Trio con la Amiga de Mi Mujer
La noche caía sobre nuestro departamento en la colonia Roma, con ese calor pegajoso de mayo que se mete hasta los huesos. Ana, mi mujer, andaba de un lado para otro preparando unos tequilas con limón y sal, riendo con esa carcajada ronca que me pone la piel chinita cada vez. Llevábamos diez años casados, pero la chispa seguía viva, neta. Esa noche invitamos a Carla, la amiga de la prepa de Ana, una morra de curvas asesinas, con el pelo negro largo hasta la cintura y unos ojos verdes que te clavan como puñales.
—Wey, qué buena onda que viniste, le dijo Ana a Carla mientras le pasaba el vasito. Yo las veía desde el sofá, con una cerveza fría en la mano, sintiendo cómo el aire se cargaba de algo eléctrico. Carla se había puesto un vestido rojo ajustado que marcaba todo: las chichis firmes, la cintura de avispa y ese culo que se movía como si invitara a pecado.
¿Qué pedo con esta chava? Pienso, mientras mi verga da un brinco en los chones. Ana nunca me había platicado tanto de ella, pero ahora la veo y entiendo por qué son cuates.
Nos sentamos los tres en la sala, con la música de Natalia Lafourcade de fondo, suave y sensual. Hablábamos de todo: del pinche tráfico de la CDMX, de los chismes de la chamba, pero yo notaba las miradas. Ana rozaba mi pierna con la suya, y Carla se inclinaba para servirse más tequila, dejando que el escote se abriera lo justo para volverme loco. El olor a su perfume, mezclado con el limón y el agave, me llenaba la nariz como una droga.
De repente, Ana suelta: —Oigan, ¿y si jugamos verdad o reto? Para que no se haga aburrida la noche. Carla sonrió con picardía, mostrando unos dientes perfectos. —¡Claro, carnala! Pero sin pendejadas, contestó. Yo asentí, el corazón latiéndome como tambor. El primer reto fue inocente: Carla tuvo que bailar reggaetón pegadita a mí. Sentí su cuerpo contra el mío, el calor de su piel a través del vestido, sus caderas moviéndose al ritmo de "Despacito". Mi verga ya estaba dura como piedra, presionando contra ella. Ana nos veía, mordiéndose el labio, con los ojos brillantes.
La tensión subía como la marea. En el siguiente reto, Ana me besó enfrente de Carla, un beso profundo, con lengua, que sabía a tequila y deseo. Carla aplaudió, pero su respiración era agitada.
Esto se va a poner bueno, pienso. ¿Será que Ana lo quiere? ¿Un trio con la amiga de mi mujer? La idea me recorre la espalda como corriente eléctrica.Al rato, Carla confiesa en una verdad: Neta, siempre he fantaseado con un trío. Pero con gente que se lleve chido, como ustedes. Ana y yo nos miramos, y supe que era el momento.
—¿Y si lo hacemos? —solté, con la voz ronca. Las dos se quedaron calladas un segundo, y luego Ana rio bajito. —¿Estás proponiendo un trio con la amiga de tu mujer, pendejo? —me dijo, pero sus ojos decían que sí. Carla se acercó, su mano en mi muslo, subiendo despacio. —Si Ana está de acuerdo, yo neta que sí. Hace rato que los veo y me mojo toda.
Nos levantamos como si un imán nos jalara al cuarto. El aire estaba cargado de ese olor a excitación, sudor dulce y perfume. Ana prendió la luz tenue de la lámpara, y nos desvestimos sin prisa, saboreando cada mirada. Carla tenía la piel morena suave como seda, pezones oscuros y erectos que pedían ser chupados. Ana, con su cuerpo atlético de gym, tetas medianas perfectas y un tatuaje de mariposa en la cadera. Yo me quité la playera, dejando ver mi pecho velludo y la verga parada, goteando pre-semen.
Empezamos con besos. Ana besaba a Carla mientras yo las veía, mi mano en la verga, masturbándome lento. El sonido de sus lenguas chocando, jadeos suaves, me volvía loco. Qué chingón, pienso. Sus labios rojos, hinchados, el brillo de saliva entre ellas. Me uní, besando el cuello de Carla, oliendo su aroma a vainilla y mujer caliente. Sus manos me tocaban la espalda, uñas clavándose suave, enviando chispas por mi espina.
Ana se tiró en la cama, abriendo las piernas. —Vengan, cabrones, murmuró. Carla se hincó entre sus muslos, lamiéndole la panocha con ganas. Oí el sonido chapoteante, vi la lengua de Carla entrando y saliendo, el clítoris de Ana hinchado y rojo. Ana gemía: ¡Ay, wey, qué rico! ¡No pares! Yo me puse detrás de Carla, frotando mi verga contra su culo redondo. La penetré despacio, sintiendo su coño apretado, caliente, mojado como nunca. Es como terciopelo caliente, joder, pensé mientras empujaba, mis huevos golpeando su piel.
El ritmo se aceleró. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, Carla mamándome la verga mientras Ana le comía el culo. Sentía la boca de Carla, experta, succionando, lengua girando en la cabeza, saboreando mi sal. El olor a sexo llenaba el cuarto, mezcla de fluidos, sudor y esa esencia femenina embriagadora. Ana metía dedos en Carla, y ella gritaba alrededor de mi verga, vibraciones que me hacían ver estrellas.
Esto es el paraíso, carnal. Un trio con la amiga de mi mujer, y todo consensual, puro fuego mutuo.Sudábamos a chorros, pieles resbalosas chocando. Puse a Ana a cuatro patas, metiéndosela profundo mientras Carla se acostaba debajo, lamiendo donde nos uníamos. Sentía su lengua en mis huevos, en el clítoris de Ana, en mi verga saliendo y entrando. Los gemidos se volvían gritos: ¡Más duro, pinche cabrón! ¡Cógeme! El colchón crujía, el aire vibraba con nuestros cuerpos.
La intensidad crecía. Carla se montó en mi cara, su panocha chorreando en mi boca. La saboreé, salada y dulce, lengua hurgando sus labios hinchados. Ana cabalgaba mi verga, rebotando, tetas saltando. Oía sus respiraciones jadeantes, sentía pulsos acelerados bajo mi piel. Me voy a venir, pero aguanto por ellas, pensé, conteniendo el orgasmo.
Al fin, el clímax. —¡Me vengo! —gritó Ana primero, su coño contrayéndose alrededor de mí, ordeñándome. Carla se arqueó en mi boca, chorros calientes mojándome la cara. No aguanté más: eyaculé dentro de Ana, chorros potentes, mientras lamía a Carla. Nos corrimos los tres casi al mismo tiempo, un éxtasis compartido que nos dejó temblando.
Caímos en un enredo de brazos y piernas, respiraciones entrecortadas. El cuarto olía a sexo puro, satisfecho. Besos suaves post-orgasmo, caricias perezosas. Ana me miró, sonriendo: Te amo, pendejo. Esto fue lo máximo. Carla acurrucada: —Gracias por el trio con la amiga de tu mujer. Repetimos cuando quieran.
Nos quedamos así, envueltos en sábanas húmedas, con el corazón latiendo en paz. La noche había cambiado todo, pero para bien. Un lazo nuevo, más fuerte, nacido del deseo puro y el amor compartido. Mañana sería otro día, pero esta memoria quedaría grabada en la piel, en el alma.