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Abuelas Haciendo Tríos con Fuego en las Venas

7641 palabras

Abuelas Haciendo Tríos con Fuego en las Venas

En el calor de esa tarde de verano en el barrio de Coyoacán, donde las jacarandas teñían las calles de morado, llegué a la casa de mis abuelas postizas, Doña Rosa y Doña Carmen. No eran de sangre, pero desde chiquito me criaron como a un nieto consentido. Ambas viudas, con más de sesenta tacos, pero chulas como pocas. Doña Rosa, con su pelo plateado recogido en un moño desordenado, curvas generosas que el tiempo había redondeado como tamales perfectos, y una risa que retumbaba como trueno. Doña Carmen, más delgada, ojos negros que perforaban el alma, y unas nalgas firmes que desafiaban los años. Siempre andaban juntas, inseparables, compartiendo chismes, tequila y quién sabe qué más.

¡Mira quién viene, carnal! —gritó Doña Rosa al abrir la puerta, su blusa floreada pegada al sudor del bochorno, dejando ver el encaje negro de su sostén—. Pasa, pendejo, que te extrañamos.

Entré oliendo a las flores de su jardín y al mole que hervía en la cocina. El aire estaba cargado de ese aroma dulce y picante que me hacía agua la boca. Me abrazaron fuerte, sus pechos mullidos aplastándose contra mi pecho, y sentí el calor de sus cuerpos maduros. Doña Carmen me dio un beso en la mejilla, su aliento a menta y algo más prohibido, como deseo fermentado.

Nos sentamos en el patio trasero, bajo la pérgola de buganvilias. Sacaron una botella de tequila reposado, de esas que queman la garganta pero calientan el alma. Hablamos de todo: del pinche tráfico, de los chismes del barrio, de cómo los jóvenes de hoy no saben valorar a una mujer de verdad. Yo, con veinticinco años, soltero y con el cuerpo en forma de tanto gym, no podía evitar miradas furtivas a sus escotes profundos, a cómo se movían sus caderas al servir los tragos.

¿Qué carajos estoy pensando? Son mis abuelas postizas, pero joder, qué ricas se ven. Ese brillo en sus ojos... ¿será que ellas también sienten esta electricidad?

El sol bajaba, tiñendo todo de naranja, y el tequila fluía. Doña Rosa se recargó en mi hombro, su mano rozando mi muslo accidentalmente. O no tan accidental. Doña Carmen soltó una carcajada.

—Órale, Rosa, no lo agobies al muchacho. Aunque... ¿sabes qué, mijo? En nuestra edad, una aprende a no desperdiciar el tiempo. Las abuelas haciendo tríos no es tan raro como crees. ¡Ja! Hemos visto de todo en la vida.

Me quedé helado, el corazón latiéndome como tamborazo. ¿Había oído bien? Doña Rosa guiñó un ojo, su dedo trazando círculos en mi rodilla.

—Sí, corazón. ¿Por qué no nos cuentas qué te trae tan pensativo? ¿O prefieres que te mostremos cómo se divierten las de nuestra edad?

El deseo inicial era un cosquilleo en el estómago, pero con cada trago se convertía en un incendio. Asentí, la boca seca, y ellas se miraron con complicidad. Me levantaron como si fuera un niño, pero sus toques eran de amantes expertas. Entramos a la recámara principal, un santuario de sábanas de algodón egipcio, velas de vainilla encendidas y un ventilador que movía el aire cargado de jazmín.

Acto uno había terminado: la escena estaba puesta, el conflicto era mi propia timidez contra su audacia descarada. Ahora, el medio, la escalada lenta que me volvía loco.

Doña Rosa me besó primero, sus labios carnosos saboreando a tequila y miel, su lengua danzando con la mía como en un baile de salón. Olía a su perfume de gardenias marchitas, mezclado con el sudor salado de su cuello. Doña Carmen observaba, mordiéndose el labio, sus manos desabotonando mi camisa con dedos temblorosos de anticipación.

Qué chulo estás, mijo —susurró Carmen, lamiendo mi oreja, su aliento caliente enviando escalofríos por mi espina—. Déjanos cuidarte.

Me quitaron la ropa con risas suaves, sus uñas arañando mi piel de forma juguetona. Yo las desnudé a ellas, reverente. Los senos de Doña Rosa caían pesados, pezones oscuros endurecidos como chocolate amargo. Doña Carmen tenía pechos más firmes, surcos de la vida que las hacían reales, deseables. Sus pieles olían a loción de coco y a esa esencia femenina profunda, almizclada, que me ponía la verga dura como piedra.

Esto es un sueño. Sus cuerpos maduros, arruguitas que cuentan historias, curvas que invitan a perderse. No puedo creer que esté pasando.

Se tumbaron en la cama, invitándome. Empecé con besos en los muslos de Rosa, su piel suave como petate viejo, saboreando el salitre de su excitación. Ella gemía bajito, "Ay, sí, así, cabrón", mientras Carmen me chupaba los huevos, su boca experta succionando con maestría, lengua girando como trompo. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, jadeos roncos, el crujir de las sábanas.

Cambiaron posiciones con gracia felina. Doña Carmen se sentó en mi cara, su panocha empapada goteando jugos dulces y salados en mi lengua. Sabía a madurez, a fruta fermentada, y yo lamía con hambre, sintiendo sus caderas ondular, su clítoris hinchado pulsando contra mi boca. Doña Rosa montó mi verga, despacio al principio, su coño caliente y holgado envolviéndome como guante de terciopelo mojado. "¡Qué rica verga tienes, pinche niño!" —gruñó, rebotando con fuerza, sus nalgas chocando contra mis muslos con palmadas resonantes.

La tensión subía: mis bolas apretadas, sus respiraciones aceleradas, el sudor perlando sus frentes. Intercambiaron, Carmen ahora cabalgándome, sus paredes vaginales apretándome como no lo hacía ninguna veinteañera. Rosa se unió, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi eje y el clítoris de su amiga. Gemían en coro, "Más fuerte, sí, chínganos", el cuarto lleno de ese olor a sexo crudo, almizcle y vainilla.

Yo luchaba por no correrme, interno monólogo gritando:

Resiste, cabrón, haz que dure. Ellas mandan, pero tú les das todo.
Pequeñas resoluciones: un beso compartido entre ellas sobre mi pecho, sus lenguas entrelazadas, mostrándome su conexión profunda. La intensidad psicológica era brutal: empoderadas, ellas guiaban, yo rendido a su placer.

El clímax se acercaba como tormenta. Doña Rosa se acostó, piernas abiertas, y yo la penetré profundo mientras Carmen se frotaba contra su rostro, las dos gimiendo en éxtasis. Sus cuerpos temblaban, pechos agitándose, pieles chocando con sudor resbaloso. Sentí el pulso de Rosa apretándome, ordeñándome.

¡Córrete adentro, mijo! Lléname —suplicó Rosa, y exploté, chorros calientes inundándola, mi grito ahogado en los senos de Carmen.

Ellas llegaron después, olas de placer: Rosa arqueándose como gata, Carmen convulsionando con chillidos agudos. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, el aire pesado con nuestro aroma compartido.

En el afterglow, el acto final, yacíamos jadeantes. Doña Rosa me acariciaba el pelo, "Qué bueno que viniste, corazón. Las abuelas haciendo tríos es lo mejor de la vida". Doña Carmen rio suave, besando mi hombro.

Esto no fue solo sexo. Fue conexión, liberación. Me siento completo, vivo.

Nos duchamos juntos, agua tibia lavando el sudor, risas y toques juguetones. Salimos al patio al anochecer, estrellas salpicando el cielo, tequila fresco en mano. No hubo promesas, solo la promesa tácita de más. Ellas, empoderadas en su deseo, me habían enseñado que la pasión no envejece. Y yo, marcado por sus cuerpos, su fuego, su amor maduro, me iba con el alma en llamas, sabiendo que volvería por más.

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