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No Culpes A La Morra Por Intentarlo (1)

6972 palabras

No Culpes A La Morra Por Intentarlo

El sol de Puerto Vallarta me besaba la piel como un amante impaciente, mientras las olas del Pacífico lamían la arena caliente a mis pies. Yo, Karla, una morra de veintiocho tacos bien puestos, con curvas que volvían locos a los chavos en la playa, me recargaba en la barra del chiringuito. El aire olía a mar, a crema solar con coco y a esas birrias asadas que vendían en el puesto de al lado. Llevaba un bikini rojo fuego que apenas contenía mis chichis generosas, y el tanga se me metía entre las nalgas con cada movimiento. Qué chido estar aquí sola, pensé, sorbiendo mi michelada helada, el limón picante en la lengua y la sal crujiendo.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con músculos tallados por el gym y el surf, tatuajes maoríes subiendo por sus brazos fuertes. Se llamaba Alex, me enteré después, un carnal de Guadalajara que andaba de vacaciones. Estaba saliendo del agua, el agua chorreando por su pecho lampiño, pegándose a esos abdominales que pedían a gritos ser lamidos. Sus shorts de baño mojados marcaban todo: un bulto prometedor que me hizo apretar los muslos.

Cant blame a girl for trying
, me dije en inglés, porque a veces pienso en gringo para que suene más cabrón. No era mi tipo habitual, pero pinche suerte, hoy me picaba el ojo... y otras partes.

Me acerqué con mi mejor sonrisa coqueta, meneando las caderas como en un video de reggaetón. "Órale, guapo, ¿vienes seguido por acá? Porque si no, ya valió, me robaste el show", le solté, tocándole el brazo. Su piel estaba tibia, salada, y olía a océano puro. Él rio, esa risa grave que vibra en el pecho, y me miró de arriba abajo sin disimulo. "Nah, morra, soy de GDL, pero esta playa me tiene atrapado. ¿Y tú? ¿Modelo o qué?". Sus ojos cafés se clavaron en mis chichis, y sentí un cosquilleo en las tetas, los pezones endureciéndose bajo la tela fina.

Charlamos un rato, coqueteo puro: yo riendo sus chistes pendejos, él ofreciéndome otra chela. El sol bajaba, tiñendo el cielo de naranja y rosa, y la música del bar –cumbia rebajada mezclada con banda– nos invitaba a movernos. "Baila conmigo, ¿no?", le propuse, jalándolo a la arena. Sus manos en mi cintura, grandes y callosas, me erizaron la piel. Bailamos pegaditos, mi culo rozando su entrepierna, sintiendo cómo se ponía duro contra mí. Ya valió, Karla, lo tienes, pensé, mientras su aliento caliente me rozaba el cuello, oliendo a cerveza y hombre.

La tensión crecía con cada roce. Sus dedos bajaban por mi espalda, deteniéndose en el elástico del bikini, y yo arqueaba la espalda para que sintiera mis nalgas firmes. "Eres una tentación, morra", murmuró, su voz ronca cerca de mi oreja, mandándome escalofríos hasta la panocha. Yo giré, presionando mis chichis contra su pecho, y le mordí el lóbulo de la oreja suave. "Tú tampoco estás tan chingón, ¿eh? Pero no le eches la culpa a la morra por intentarlo". Él gruñó, sus manos apretándome el culo, y me besó ahí mismo, en medio de la fiesta. Sus labios eran firmes, su lengua invadiendo mi boca con sabor a sal y lima, chupando mi lengua como si fuera un dulce.

Nos separamos jadeando, el corazón latiéndome como tambor de mariachi. "Vamos a mi cabaña, está cerca", dijo él, tomándome de la mano. Corrimos por la playa, la arena caliente quemándonos los pies, riendo como pendejos. Su cabaña era chida: palapa con hamaca, vista al mar, el sonido de las olas rompiendo de fondo. Entramos, y el aire acondicionado nos golpeó con frescura, contrastando con nuestro calor.

Acto dos: la escalada. Me empujó contra la pared de madera, besándome con hambre, sus manos desatando mi bikini. Mis chichis saltaron libres, pesadas y erectas, y él las tomó, amasándolas, pellizcando los pezones rosados hasta que gemí alto. "¡Ay, cabrón!", grité, pero era placer puro. Olía a su sudor limpio, a mi arousal dulce y almizclado. Bajé la mano a sus shorts, palpando esa verga gruesa, pulsante bajo la tela. La saqué: pinche verga choncha, venosa, cabeza morada brillando de precum. La masturbe despacio, sintiendo su calor en mi palma, el pulso acelerado.

Quiero esto dentro, pensé, mientras él me quitaba el tanga, exponiendo mi panocha depilada, ya empapada, labios hinchados. Me arrodillé, el piso de madera áspero en las rodillas, y la mamé. Su sabor salado explotó en mi boca, la lengua girando alrededor de la cabeza, chupando las bolas pesadas. Él gemía, enredando los dedos en mi pelo negro largo, follando mi boca suave. "Sí, morra, así... qué rica boca". El sonido de succión húmeda, mis slurps, sus gruñidos –todo era sinfonía erótica.

Me levantó, me llevó a la cama king size con sábanas blancas crujientes. Me abrió las piernas, su cara entre mis muslos. Su lengua en mi clítoris, lamiendo lento, chupando mis labios jugosos. Sentí cada roce: la barba incipiente raspando mis pliegues sensibles, su nariz rozando mi monte de Venus. "¡Dios, Alex, no pares!", supliqué, mis caderas buckeando contra su boca. Olía a mi excitación fuerte, a su saliva mezclada. Dos dedos gruesos entraron, curvándose en mi G-spot, mientras lamía sin piedad. El orgasmo me pegó como ola: temblores, jugos salpicando su barbilla, grito ronco que ahogué en la almohada.

Pero quería más. Lo empujé boca arriba, montándolo como amazona. Su verga se hundió en mí de un jalón, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. Qué chingón, el roce de venas contra mis paredes, su pubis raspando mi clítoris. Reboté, chichis saltando, sudor perlando nuestros cuerpos. Él me agarraba las nalgas, guiándome, metiendo un dedo en mi ano apretado para más placer. "¡Fóllame duro, pendejo!", le ordené, y él embistió desde abajo, pelotas golpeando mi culo. El slap-slap de carne, nuestros gemidos, el crujir de la cama –intensidad pura.

Cambié a perrito: él detrás, manos en mis caderas, verga martillando profundo. Cada estocada mandaba ondas de placer, su vientre contra mis nalgas suaves, sudor goteando. "¡Más, carnal, rómpeme!", jadeé. Él aceleró, una mano bajando a mi clítoris, frotando circles. El clímax nos alcanzó juntos: yo convulsionando, panocha ordeñando su verga, él gruñendo "¡Me vengo!", chorros calientes llenándome, desbordando por mis muslos.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos en la cama, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su corazón latía fuerte contra mi oreja, mientras yo trazaba sus tattoos con uñas rojas. El mar susurraba fuera, brisa nocturna enfriando el aire. "Eres increíble, Karla", murmuró, besándome la frente. Yo sonreí, satisfecha, poderosa. No se le puede echar la culpa a una morra por intentarlo, pensé, acurrucándome en su pecho. Mañana quién sabe, pero esta noche fue perfecta. El olor a sexo impregnaba la habitación, un recordatorio dulce, y me dormí con su brazo alrededor, el pulso calmándose en paz.

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