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Chicas Probando el Anal

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Chicas Probando el Anal

El sol de Puerto Vallarta se colaba por las cortinas de la playa, pintando de dorado la habitación del Airbnb que Karla y yo habíamos rentado para escaparnos del jale de la Ciudad de México. Yo, Lupe, de veintiocho pirulos, con mi piel morena brillando de sudor por el calor pegajoso, me recargaba en la cama king size oliendo a sábanas frescas y a sal marina. Karla, mi mejor cuata desde la prepa, estaba sentada en el borde, con su blusita escotada dejando ver el nacimiento de sus chichis firmes, y un short que le marcaba la nalguita redonda que siempre me había llamado la atención en secreto.

Neta, ¿por qué no lo hemos hecho antes? pensé mientras la veía reírse con esa boca carnosa, sorbiendo de su copa de vino tinto. Habíamos llegado el viernes, platicando de todo: del pendejo de mi ex, de su último ligue que no le llegaba ni a los talones, y de pronto, la conversación viró a lo prohibido. "Oye, Lupe, ¿tú has probado anal?", me soltó de repente, con los ojos brillando de curiosidad. Yo negué con la cabeza, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Neta no, pero me late la idea. Dicen que es como... no sé, una explosión diferente". Ella se mordió el labio, y ahí empezó todo. "Pues ¿y si nosotras, las chicas, lo probamos? Solo por curiosidad, entre cuates". Mi pulso se aceleró, el aire se sentía más espeso, cargado de ese olor a crema bronceadora que ella usaba.

Nos miramos un buen rato, el sonido de las olas rompiendo a lo lejos como un ritmo que nos invitaba. "Órale, va", le dije, y nos besamos por primera vez. Sus labios sabían a vino dulce y a menta de su chicle, suaves como terciopelo. Le quité la blusa despacio, revelando sus tetas perfectas, pezones oscuros endureciéndose al aire. Yo me quité la mía, y ella jadeó al ver mis curvas, mis caderas anchas de chilanga bien formada. Nos acariciamos las pieles, calientes y húmedas, el tacto de sus uñas rozando mi espalda enviando chispas directas a mi entrepierna.

Esto es lo más cabrón que he sentido en mi vida. ¿Será que siempre quise esto con ella?

Nos fuimos al piso, sobre una alfombra suave que olía a limpio, rodeadas de velas que Karla prendió, llenando el cuarto de un aroma a vainilla y jazmín. Empezamos con besos lentos, explorando bocas, lenguas enredándose con un sonido húmedo y juguetón. Bajé a sus chichis, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro, oyendo sus gemidos bajos, como ronroneos que me ponían la panocha empapada. "Qué rico, Lupe, no pares, wey", murmuró ella, arqueando la espalda. El sabor salado de su piel se mezclaba con el mío, sudor perlando nuestras frentes.

Le quité el short, y ahí estaba su culito prieto, redondo como una manzana madura. Le separé las nalgas con cuidado, besando la piel sensible, oliendo su aroma natural, almizclado y excitante. "Relájate, mi amor", le susurré al oído, mientras untaba lubricante de fresa que habíamos comprado en la farmacia de la esquina –frío al principio, luego cálido al frotarlo. Ella temblaba, pero sus caderas se movían hacia mí. Metí un dedo despacio, sintiendo la resistencia inicial, ese anillo apretado que cedía poco a poco. "¡Ay, cabrón, qué intenso!", gritó Karla, pero su voz era de placer puro, no de dolor. El sonido de mi dedo entrando y saliendo era obsceno, chapoteante, mezclado con sus jadeos crecientes.

Yo también ardía de ganas. "Ahora tú a mí", le pedí, poniéndome a cuatro patas sobre la cama, el colchón hundiéndose bajo mi peso. El espejo del clóset reflejaba mi figura: culo en alto, coño reluciente de jugos. Karla se arrodilló detrás, sus manos temblorosas untando lube en mi ano virgen. Sentí su aliento caliente en mi piel, luego la punta de su dedo presionando. Es como fuego y miel al mismo tiempo, pensé mientras entraba, estirándome deliciosamente. Dolía un poquito al inicio, pero el placer lo borraba todo, ondas de calor subiendo por mi espina dorsal. "Más, Karla, prueba más profundo", le rogué, y ella obedeció, agregando un segundo dedo, moviéndolos en círculos que me hacían gemir como loca.

La tensión crecía como una tormenta en el Pacífico. Sudábamos a chorros, el cuarto olía a sexo puro: lubricante dulce, coños mojados, pieles calientes. Sacamos el plug de silicona que trajimos –morado, vibrador, suave como terciopelo–. Primero se lo metí a ella. Karla se puso de lado, una pierna arriba, exponiendo todo. Lo empujé lento, viendo cómo su culo lo tragaba centímetro a centímetro. "¡Neta, Lupe, me vengo ya!", chilló cuando lo encendí, el zumbido bajo vibrando en el aire. Su clítoris se hinchaba, rojo y palpitante; lo masturbé con mi otra mano, dedos resbalosos en su humedad. Ella convulsionó, chorros de placer salpicando las sábanas, su grito ronco como un aullido de loba.

Verla así, deshecha por algo que las chicas probamos juntas, me hace sentir poderosa, viva.

Mi turno. Me recosté boca arriba, piernas abiertas como invitación. Karla, aún jadeante, tomó el plug y lo untó bien. Lo sentí presionando, más grueso que los dedos, estirándome hasta el límite. "Respira, mi reina", me dijo, y empujó. El ardor inicial se transformó en éxtasis puro cuando pasó la cabeza ancha. El vibrador zumbaba dentro de mí, tocando nervios que ni sabía que existían. Ella se subió encima, frotando su panocha contra la mía, tetas rozándose, pezones duros como piedras. Nuestros gemidos se fundían, un coro sucio y perfecto. "Fóllame el culo así, wey", le supliqué, y ella aceleró el ritmo, su mano en mi clítoris, círculos rápidos y precisos.

El clímax nos golpeó como ola gigante. Sentí mi ano contrayéndose alrededor del plug, pulsos eléctricos desde el culo hasta el cerebro, mi coño explotando en chorros calientes que mojaban sus muslos. Karla gritó mi nombre, viniéndose de nuevo encima de mí, su jugo mezclándose con el mío, sabor salado cuando lamí sus dedos. Colapsamos, cuerpos enredados, pieles pegajosas de sudor y lube, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El sol ya se ponía, tiñendo todo de naranja, el mar rugiendo afuera como aplaudiendo.

Nos quedamos así un rato, acariciándonos flojito, besos suaves en la frente. "Fue lo máximo, Lupe. Las chicas probando anal... quién lo diría", murmuró ella con una sonrisa pendeja y tierna. Yo asentí, sintiendo una conexión más profunda, como si hubiéramos cruzado un puente invisible. No era solo sexo; era confianza, aventura compartida. Pedimos tacos de la taquería cercana –carne asada jugosa, cebolla crujiente, salsa picosa que quemaba la lengua–, y comimos desnudas en la terraza, riéndonos de lo locas que éramos.

Ahora, acostadas bajo las estrellas, con el plug aún dentro de mí como recordatorio juguetón, pienso que esto es solo el principio. Mañana playa, más sol, más pieles. Y quién sabe, tal vez compremos algo más grande. El aire nocturno huele a mar y promesas, mi cuerpo zumbando de satisfacción plena. Karla duerme a mi lado, su respiración rítmica como una nana. Gracias, cuata, por hacerme sentir tan viva.

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