Tri Luma Despierta Pieles en Farmacias del Ahorro
Entré a la Farmacias del Ahorro con el sol de mediodía pegándome en la nuca como un beso ardiente. El aire acondicionado me recibió con un soplo fresco que olía a desinfectante mezclado con ese perfume dulzón de las cremas y lociones que venden por todos lados. Llevaba semanas batallando con unas manchas en la cara que me tenían harta, y el dermatólogo me había recetado Tri Luma. "Es lo mejor, te va a dejar la piel como de porcelana", me dijo, pero yo solo quería sentirme chida de nuevo, lista para conquistar el mundo... o al menos a un güey guapo.
Me acerqué al mostrador de dermatología, mis chanclas resonando en el piso de linóleo brillante. Ahí estaba él, Javier, el farmacéutico. Alto, moreno, con una sonrisa que parecía sacada de un anuncio de pasta dental. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo sin disimulo, y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas revoloteando. "Buenas tardes, ¿en qué te ayudo, preciosa?", dijo con esa voz grave que vibraba en mi pecho.
"Busco Tri Luma de Farmacias del Ahorro, la crema para las manchas", respondí, tratando de sonar casual, pero mi voz salió un poquito ronca. Él se giró hacia los anaqueles, su camisa blanca ajustada marcando los músculos de la espalda. Cuando volvió con el tubito en la mano, sus dedos rozaron los míos al pasármelo. Fue eléctrico, como si un rayo me hubiera lamido la piel. Olía a jabón fresco y a algo masculino, terroso.
Me explicó cómo usarla: "Aplícala de noche, en capa fina, y usa protector solar de día. Te va a quedar la piel suave como el culito de un bebé". Reí, nerviosa, y él se acercó un poco más, su aliento cálido en mi oreja. "Si tienes dudas, aquí estoy. Mi turno acaba en una hora. ¿Quieres que te ayude a elegir un buen bloqueador?" Su mirada era fuego puro, y yo sentí el calor subiendo por mis muslos. ¿Por qué no? Pensé. Hacía meses que no tenía acción, y este pendejo me estaba poniendo cardíaca.
Esperé en una banca afuera, el viento caliente trayendo olores de tacos al pastor de la taquería de enfrente. Mi mente daba vueltas:
¿Y si es un coqueteo nomás? ¿Y si me invita a su casa y me come viva?El pulso me latía en las sienes cuando salió, quitándose la bata para revelar una playera negra que se le pegaba al torso sudado. "Vamos por un café, ¿no? Hay un Oxxo cerca". Caminamos lado a lado, su brazo rozando el mío, cada roce enviando chispas por mi espina.
En el Oxxo, el café humeaba entre nosotros, pero el vapor no era nada comparado con el que salía de mi cuerpo. Hablamos de todo: de la ciudad caótica, de cómo él estudiaba farmacia para ayudar a su familia, de mis locuras en el trabajo de diseñadora gráfica. Sus ojos no se despegaban de mis labios, y yo crucé las piernas para aplacar el hormigueo entre ellas. "Eres preciosa, Ana. Esas manchitas no le quitan nada a tu belleza", murmuró, y su mano cubrió la mía. El tacto era firme, cálido, prometedor.
"¿Sabes? Me acabo de mudar a un depa chiquito aquí cerca. ¿Quieres ver cómo me queda la Tri Luma?", solté, juguetona, el corazón retumbándome como tambor en fiesta. Él sonrió lobuno. "Vamos".
El trayecto en su coche fue tortura deliciosa. Su mano en mi rodilla, subiendo despacito por el muslo mientras yo jadeaba bajito. El olor a su colonia invadiendo el espacio, mezclado con mi aroma de excitación que ya se notaba. Llegamos a su depa, un lugar modesto pero limpio, con posters de fútbol y una cama king size que gritaba promesas. Me jaló contra él en la puerta, sus labios devorando los míos. Sabían a café y a deseo puro, lengua danzando con la mía en un tango húmedo y salvaje.
Caímos en la cama, ropa volando por los aires. Sus manos expertas masajeaban mi piel, oliendo a la crema que traía en la bolsa. "Quítate todo, déjame verte", gruñó, y yo obedecí, sintiendo el aire fresco en mis pezones endurecidos. Él se arrodilló, besando mi vientre, bajando hasta mi centro palpitante. Su aliento caliente me erizó la piel, y cuando su lengua me tocó, grité. Era suave, insistente, lamiendo con hambre, saboreando mis jugos como si fueran el mejor elixir. Mis caderas se arquearon, uñas clavándose en sus hombros, el sonido de mis gemidos llenando la habitación junto al chapoteo obsceno.
Pero quería más. Lo empujé sobre la cama, montándome a horcajadas. Su verga dura como piedra, venosa, latiendo en mi mano. La froté contra mi humedad, sintiendo el calor abrasador. "Métemela ya, cabrón", le rogué, y él obedeció con un empellón que me llenó por completo. Dios, qué delicia. Cada embestida era un choque de cuerpos sudorosos, piel contra piel resbaladiza, el slap-slap ecoando como aplausos. Olía a sexo crudo, a sudor salado y a mi crema de vainilla. Mis tetas rebotaban, él las chupaba con avidez, mordisqueando pezones que dolían de placer.
El clímax se acercaba como tormenta. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras él gruñía "¡Te vengo adentro, nena!". Explosamos juntos, mi cuerpo convulsionando en oleadas de éxtasis, jugos mezclándose en un río caliente. Colapsé sobre él, pulsos acelerados sincronizados, respiraciones entrecortadas. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso, marca de nuestra unión.
Después, en la ducha, el agua caliente nos lavaba, pero no el recuerdo. Sus manos jabonosas recorrían mi piel ahora suave por la promesa del Tri Luma. "Vuelve mañana, por más crema... y por mí", susurró, besándome el cuello. Salí de ahí con piernas temblorosas, el sol poniente tiñendo el cielo de rojo pasión. En casa, me unté la crema, mirando mi reflejo: no solo la piel mejoraría, sino todo mi ser. Javier había despertado algo en mí, un fuego que ardía lento, listo para más noches en Farmacias del Ahorro y sus tentaciones.
Desde esa tarde, cada visita a la farmacia era un ritual. El tubito de Tri Luma en mi bolsa, excusa perfecta para rozones y miradas cargadas. Nuestra historia era como esa crema: transformadora, suave, adictiva. Y yo, pendeja enamorada, no podía esperar por la próxima dosis.