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Lo Intenté Tan Duro Traducción

7105 palabras

Lo Intenté Tan Duro Traducción

Estaba en mi depa en la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las cortinas de lino, iluminando mi laptop abierta en una página de traducción erótica. Soy Ana, traductora freelance de veintiocho pirulos, y ese día me tocaba un novelón gringo lleno de escenas que te ponen la piel chinita. El teclado hacía clic-clac bajo mis dedos mientras sudaba la gota gorda con una frase: "I tried so hard". La neta, en el contexto del cuate que luchaba por no venirse antes de tiempo, sonaba a pura desesperación carnal. Traducción tentativa: Lo intenté tan duro. Me reí sola, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. ¿Tan duro? Ay, güey, si supieran lo que me estaba pasando a mí.

El aroma del café de olla que acababa de colar me envolvía, mezclado con el perfume de mi loción de vainilla que se pegaba al calor de mi piel morena. Me recargué en la silla ergonómica, cruzando las piernas para aplacar el calor que subía desde mi entrepierna. Afuera, el bullicio de la colonia: cláxones lejanos, risas de chavos en la bici, el olor a elotes asados de la esquina. Pero mi mente estaba en otra. Hacía semanas que no me echaba un clavado decente, desde que mi ex, ese pendejo, se fue a Guadalajara por un jale. Y ahora, este texto me tenía imaginando manos fuertes apretándome las nalgas, lenguas expertas lamiendo mis pliegues húmedos.

I tried so hard traducción, pensé, mordiéndome el labio. Lo intenté tan duro para no tocarme ahora mismo.

Justo entonces, un golpe en la puerta. Me levanté de un brinco, acomodándome el short de algodón que se me había subido hasta las cachetes. Abrí y ahí estaba Diego, mi vecino del depa de al lado, con su playera ajustada marcando los pectorales tatuados y unos jeans que dejaban poco a la imaginación. Treinta años, regio pero radicado en la CDMX por trabajo en una cervecería craft. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, y olí su colonia amaderada, como cedro fresco mezclado con sudor varonil.

—Órale, Ana, ¿todo bien? Oí ruidos raros, como si estuvieras peleando con la compu —dijo con esa sonrisa pícara, su voz grave retumbando en mi pecho.

—Psss, nomás traduciendo un chorro de porquerías calientes —le contesté, riendo nerviosa, sintiendo mis pezones endurecerse contra la blusa ligera.

Lo invité a pasar por un café, neta que necesitaba distraerme. Nos sentamos en el sofá de piel sintética, que crujió bajo su peso. Hablamos de la vida, de cómo la ciudad te chinga pero también te da chance de ligues chidos. Él se acercó, su muslo rozando el mío, y el calor de su cuerpo me erizó la piel. Olía a hombre de verdad, a testosterona pura.

La plática derivó al inglés. —Oye, enséñame una frase sexy que estés traduciendo —me pidió, su mano posándose casual en mi rodilla.

Le mostré la pantalla. I tried so hard. —Traducción: Lo intenté tan duro —le dije, mi voz bajita, cargada de doble sentido.

Sus ojos se oscurecieron. —¿Tan duro? Suena a que alguien se está conteniendo mucho...

Ahí empezó todo. Su mano subió por mi muslo, suave pero firme, y yo no me quité. El deseo me latía en las venas como tambores de cumbia rebajada.

Nos besamos como posesos. Sus labios carnosos devoraban los míos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y cerveza artesanal. Gemí contra él, mis manos enredándose en su cabello negro ondulado, oliendo a shampoo de romero. Me levantó en brazos como si no pesara nada, mis piernas envolviéndolo por la cintura, sintiendo su verga ya dura presionando contra mi panocha a través de la tela.

Chíngame, Diego, lo intenté tan duro para no caer en esto —murmuré, mientras me llevaba a la recámara.

La cama king size nos recibió con sábanas de algodón egipcio frescas al tacto. Me quitó la blusa de un tirón, sus manos callosas masajeando mis tetas medianas pero firmes, pellizcando los pezones hasta que grité de placer. Bajó la cabeza, chupándolos con hambre, el sonido húmedo de su boca llenando la habitación junto con mis jadeos. Olía a mi excitación, ese almizcle dulce que se escapaba de mis bragas empapadas.

I tried so hard, traducción en mi mente: para no correrme ya, cabrón.

Le desabroché los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, latiendo en mi palma. Era perfecta, con el glande rosado brillando de precum. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su salado almizclado, mientras él gruñía "¡Qué rico, pinche diosa!" Sus bolas pesadas rozaban mi barbilla, suaves y calientes.

Me volteó boca abajo, arrancándome el short y las tangas. Su aliento caliente en mis nalgas, separándolas para lamer mi ano y luego mi clítoris hinchado. ¡Ay, wey! Sentí su lengua plana lamiendo mis labios mayores, chupando el néctar que brotaba de mí como miel caliente. Mis caderas se movían solas, restregándome contra su cara barbuda que raspaba delicioso. El cuarto olía a sexo puro, a sudor y fluidos mezclados con el jazmín de mi vela encendida.

—No aguanto más —jadeó él, poniéndose un condón con manos temblorosas.

Me penetró de rodillas, lento al principio, su verga estirándome hasta el fondo. ¡Qué chingón! Cada embestida era un plaf-plaf húmedo, sus bolas golpeando mi clítoris. Agarré las sábanas, arqueando la espalda, mientras él me jalaba el pelo suave, susurrando "Te sientes tan apretada, tan mojada para mí". Sudábamos juntos, piel resbalosa chocando, pulsos acelerados sincronizados.

El clímax se acercaba como tormenta. Cambiamos a misionero, mis piernas en sus hombros, él clavándome profundo. Veía sus músculos contraerse, oía sus gemidos roncos, sentía cada vena de su polla frotando mi punto G. Lo intenté tan duro, pensé, para prolongar este paraíso, pero mi coño se contrajo en espasmos, ordeñándolo mientras gritaba su nombre. Él se vino segundos después, rugiendo, su cuerpo temblando sobre el mío.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su peso reconfortante, el olor de nuestro amor líquido impregnando todo. Besos suaves en mi cuello, caricias perezosas en mi vientre plano.

—Neta, Ana, i tried so hard para no comerte desde el primer día que te vi —dijo riendo bajito.

Traducción: lo intenté tan duro, y mira nomás el desmadre que armamos —le contesté, acurrucándome en su pecho.

El sol se ponía afuera, tiñendo la habitación de naranja. Sabía que esto era el principio de algo chido, empoderador, puro fuego consensual. Me sentía reina, satisfecha hasta los huesos, con el cuerpo zumbando de placer residual. Diego era mi recompensa por tanta lucha interna. Y mientras nos dormíamos, su verga semi-dura aún rozándome el muslo, sonreí pensando en la traducción perfecta de la vida: disfrútala sin frenos.

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