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Tornado Tri State 1925 Remolino de Deseos

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Tornado Tri State 1925 Remolino de Deseos

El aire estaba cargado de un olor a tierra húmeda y ozono, como si el cielo mismo se estuviera meando de nervios. Era marzo de 1925, en la zona tri state donde Missouri, Illinois e Indiana se besaban en un rincón olvidado del medio oeste gringo. Yo, Ana López, una morra de veinticinco tacos recién llegada de Jalisco con mis tías, trabajaba en la granja de los Ramirez, ordeñando vacas y soñando con algo más que polvo y sudor. Ese día, el viento empezó a jalar como un pendejo enojado, silbando entre las maderas de la casa y haciendo que mi falda se pegara a los muslos como una segunda piel.

Desde la ventana, vi a Javier acercándose a todo lo que daba, su camisa blanca abierta hasta el pecho, empapada por las primeras gotas gruesas que caían como lágrimas de dios. Javier era el capataz, un wey alto y prieto de Guanajuato, con ojos negros que me miraban como si quisiera comerme viva. Órale, qué chulo se ve con el pelo revuelto, pensé, sintiendo un calorcito traicionero entre las piernas a pesar del fresco que entraba. "¡Ana, chula! ¡El tornado tri state de 1925 viene para acá, neta! ¡Baja al sótano ya!" gritó él, su voz ronca cortando el rugido del viento.

Me lancé escaleras abajo, el corazón latiéndome como tamborazo en fiesta. El sótano era chiquito, oscuro, con olor a papas rancias y tierra fresca. Javier bajó detrás, cerrando la puerta trancada justo cuando el mundo de arriba empezó a aullar como coyote rabioso. Nos quedamos ahí, pegados en la penumbra, respirando el mismo aire cargado de miedo y algo más... algo que olía a hombre sudado y mujer lista para el desmadre.

¿Por qué carajos mi cuerpo tiembla así? No es solo el tornado, es él, tan cerca que siento su calor quemándome la piel.

Nos sentamos en unas cobijas viejas, las rodillas rozándose accidentalmente. "No te apures, Ana, yo te cuido", murmuró Javier, su mano grande posándose en mi rodilla como si nada. Pero no era nada. Su toque era fuego puro, enviando chispas hasta mi centro, donde ya sentía esa humedad traidora empapando mis calzones. El tornado tri state de 1925 rugía arriba, arrancando tejas y troncos, pero abajo, el verdadero remolino empezaba entre nosotros.

Acto uno apenas terminaba cuando el segundo empezó a escalar. Hablamos para calmarnos, recordando ranchos en México, las fiestas con mariachi y tequilas que nos ponían calientes. "Tú eres la mera verga aquí, Ana, con esos ojos que me vuelven loco", dijo él, su aliento cálido en mi oreja. Me reí nerviosa, pero mi mano traicionera subió por su muslo musculoso, sintiendo la dureza de sus piernas bajo el pantalón raído. ¡Qué prieto está el cabrón! El viento gemía como amante frustrado, y nosotros nos mirábamos con hambre, el deseo creciendo como tormenta.

Su boca encontró la mía en un beso que sabía a sal y desesperación. Lenguas enredadas, dientes chocando, manos explorando. Le arranqué la camisa, oliendo su piel tostada por el sol, ese aroma macho que me mareaba. Sus dedos bajaron mi corpiño, liberando mis chichis pesadas que rebotaron libres, pezones duros como piedras de tormenta. "Qué ricas tetas, mi reina", gruñó, chupándolas con hambre, su lengua girando como el vórtice de arriba. Gemí fuerte, el sonido ahogado por el estruendo exterior, mis caderas moviéndose solas contra su pierna.

El conflicto interno me jodía: Soy una dama decente, pero este wey me prende como mecha. Pero el cuerpo manda, y el mío gritaba por más. Javier me tumbó suave sobre las cobijas, besando mi cuello, bajando por mi vientre tembloroso. El olor a sexo empezaba a llenar el sótano, mezclado con el barro de afuera que se colaba por las rendijas. Sus manos fuertes separaron mis muslos, y ahí estaba yo, abierta como flor en lluvia, mi panocha palpitando, mojada y lista.

No pares, pendejo, dame todo lo que traes.

Me lamió despacio al principio, su lengua plana recorriendo mi raja, saboreando mi miel salada. "Sabes a gloria, Ana, neta", jadeó, metiendo un dedo grueso que me hizo arquear la espalda. El placer era eléctrico, como rayos del tornado tri state de 1925 partiendo el cielo. Bombeaba adentro, curvando para tocar ese punto que me volvía loca, mientras chupaba mi clítoris hinchado. Mis manos enredadas en su pelo negro, jalándolo más cerca, mis gemidos convirtiéndose en gritos ahogados. "¡Sí, Javier, así, chingame con la lengua!"

La intensidad subía, mi cuerpo tenso como cuerda de guitarra. Él se quitó el pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, parada como poste en tormenta, goteando precum que olía a deseo puro. La tomé en mi mano, suave pero firme, masturbándolo lento mientras él me besaba. "Entra en mí, mi amor, no aguanto más", le rogué, guiándolo a mi entrada caliente.

Se hundió despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. "¡Qué apretadita estás, carajo!", rugió, empezando a moverse, embestidas profundas que hacían slap-slap contra mi piel sudada. El sótano temblaba con el tornado, pero nosotros éramos el verdadero caos, cuerpos chocando, sudor volando, olores mezclados en éxtasis.

Cambié de posición, montándolo como reina, mis caderas girando en círculos viciosos. Sus manos en mi culo redondo, azotando suave, "¡Muévete así, perra rica!". Rebotaba fuerte, mis chichis saltando, su verga golpeando mi G-spot una y otra vez. El clímax se acercaba, mis paredes apretándolo como puño, jadeos sincronizados con el viento furioso.

Acto tres explotó como el ojo del tornado calmado. "¡Me vengo, Javier!", grité, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer mojando su pelvis. Él gruñó profundo, hinchándose dentro, llenándome de su leche caliente en chorros potentes. Colapsamos juntos, pegajosos y temblorosos, el mundo arriba calmándose poco a poco.

En el afterglow, nos abrazamos bajo las cobijas, su corazón latiendo contra mi pecho. El olor a sexo y tormenta impregnaba todo, pero era dulce, nuestro. "Ese tornado tri state de 1925 nos juntó, Ana. Neta, fue lo mejor que me pasó", susurró, besando mi frente. Sonreí, sintiendo paz en sus brazos fuertes. Afuera, el sol empezaba a asomarse, pero nuestro remolino apenas comenzaba. Éramos adultos libres, empoderados en nuestra pasión mutua, listos para lo que viniera.

Salimos del sótano cuando el rugido cesó, la granja hecha mierda pero nosotros intactos, más unidos que nunca. Ese día, el tornado no destruyó, creó algo eterno: un amor chingón nacido en el caos.

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