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Hago Trios con Fuego en la Sangre

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Hago Trios con Fuego en la Sangre

Neta que nunca pensé que mi vida daría un giro tan chingón. Vivo en un depa chido en la Condesa, de esos con vista al Parque México, donde los fines de semana se arman las pachangas más rifadas. Mi jefa, Sofia, es una morra de esas que te hacen babear: curvas que matan, ojos cafés que te clavan, y una risa que suena como campanitas en la brisa. Llevamos un año juntos, y desde el principio le eché en cara que hago trios de vez en cuando, nada serio, puro desmadre consensuado entre adultos que se prenden mutuo.

Ese viernes, el aire olía a jazmín del jardín de abajo y a tacos de suadero de la esquina. Sofia llegó con su amiga Ana, una culona de Guadalajara que trabaja en una galería de arte en Polanco. Ana es de esas que caminan como si el mundo fuera su pasarela: piel morena como chocolate, labios carnosos pintados de rojo fuego, y un escote que deja poco a la imaginación. "Órale, carnal, ¿aquí es donde pasa la buena vida?", me dijo Ana al entrar, con esa voz ronca que te eriza la piel.

"Mira, amor, Ana y yo hemos platicado mucho. Ella sabe que tú haces trios, y pues... ¿por qué no intentamos uno juntos? Todo chido, sin presiones."
Sofia me lo soltó así, de frente, mientras servía unos tequilas reposados con limón y sal. Sentí un cosquilleo en el estómago, como cuando te subes a la montaña rusa en Six Flags. El deseo empezó a bullir, lento, como el calor que sube del piso de madera calientita bajo mis pies descalzos.

Nos sentamos en el sofá de piel suave, el sonido de salsa romántica de Celia Cruz flotando desde los speakers. Sofia se acurrucó contra mí, su mano tibia rozando mi muslo, enviando chispas directas a mi verga que ya se ponía tiesa. Ana se sentó al otro lado, cruzando las piernas de forma que su falda corta se subió un poco, dejando ver la curva de sus muslos suaves, oliendo a vainilla y algo más salvaje, como almizcle femenino. "Neta, Carlos, Sofia me ha contado maravillas de ti. ¿De veras haces trios como profesional?", bromeó Ana, lamiendo el sal de su mano con una lentitud que me secó la garganta.

El primer beso fue de Sofia, suave al principio, sus labios saboreando a tequila y miel. Su lengua danzó con la mía, húmeda y caliente, mientras su mano bajaba a mi entrepierna, apretando mi paquete con firmeza juguetona. "Mmm, ya estás listo, pendejo", murmuró contra mi boca. Ana observaba, sus pechos subiendo y bajando rápido, el rubor tiñendo sus mejillas. Extendí la mano y la jalé hacia nosotros, su piel ardiente contra la mía, suave como satén recién planchado.

La tensión crecía como una tormenta en el DF: nubes pesadas, relámpagos lejanos. Nos fuimos quitando la ropa despacio, saboreando cada roce. Sofia desabotonó mi camisa, sus uñas arañando ligeramente mi pecho, dejando rastros rojos que picaban rico. Ana se quitó el top, revelando tetas firmes con pezones oscuros endurecidos, oliendo a sudor dulce y perfume caro. "Ven, chúpame aquí", le pedí a Sofia, guiando su cabeza. Su boca envolvió mi verga, cálida y húmeda, chupando con succiones que me hicieron gemir bajo, el sonido reverberando en la sala como un trueno.

Ana no se quedó atrás. Se arrodilló a un lado, lamiendo mis bolas con una lengua experta, áspera y juguetona. El doble ataque era una locura: el calor de sus bocas alternándose, saliva resbalando por mi tronco, el slap-slap de labios contra piel. Mi pulso tronaba en los oídos, el corazón latiéndome como tambores en una fiesta de pueblo. Esto es lo que pasa cuando hago trios, carajo, puro éxtasis compartido, pensé, mientras mis manos se perdían en sus cabelleras: Sofia con rizos negros salvajes, Ana con melena lisa como seda.

Subimos al cuarto, el colchón king size hundiéndose bajo nuestro peso. La luz de la luna se colaba por las cortinas, bañando sus cuerpos en plata. Sofia se montó en mi cara, su panocha depilada rozando mi nariz, oliendo a excitación pura: salado, dulce, embriagador. Lamí su clítoris hinchado, chupando con hambre, sintiendo cómo temblaba encima de mí, sus jugos empapándome la barba. "¡Ay, sí, así, cabrón!", gritó, sus caderas moliendo contra mi lengua.

Ana se empaló en mi verga de un jalón, su coño apretado y resbaloso envolviéndome como guante de terciopelo caliente. El thrust inicial fue brutal, sus nalgas chocando contra mis muslos con un clap-clap rítmico, sudor perlando su espalda. "¡Qué verga tan rica, Carlos! ¡Métemela más hondo!", jadeaba Ana, sus tetas rebotando hipnóticas. Sofia se inclinó para besar a Ana, sus lenguas enredándose sobre mí, un espectáculo que me volvía loco. El aire estaba cargado de gemidos, pieles chocando, el olor almizclado del sexo impregnando todo.

Intercambiamos posiciones como en un baile prohibido. Ahora Ana en mi cara, su sabor más intenso, almendrado, mientras Sofia cabalgaba mi polla con furia, sus paredes internas contrayéndose en espasmos. Sentía cada vena de mi verga pulsando, el calor subiendo por mi espina como lava.

"No pares, amor, estamos en esto juntas. Tú haces trios como nadie."
Sofia lo dijo entre jadeos, sus ojos brillando de lujuria y cariño.

La intensidad escalaba. Mis dedos exploraban: metí dos en el culo de Ana mientras la lamía, sintiendo su esfínter apretarse juguetón. Ella chilló de placer, un sonido agudo que vibró en mi pecho. Sofia pellizcaba sus propios pezones, gimiendo mi nombre. El clímax se acercaba como un tren de alta velocidad: mis bolas tensándose, el sudor chorreando por mi frente, salado en mis labios.

Primero se corrió Ana, su cuerpo convulsionando, chorros calientes empapando mi cara mientras gritaba "¡Me vengo, pendejos, ay wey!". Su orgasmo me empujó al borde. Sofia aceleró, su panocha ordeñándome, y exploté dentro de ella con un rugido gutural, chorros espesos llenándola, el placer cegador como fuegos artificiales en el Zócalo. Sofia llegó segundos después, su grito ahogado en el cuello de Ana, cuerpos temblando en cadena.

Colapsamos en un enredo de extremidades sudorosas, pechos agitados, el cuarto oliendo a sexo crudo y satisfacción. Sofia besó mi frente, su piel pegajosa contra la mía. "Gracias por hacernos esto tan chingón, amor. Haces trios que se sienten como amor puro." Ana rio bajito, trazando círculos en mi pecho con su uña. "Neta, carnal, repitamos pronto. Esto fue rifado."

Nos quedamos así, respiraciones calmándose al unísono, la brisa nocturna enfriando nuestras pieles febriles. Afuera, el Parque México susurraba con hojas mecidas, pero adentro, el mundo era nuestro: conexión profunda, deseo saciado, la promesa de más noches así. En ese momento, supe que hago trios no por morbo, sino porque unen almas en éxtasis compartido. Y qué padre se siente.

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