Intenté Tan Duro
El sol de Puerto Vallarta me quemaba la piel como un amante impaciente, mientras las olas chocaban contra la arena blanca con un rugido constante que me erizaba los vellos de la nuca. Estaba ahí, recostada en una chaiselongue de la playa del hotel, con un bikini rojo que apenas contenía mis curvas. Hacía meses que no me sentía tan viva, tan expuesta al deseo puro. Pero entonces lo vi. Alto, moreno, con músculos que brillaban bajo el sudor y el aceite de coco, caminando por la orilla como si el mar le perteneciera. Sus ojos oscuros se clavaron en mí por un segundo eterno, y sentí un cosquilleo traicionero entre las piernas.
¿Qué chingados me pasa? pensé, ajustándome las gafas de sol para disimular. Yo, Ana, la tipa responsable de veintiocho años que acababa de romper con su novio pendejo en la Ciudad de México, no venía a Puerto Vallarta a cazar vergas. Venía a desconectarme, a leer mi libro de erotismo light y tomar piñas coladas. Pero ese güey... Dios, su sonrisa cuando pasó cerca, saludando con un "Qué onda, preciosa", me dejó el corazón latiendo como tambor de banda sinaloense.
I tried so hard to ignore him
Me di la vuelta boca abajo, fingiendo untarme bloqueador en las piernas. El aroma salado del mar se mezclaba con el dulce de mi loción de vainilla, y el viento caliente me lamía la espalda como una lengua invisible. Intenté concentrarme en las páginas, pero cada vez que volteaba, ahí estaba él, charlando con unos cuates junto a una palmera, riendo con esa voz grave que vibraba hasta mis huesos. Se llamaba Marco, lo oí cuando uno de sus amigos lo llamó. Marco, el nombre perfecto para un cabrón que te hace mojar con solo existir.
Al atardecer, el cielo se tiñó de naranja y rosa, y la playa se llenó de música de mariachi mezclado con reggaetón. Me levanté para ir al bar del hotel, pidiendo un margarita helado que me escanció por la garganta como fuego líquido. El limón fresco explotaba en mi lengua, y el tequila me calentaba el vientre. Entonces, sentí su presencia antes de verlo: un calor masculino a mi lado.
—Órale, ¿vienes sola? —dijo, su aliento con olor a cerveza y menta rozándome la oreja.
Me giré, y ahí estaba, tan cerca que podía oler su colonia amaderada mezclada con el sudor salino. —Sí, güey, sola y tranquila —mentí, aunque mi pulso se aceleraba como carro en bajada.
Charlamos. Era de Guadalajara, jugador de voleibol profesional, aquí de vacaciones con los compas. Hablaba con ese acento tapatío juguetón, llamándome "nena" y "chula" sin sonar creído. Cada risa suya me hacía apretar los muslos, sintiendo cómo mi panocha se humedecía contra el bikini. Intenté tan duro no coquetear, no rozar su brazo al gesticular, pero mis ojos bajaban a su pecho lampiño, a la V que desaparecía en sus shorts ajustados.
La noche cayó como un velo negro salpicado de estrellas. La fiesta en la playa prendió fogatas que crepitaban y lanzaban chispas al aire, mientras el humo de la leña se mezclaba con el olor a mariscos asados. Bailamos. O más bien, él me jaló a la arena, sus manos grandes en mi cintura, guiándome al ritmo de "Despacito". Su piel ardía contra la mía, suave y firme, y cada roce de su cadera contra mi culo me hacía jadear bajito. Sentía su verga endureciéndose contra mí, gruesa y caliente a través de la tela, y un gemido se me escapó.
I tried so hard not to grind back
—Estás rica, Ana —murmuró en mi oído, sus labios rozando el lóbulo, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris.
—Cállate, pendejo —reí, pero mi cuerpo lo traicionaba, arqueándose hacia él. Caminamos hasta su cabaña en la playa, un lugar chido con hamaca y vista al mar. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo se redujo a nosotros. Me besó como si quisiera devorarme: lengua caliente invadiendo mi boca, saboreando a tequila y sal, manos amasando mis tetas por encima del bikini. Gemí contra sus labios, el sonido ahogado por el rugido de las olas afuera.
Me quitó el top con dedos temblorosos de deseo, exponiendo mis pezones duros al aire fresco de la noche. Los lamió, succionó, mordisqueó suave, haciendo que mi piel se erizara y un calor líquido corriera entre mis piernas. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras mis uñas se clavaban en su espalda ancha, oliendo a hombre puro, a sudor y arena. Bajó mis shorts, y sus dedos encontraron mi humedad, resbaladizos, explorando mis labios hinchados.
—Estás chorreando, nena —gruñó, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido húmedo de mi excitación llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos roncos. Intenté contenerme, intenté tan duro no rogar, pero salió solo:
—¡Métemela ya, Marco! ¡Por favor!
Se rio, esa risa profunda que vibraba en su pecho, y se quitó los shorts. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de pre-semen. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero. La chupé, saboreando su sal amarga, la lengua girando alrededor mientras él gemía "¡Órale, qué buena boca!". El olor almizclado de su excitación me mareaba, y lo tragué hasta la garganta, sintiendo cómo latía contra mi paladar.
Me tiró en la cama king size, las sábanas frescas contra mi espalda caliente. Se puso un condón con prisa, y se hundió en mí de un empujón lento, estirándome deliciosamente. ¡Ay, cabrón! grité, mis paredes apretándolo como guante. Empezó a moverse, primero despacio, cada embestida rozando mi clítoris interno, el sonido de piel contra piel como palmadas rítmicas. El aire olía a sexo crudo, a nuestros jugos mezclados.
La tensión crecía como ola gigante. Sus manos en mis caderas, marcándome con los pulgares, mientras yo clavaba las uñas en sus nalgas musculosas, urgiéndolo más profundo. Sudábamos, resbaladizos, el sabor salado en mi lengua cuando lo besé. Sus bolas chocaban contra mi culo con cada estocada, y yo giraba las caderas, buscando más, siempre más.
I tried so hard to make it last
—¡Más duro, güey! ¡Cógetela como hombre! —exigí, y él obedeció, bombardeándome con fuerza animal, la cama crujiendo bajo nosotros. Mi vientre se contraía, el orgasmo acechando como tormenta. Lo sentí venir: un espasmo que me arqueó la espalda, gritando su nombre mientras mi panocha lo ordeñaba, chorros de placer mojando las sábanas. Él rugió, embistiendo una vez más, y se vino dentro del látex, su cuerpo temblando sobre el mío.
Nos quedamos así, enredados, el pecho de él subiendo y bajando contra mis tetas sensibles. El mar susurraba afuera, calmado ahora, y el aire fresco entraba por la ventana abierta, secando nuestro sudor. Me besó la frente, suave, y yo sonreí, satisfecha hasta los huesos.
—Eres increíble, Ana —dijo, acariciándome el pelo revuelto.
—Tú tampoco estás tan pendejo —bromeé, sintiendo un calor nuevo en el pecho, no solo físico.
Desayunamos al amanecer en la terraza, café negro humeante y fruta fresca que chorreaba jugo por mis dedos. Él lamió uno, mirándome con picardía, y supe que esto no acababa ahí. Pero por primera vez, no me arrepentí de no resistir. Intenté tan duro, pero valió la pena caer.