Al Menos Intenté Resistirme
La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal y a coco tostado, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la arena tibia. Yo, Ana, estaba sentada en una chaise longue de la terraza del resort, con un michelada helada en la mano, sintiendo el sudor perlar mi piel morena bajo el vestido ligero de algodón que se pegaba a mis curvas como una segunda piel. Habían pasado meses desde la última vez que vi a Diego, mi carnal de la uni, pero ahí estaba él, cruzando la piscina con esa sonrisa pícara que me hacía apretar los muslos sin querer.
Órale, Ana, no seas pendeja, me dije. Al menos intenté ignorarlo toda la semana, pero neta, el wey está cañón con esa playera ajustada marcando sus pectorales y esos jeans que le quedan como pintados.Su olor a loción de bergamota y mar me llegó antes que su voz, grave y juguetona: "¿Qué onda, morra? ¿Ya te cansaste de fingir que no me ves?"
Me reí, pero mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo. "¡No mames, Diego! Vine a relajarme, no a lidiar con tu ego inflado." Nos abrazamos, y su pecho duro contra mis tetas suaves me mandó una descarga eléctrica directo al centro. Sus manos en mi espalda baja, cálidas y firmes, me recordaron por qué siempre huía de él. Éramos amigos desde Guadalajara, pero cada roce era una promesa de algo más, algo que yo al menos intenté evitar porque temía perder el control.
La fiesta empezó tranquis: mariachi tocando La Bikina de fondo, tacos de mariscos humeantes que sabían a limón y chile fresco, y cervezas frías pasando de mano en mano. Diego no se despegaba, contándome chistes de Los Polivoces que me hacían carcajear hasta que me dolía la panza. Pero conforme la luna subía, el aire se cargaba de esa tensión espesa, como antes de una tormenta en el Pacífico. Sus ojos cafés me devoraban, bajando a mi escote donde el sudor brillaba como aceite.
"Ven, vamos a caminar," me dijo, tomándome la mano. Su palma áspera por el gym rozaba la mía suave, y el pulso en mi muñeca se aceleró. Caminamos por la arena, descalzos, el agua lamiendo nuestros pies con caricias frías. Hablamos de todo: de los pinches jefes en el trabajo, de sueños locos como abrir un taquero en la playa, de cómo la vida en México nos volvía más salvajes. Pero en mi cabeza, un torbellino: ¿Y si esta vez no paro? ¿Y si lo dejo entrar?
Volvimos a mi suite, pretextando otra chela. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo afuera desapareció. La habitación olía a sábanas frescas y a mi perfume de jazmín. Diego se acercó, su aliento a tequila rozando mi cuello. "Ana, neta, no aguanto más verte así de rica y hacer como que no pasa nada." Sus labios rozaron mi oreja, y un gemido se me escapó, traicionera.
Al menos intenté empujarlo, pero mis manos se enredaron en su pelo en vez de alejarlo. Qué chingados, ya valió.Lo besé primero, con hambre acumulada de años. Sus labios carnosos sabían a sal y deseo, su lengua invadiendo mi boca como una ola caliente. Me levantó en brazos, mis piernas envolviéndolo por instinto, sintiendo su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de la tela delgada. "Eres una diosa, morra," murmuró, mientras me depositaba en la cama king size.
El colchón se hundió bajo nuestro peso, y sus manos expertas subieron mi vestido, exponiendo mis muslos torneados y el tanga de encaje negro ya empapado. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su sudor masculino. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel revelada: el ombligo, las costillas, el valle entre mis pechos. Sus dientes rozaron mis pezones erectos, enviando chispas de placer que me arquearon la espalda. "¡Ay, wey, no pares!" jadeé, mis uñas clavándose en sus hombros anchos.
Él se desnudó rápido, su cuerpo atlético brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Su pito erecto, grueso y venoso, saltó libre, y lo tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, la piel sedosa sobre la rigidez. Lo masturbe lento, viendo cómo sus ojos se nublaban de lujuria. "Te voy a comer viva," gruñó, bajando entre mis piernas. Su lengua plana lamió mi clítoris hinchado, chupando con succiones que me hicieron gritar. Saboreaba mis jugos, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos contra ese punto que me volvía loca. El sonido húmedo de su boca en mi coño era obsceno, como música erótica, y mis caderas se movían solas, follando su cara.
El clímax me pilló desprevenida, una explosión que me dejó temblando, el cuerpo convulsionando mientras gritaba su nombre. "¡Diego, cabrón, sí!" Pero él no paró, trepó sobre mí, su peso delicioso aplastándome contra las sábanas. Su verga rozó mi entrada resbaladiza, y empujó de un solo golpe, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía placero, sus bolas peludas golpeando mi culo con cada embestida profunda.
Qué padre se siente estar tan llena, tan conectada. Al menos intenté ser la buena amiga, pero esto es lo que necesitaba, neta.Cambiamos posiciones como en una coreo salvaje: yo encima, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando mientras él las amasaba. Sudábamos a chorros, el cuarto lleno de jadeos, gemidos y el plaf plaf de carne contra carne. "Más duro, pendejo," le exigí, y él obedeció, clavándome desde abajo con golpes que me hacían ver estrellas. Su olor a macho en celo me embriagaba, el sabor salado de su cuello cuando lo besé.
Lo volteé a cuatro patas, él atrás, jalándome el pelo suave mientras me taladraba. Sus manos en mis caderas, dedos hundiéndose en la carne suave, el ritmo acelerando. Sentía cada vena de su pito frotando mis paredes internas, el orgasmo construyéndose como volcán. "Me vengo, Ana, ¿dónde?" jadeó. "Adentro, amor, lléname," respondí, y explotamos juntos. Su leche caliente inundándome, pulsación tras pulsación, mientras yo me deshacía en espasmos, el placer derramándose por mis muslos.
Colapsamos enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su brazo alrededor de mi cintura, su nariz en mi pelo oliendo a vainilla. "Neta, morra, ¿por qué tanto tiempo?" murmuró, besando mi hombro. Yo sonreí en la oscuridad, el cuerpo laxo y satisfecho, el corazón pleno.
Al menos intenté resistirme, pero qué chido que fallé. Esto apenas empieza, wey.Afuera, las olas seguían su canto eterno, y en mi alma, una paz nueva, sabiendo que el deseo ganado vale más que el reprimido.