno con esa sonrisa pícara que siempre andaba de conquistador. Lo invité porque Laura había soltado la bomba esa tarde: "Quiero un trío con embarazada, carnal. Contigo y con Pedro. Neta, me muero por sentir dos vergas a la vez". Al principio pensé que era broma, pero sus ojos brillaban con ese deseo puro, empoderado, como si el bebé en su vientre le hubiera dado superpoderes eróticos. Pedro llegó con una botella de tequila reposado y esa mirada de "¿qué pedo?". Le conté el plan, y el cabrón se prendió al instante. "Órale, wey, si tu jefa está en mood, yo entro al quite".

Nos sentamos en la sala, con luces tenues y música de Natalia Lafourcade de fondo, suave y sensual. Laura se veía radiante en su vestido suelto de algodón blanco, que se pegaba a su piel sudada por el calor. El olor a su perfume de vainilla mezclado con su aroma natural, ese almizcle femenino que me volvía loco, llenaba el aire. Pedro y yo nos miramos, la tensión crepitando como chispas. Ella se paró, se quitó el vestido despacio, revelando su cuerpo desnudo: pezones oscuros y erectos, panza firme con estrías plateadas que brillaban bajo la luz, y entre sus piernas, esa panocha hinchada, lista.

¿De veras vamos a hacer esto? Pinche Laura, siempre tan valiente. Su confianza me enciende más que nada. Pedro es buen cuate, todo va a salir chido. Solo quiero verla gozar como reina.

Me acerqué primero, besándola en el cuello, sintiendo su piel caliente y suave como seda tibia. Mi lengua trazó la curva de su hombro, probando el salado de su sudor. Pedro se unió por el otro lado, sus manos grandes acariciando su panza con reverencia. "Estás preciosa, Laura, como una virgen de Guadalupe en éxtasis", le murmuró, y ella rio bajito, un sonido ronco que vibró en mi pecho. Sus gemidos empezaron suaves, como suspiros de viento, mientras nosotros la devorábamos con besos. El tacto de su vientre contra mi torso era eléctrico, firme pero vivo, latiendo con la promesa de vida y placer.

La llevamos a la cama, despacio, como si fuera un tesoro. Laura se recostó sobre las almohadas, abriendo las piernas con esa seguridad que me ponía la verga dura como piedra. "Vengan, cabrones, háganme suya", dijo con voz juguetona, usando ese slang mexicano que nos une. Yo me quité la ropa rápido, mi polla saltando libre, venosa y palpitante. Pedro hizo lo mismo, su verga gruesa y oscura contrastando con la mía. El olor a hombre se mezcló con el de ella: testosterona cruda y feromonas dulces.

Empecé lamiéndole las tetas, chupando esos pezones que goteaban un poquito de calostro, sabor dulce y cremoso como leche de coco. Ella arqueó la espalda, gimiendo "¡Ay, wey, qué rico!". Pedro bajó a su panocha, separando los labios carnosos con los dedos. El sonido húmedo de su lengua chapoteando en ella era obsceno, delicioso: slurp, slurp, mezclado con sus jadeos. "Sabe a miel, carnal", gruñó él, y yo sentí celos juguetones que solo avivaban el fuego.

La tensión subía como la marea en Acapulco. Laura nos jaló a los dos, una mano en mi verga, masturbándome con movimientos lentos, firmes, sintiendo cada vena pulsar bajo su palma sudorosa. La otra en la de Pedro, comparando grosores con una sonrisa pícara. "Las dos son perfectas para mi trío con embarazada", susurró, y esas palabras nos prendieron como mecha.

Yo me posicioné entre sus piernas, frotando la cabeza de mi polla contra su clítoris hinchado, sintiendo el calor húmedo que brotaba de ella. Pedro se arrodilló junto a su cabeza, y ella se la metió a la boca con avidez, chupando con sonidos guturales: glug, glug. Su lengua giraba alrededor del glande, saliva escurriendo por las comisuras. Yo empujé despacio, centímetro a centímetro, su coño apretado envolviéndome como terciopelo caliente, lubricado por sus jugos. El embarazo la había hecho más sensible; cada embestida la hacía temblar, su panza rozando mi abdomen con cada choque.

Siento su interior contraerse, ordeñándome. Pedro gime como loco, su verga desapareciendo en su garganta. Esto es puro éxtasis, wey. Ella manda, nosotros solo obedecemos su placer.

Cambiamos posiciones fluidamente, como en una coreografía erótica. Pedro se acostó y Laura se montó en él a la inversa, su culo redondo bajando sobre su verga con un plop sonoro. Yo me paré frente a ella, metiéndosela en la boca mientras Pedro la taladraba desde abajo. El ritmo era hipnótico: sus caderas girando, piel chocando contra piel con palmadas húmedas, olor a sexo impregnando la habitación como incienso prohibido. Sus gemidos se volvieron gritos ahogados: "¡Más duro, pendejos! ¡Fóllanme como se debe!". El sudor nos unía, resbaladizo y salado, goteando de mi frente a su panza.

La intensidad creció. La volteamos de lado, Pedro detrás, embistiéndola analmente con cuidado, lubricado con su propio flujo y saliva. Ella adoraba el doble llenado; yo entraba en su panocha al mismo tiempo, sintiendo la delgada pared que separaba nuestras vergas pulsando. Era como un tambor africano en mi alma: thump, thump, corazones latiendo al unísono. Sus uñas se clavaron en mi espalda, dejando surcos ardientes que dolían rico. El aire olía a almizcle, semen preeyaculatorio y su esencia dulce de mujer preñada.

Los orgasmos nos acechaban. Laura fue la primera, explotando en un espasmo violento: "¡Me vengo, cabrones! ¡Sííí!", su coño y culo contrayéndose como un puño, ordeñándonos. Ese apretón me llevó al borde. Pedro gruñó primero, llenándola por atrás con chorros calientes que sentí filtrarse. Yo me corrí segundos después, inundando su panocha con mi leche espesa, mezclándose todo en un desastre glorioso y pegajoso.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes llenando el silencio. Laura en el medio, su panza subiendo y bajando con cada aliento, una sonrisa satisfecha en los labios hinchados. Besé su frente, probando el sal de su piel. Pedro acarició su vientre con ternura: "Gracias por este trío con embarazada, reina. Eres la neta". Ella rio suave, acurrucándose contra nosotros.

Nada se compara con verla así, empoderada y saciada. El bebé patinó adentro, como aprobando. Esto nos une más, carnales en el placer puro.

Nos quedamos así hasta el amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, tiñendo su piel de oro. El afterglow era dulce, como el tequila con chocolate. Laura durmió plácida, y Pedro y yo nos miramos con respeto nuevo. Este trío no fue solo sexo; fue celebración de la vida, del cuerpo cambiante, del deseo sin límites. Y supimos que no sería la última vez.

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