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La Triada de Becker

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La Triada de Becker

En el corazón de la Condesa, donde las luces de neón bailan con el aroma a tacos al pastor y el bullicio de la noche mexicana, conocí a Becker. Yo era Ana, una morra de veintiocho pirulos que trabajaba en una galería de arte chida en Polanco. La vida me tenía harta de dates mediocres y weyes que no sabían ni dónde estaba el clítoris en un mapa. Esa noche, en una fiesta en un penthouse con vista al Ángel, el aire olía a tequila reposado y jazmín fresco. La música ranchera fusionada con electrónica retumbaba suave, haciendo vibrar el piso bajo mis tacones.

¿Y si esta vez es diferente? pensé mientras sorbía mi margarita, el limón picante en la lengua y el hielo crujiendo. Ahí los vi: Becker, alto, moreno, con esa barba recortada que gritaba macho alfa pero con ojos que prometían ternura, y Sofia, su pareja, una culona de curvas imposibles, pelo negro azabache cayendo como cascada y labios rojos que invitaban a pecar. Se miraban como si el mundo fuera solo ellos dos, pero cuando sus ojos se clavaron en mí, sentí un cosquilleo en la piel, como electricidad estática antes de la lluvia.

—Órale, morra, ¿vienes solita? —me dijo Sofia con esa voz ronca, mexicana de pura cepa, acercándose con un movimiento de caderas que hipnotizaba. Becker sonrió, su mano en la cintura de ella, pero sus ojos devorándome despacio, desde los labios hasta las piernas bronceadas por el sol de Acapulco.

—Sí, wey, buscando algo que valga la pena —respondí, neta, con el corazón latiendo fuerte, el sudor perlándome la nuca bajo el vestido ceñido.

Charlamos horas, el humo de cigarros finos mezclándose con su colonia amaderada y el perfume floral de ella. Becker era arquitecto, Sofia diseñadora gráfica, y platicaron de su triada, una relación abierta donde el amor se multiplicaba por tres. No era celos, decían, era libertad.

La triada de Becker
la llamaban ellos, un pacto sensual donde el placer era compartido, sin ataduras tóxicas. Mi chucha se humedeció solo de imaginarlo, el calor subiendo por mis muslos.

Al amanecer, me invitaron a su depa en Roma Norte. El elevador olía a madera pulida y anticipación. Entramos, y el lugar era un sueño: ventanales con vista a los jacarandas violetas, velas encendidas lanzando sombras danzantes, y una cama king size esperándonos como altar pagano.

El deseo inicial era un fuego lento. Sofia me tomó de la mano, su piel suave como seda contra mi palma sudorosa. —Ven, Ana, déjate llevar —susurró, sus labios rozando mi oreja, el aliento cálido enviando escalofríos por mi espina. Becker observaba, quitándose la camisa despacio, revelando un torso marcado por gym, músculos tensos que olían a jabón y hombre.

Esto es real, no un sueño culero, me dije, mientras Sofia me besaba. Sus labios eran terciopelo húmedo, lengua danzando con la mía, sabor a tequila y menta. Gemí bajito, el sonido ahogado en su boca. Becker se acercó por detrás, sus manos grandes en mis caderas, apretando suave, el bulto de su verga dura presionando mi culo a través de la tela.

—Eres preciosa, nena —gruñó él, voz grave como trueno lejano, mordisqueando mi cuello. El olor de su piel, salado y masculino, me mareaba. Nos desvestimos mutuamente, risas nerviosas mezcladas con jadeos. Mi vestido cayó al piso con un shhh suave, dejando mis tetas al aire, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta.

En la cama, el roce de las sábanas de algodón egipcio era lujo puro contra mi piel desnuda. Sofia se tendió a mi lado, sus uñas pintadas de rojo trazando círculos en mi vientre, bajando lento hacia mi monte de Venus. La tensión crecía, cada caricia un latido más fuerte en mi coño palpitante. Becker se arrodilló entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, su barba raspando delicioso, enviando ondas de placer que me arquearon la espalda.

Dios mío, qué chingón —murmuré, el aire cargado de nuestro aroma: sudor dulce, excitación almizclada, y el leve perfume de sus cuerpos entrelazados. Sofia capturó mi boca de nuevo, mientras sus dedos encontraban mi clítoris, frotando con maestría, círculos perfectos que me hacían retorcer. Becker lamió mi entrada, lengua plana y caliente, saboreando mis jugos como si fueran néctar. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mis manos enredadas en su pelo corto.

El conflicto interno me azotaba:

¿Y si me enamoro? ¿Y si duele después?
Pero el placer lo ahogaba todo. Cambiamos posiciones, yo encima de Sofia, chupando sus tetotas firmes, pezones rosados endureciéndose en mi boca, sabor salado y dulce. Ella jadeaba ¡ay, cabrón!, sus caderas moviéndose contra mi muslo. Becker se posicionó detrás de mí, su verga gruesa, venosa, rozando mi raja húmeda. —Dime si quieres, Ana —preguntó, voz ronca de deseo contenido.

—Sí, pendejo, métemela ya —rogué, empapada, el vacío en mí insoportable.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso, el ardor placentero haciendo que mis paredes lo apretaran. ¡Qué llena me siento! El ritmo empezó lento, sus embestidas profundas chocando contra mi cervix, bolas peludas golpeando mi clítoris. Sofia se masturbaba viéndonos, dedos hundidos en su panocha depilada, jugos brillando a la luz de las velas.

La intensidad escalaba. Sudor goteaba por mi espalda, mezclándose con el de Becker, olor a sexo puro impregnando el cuarto. Cambiamos: Sofia montó la cara de Becker, él lamiéndola voraz mientras yo lo cabalgaba, su polla dura como hierro dentro de mí, mis tetas rebotando con cada salto. Sus gemidos vibraban en el clítoris de ella, transmitiéndose a mí como ondas sísmicas. —¡Más fuerte, wey! —gritaba Sofia, uñas clavándose en mis hombros.

El clímax se acercaba como tormenta en el desierto sonorense. Mis paredes se contraían, pulsando alrededor de su verga, el placer acumulándose en mi bajo vientre como lava. Becker gruñó primero, su leche caliente llenándome, chorros potentes que me empujaron al borde. Sofia se corrió en su boca, jugos chorreando por su barbilla, y yo exploté, grito ahogado en su cuello, visión borrosa de estrellas, cuerpo temblando en espasmos interminables.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. El afterglow era bendito: piel pegajosa, corazones latiendo al unísono, el olor a semen y orgasmos flotando dulce. Becker me besó la frente, Sofia acurrucada en mi pecho, sus dedos trazando lazy patterns en mi piel.

—Bienvenida a la triada de Becker, mi amor —dijo él, voz suave, ojos brillando con promesas.

Esto no es el fin, es el principio, pensé, mientras el sol naciente teñía la habitación de oro, y supe que había encontrado mi lugar. El deseo no se apagaba; latía, listo para más noches de pasión compartida en esta ciudad que nunca duerme.

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