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Convenci A Mi Esposa De Hacer Un Trio Inolvidable

6945 palabras

Convenci A Mi Esposa De Hacer Un Trio Inolvidable

Todo empezó una noche de esas que te cambian la vida, en nuestro depa chido en la Condesa, con el skyline de la Ciudad de México brillando por la ventana. Mi carnala, Laura, y yo llevábamos diez años casados, y aunque el amor seguía ardiendo como chile en nogada, yo traía una fantasía que me carcomía por dentro. ¿Y si metemos a alguien más al quite? pensaba mientras la veía recargada en la barra de la cocina, con su blusa escotada que dejaba ver el nacimiento de sus chichis perfectas, redondas como tamales de elote.

Laura es de esas morras que te voltean la cabeza: piel morena como chocolate, ojos negros profundos y un culo que parece esculpido por los dioses aztecas. Yo, Marco, soy un tipo normal, ingeniero en una empresa de tech, pero en la cama me convierto en un lobo hambriento. Esa noche, mientras preparaba unos tacos al pastor con piña chamuscada que olían a gloria, decidí soltar la bomba.

Órale, carnal, si no lo digo ahora, me voy a quedar con las ganas toda la vida. Hay que ir con tiento, que no se espante.

—Oye, nena —le dije, pasándole un plato humeante—. ¿Te imaginas si probamos algo nuevo? Algo que nos prenda más el fuego.

Ella me miró con esa ceja arqueada, masticando lento. —¿Qué traes en la cabeza, pendejo? —rió, pero sus ojos brillaban curiosos.

Tomé aire, el aroma de la cebolla morada y el cilantro fresco flotando entre nosotros. —Convenci a mi esposa de hacer un trío —le solté de golpe, aunque en realidad era mi meta esa noche. Le expliqué mi sueño: ella, yo y otra morra, explorando cuerpos sin prisa, puro placer mutuo. Al principio se puso roja como tomate, pero no dijo que no. Hablamos horas, bebiendo mezcal ahumado que picaba en la garganta y calentaba el pecho. Le conté cómo la veía yo, hermosa y poderosa, decidiendo todo. Poco a poco, su mano se posó en mi muslo, apretando con fuerza.

—Si lo hacemos, tiene que ser con alguien que me caiga bien —dijo al fin, su voz ronca de excitación contenida.

Ahí supe que la batalla estaba medio ganada.

Los días siguientes fueron de pura tensión deliciosa. Caminábamos por el Parque México, oliendo a jacarandas y tacos de canasta de los vendedores ambulantes, y el tema salía solo. Laura empezó a coquetear con la idea, mandándome fotos en lencería negra que me ponía la verga dura como fierro en el trabajo. Esta morra es fuego puro, me repetía.

Encontramos a Sofia en una app de parejas liberales, una chilanga de veintiocho pirulos, diseñadora gráfica con curvas de infarto: tetas grandes que pedían ser chupadas, labios carnosos y un tatuaje de calaverita en la cadera que gritaba aventura. Nos citamos en un bar de Polanco, con luces tenues y jazz suave sonando de fondo. El aire olía a perfume caro y sudor sutil de anticipación.

Sofia llegó con un vestido rojo ceñido que marcaba su panocha abultada, y desde el primer trago de margarita, la química explotó. Laura, con su jeans ajustado y top blanco, reía fuerte, tocando el brazo de Sofia. Yo las veía, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano, la boca seca de deseo.

—¿Y si nos vamos a mi depa? —propuso Sofia, sus ojos verdes clavados en los de Laura.

Mi esposa asintió, mordiéndose el labio. En el taxi, las manos ya jugaban: Sofia rozando el cuello de Laura, yo apretando el muslo de mi carnala. El roce de sus pieles contra la mía era eléctrico, como chispas en la noche húmeda de la ciudad.

Llegamos al depa de Sofia, un loft minimalista con vistas al Perisur, velas aromáticas a vainilla encendidas que llenaban el aire de dulzor pecaminoso. Nos quitamos la ropa despacio, como en un ritual. Primero Laura, revelando sus chichis firmes con pezones oscuros endurecidos por el fresco del aire acondicionado. Sofia gimió bajito al verla, y yo sentí mi pinga palpitar, dura y venosa, lista para el festín.

Esto es real, cabrón. Mi esposa, abierta como nunca, y esta diosa lista para devorarnos.

Empezamos con besos. Laura en el centro, yo chupándole el cuello salado, Sofia lamiéndole los pezones con lengua juguetona. Los sonidos eran hipnóticos: jadeos suaves, succiones húmedas, el roce de lenguas contra piel sudorosa. Olía a excitación femenina, ese musk dulce y almizclado que embota los sentidos.

Laura se recostó en la cama king size, las sábanas de satén negro crujiendo bajo su peso. Sofia se arrodilló entre sus piernas, besando su vientre plano, bajando hasta la panocha depilada, húmeda y brillante. —Ay, qué rica estás —susurró Sofia, antes de meter la lengua.

Laura arqueó la espalda, gimiendo fuerte: —¡Sí, así, mámale mi clítoris! —Sus manos enredadas en el pelo negro de Sofia, el cuarto lleno de sus alaridos y el slap slap de la boca devorando.

Yo no aguanté más. Me acerqué, mi verga goteando precum, y Laura la tomó en su mano suave, masturbándome lento mientras Sofia la comía. El tacto de sus dedos, cálidos y resbalosos, me volvía loco. Cambiamos posiciones: yo penetrando a Laura despacio, sintiendo su concha apretada, caliente como volcán, mientras ella chupaba las tetas de Sofia. El sabor salado de su piel en mi boca cuando la besé, el sudor perlando sus frentes.

La intensidad subió. Sofia se montó en mi cara, su panocha jugosa frotándose contra mi lengua, saboreando su néctar ácido y dulce. Laura cabalgaba mi pinga, rebotando con fuerza, sus chichis saltando hipnóticos. Los gemidos se volvieron rugidos: —¡Cógeme más duro, Marco! —gritaba Laura, mientras Sofia se retorcía encima de mí, su culo redondo temblando.

El clímax llegó en oleadas. Primero Sofia, convulsionando con un grito ahogado, su jugo empapándome la cara. Luego Laura, su concha contrayéndose alrededor de mi verga como un puño de terciopelo, ordeñándome hasta que exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras el mundo se volvía blanco.

Nos derrumbamos en un enredo de cuerpos sudorosos, el aire pesado con olor a sexo crudo: semen, sudor, panochas satisfechas. Besos perezosos, caricias suaves en pieles hipersensibles. Sofia se acurrucó contra Laura, yo abrazándolas a las dos, pulsos aún acelerados latiendo al unísono.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, tomamos café negro humeante en la terraza, riendo de la locura. Laura me miró, ojos brillantes: —Convenciste a tu esposa de hacer un trío, pendejo, y fue lo mejor que hemos hecho.

Nos fuimos de la mano, el corazón lleno. Esa noche no solo follamos como animales; nos descubrimos más unidos, más libres. El deseo no se apagó; se transformó en algo eterno, listo para más aventuras. Y así, en la bulliciosa CDMX, nuestro amor se volvió legendario.

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