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El Tricolor Pembroke Welsh Corgi que Enciende Pasiones

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El Tricolor Pembroke Welsh Corgi que Enciende Pasiones

Estaba en el parque Chapultepec un domingo soleado de esos que te hacen sentir viva neta. Mi tricolor Pembroke Welsh Corgi, Rufi, correteaba por el pasto con sus patitas cortas moviéndose como loco, su pelaje blanco negro y café brillando bajo el sol. Ese perrito chiquito con orejitas puntiagudas y cola en forma de sable siempre atraía miradas. Yo, Ana, de treinta y tantos, con mi falda ligera ondeando al viento y el escote de mi blusa dejando ver justo lo necesario, lo seguía con la correa suelta. Olía a tierra húmeda y a hot dogs de los vendedores ambulantes, un aroma que me ponía de buen humor.

De repente, Rufi se lanza hacia otro perro igualito, un tri color Pembroke Welsh Corgi macho juguetón. Detrás viene él: alto, moreno, con ojos cafés profundos y una sonrisa que te derrite como chocolate en el calor. Órale, qué tipo tan guapo, pensé, mientras mi corazón daba un brinco. Se agacha a acariciar a Rufi, sus manos grandes y fuertes rozando el pelaje suave del mío. El sonido de las risas de los niños jugando y los ladridos alegres llenaba el aire.

"¡Ey, qué lindo tu corgi! El mío es igualito, mira nomás este tricolor", dice él con voz grave y un acento chilango que me eriza la piel. Se llama Marco, trabaja en diseño gráfico, soltero y con un cuerpo que se nota bajo esa playera ajustada. Hablamos de razas, de lo traviesos que son estos Pembroke Welsh Corgis tricolores, de cómo sus colas se menean cuando están felices. Siento su mirada bajando por mi cuello, deteniéndose en mis pechos que suben y bajan con la risa. El sol calienta mi piel, y un cosquilleo empieza en mi vientre.

"¿Quieres que vayamos por un café? Los perros se llevan chido, como si fueran carnales", me suelta, y yo asiento, sintiendo ya el calor subiendo por mis muslos.

Nos sentamos en una terraza cercana, con Rufi y su corgi, al que llama Max, echados a nuestros pies. El vapor del café mexicano humea, oliendo a canela y chocolate. Marco roza mi rodilla "sin querer" al cruzar las piernas, y esa chispa eléctrica me hace morder el labio. Hablamos de todo: de lo padre que es vivir en la Roma, de antojos nocturnos, de cómo un perro puede cambiarte la vida. Sus ojos me devoran, y yo siento mi centro humedeciéndose, imaginando esas manos en mi cuerpo.

"Neta, tu corgi es precioso, pero tú... tú eres un bombón", me dice bajito, su aliento cálido cerca de mi oreja. Me río, juguetona: "Pendejo, ¿así ligas con todas?" Pero mi mano ya está en su muslo, sintiendo el músculo firme bajo el pantalón. La tensión crece como tormenta en el DF, el ruido de la ciudad un fondo perfecto para nuestros susurros.

Acto seguido, lo invito a mi depa en la Condesa, a solo unas cuadras. "Vamos a ver si estos tri color Pembroke Welsh Corgis se llevan tan bien adentro como afuera". En el elevador, ya no aguantamos: sus labios en mi cuello, mi cuerpo pegado al suyo, oliendo su colonia fresca mezclada con sudor masculino. Mis pezones se endurecen contra su pecho, y gimo bajito cuando su mano aprieta mi nalga.

Entramos, los perros corren a su rincón con juguetes, ajenos a todo. Cierro la puerta y lo empujo contra la pared del pasillo. ¡Qué rico huele, qué ganas de probarlo! Nuestras bocas se encuentran en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a café y deseo. Le quito la playera, mis uñas arañando su espalda tatuada, sintiendo la piel caliente y suave. Él desabrocha mi blusa, exponiendo mis tetas llenas, y las chupa con hambre, mordisqueando los pezones hasta que jadeo.

El aire se llena del aroma almizclado de nuestra excitación, mezclado con el leve olor a perro limpio de la sala. Lo arrastro al sofá, me arrodillo y bajo su zipper. Su verga sale dura, gruesa, venosa, palpitando. La lamo desde la base, saboreando la sal de su piel, mientras él gime "¡Carajo, Ana, qué chingona!". La chupo profunda, mi saliva resbalando, sus caderas moviéndose al ritmo de mi boca. El sonido húmedo y sus gruñidos me encienden más, mi panocha chorreando.

Me levanta como pluma, me echa en la cama king size. Me quita la falda y las tangas de encaje, abriendo mis piernas. "Mírate, toda mojada por mí, wey". Su lengua ataca mi clítoris, lamiendo lento al principio, luego rápido, chupando mis labios hinchados. Siento cada roce como fuego, mis jugos cubriendo su barbilla. Grito "¡Sí, así, no pares!", mis manos en su pelo, caderas arqueándose. El olor de mi arousal es intenso, embriagador.

Pero quiero más. Lo monto, guiando su pija a mi entrada resbaladiza. Despacio, me hundo en él, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estira, me llena. ¡Qué chingón se siente, tan grueso, tocando todos mis puntos! Empiezo a cabalgar, tetas rebotando, sudor perlando mi piel. Él agarra mis caderas, embistiéndome desde abajo, piel contra piel chapoteando. El colchón cruje, nuestros jadeos llenan la habitación, y desde la sala oigo los perros jugando, un ladrido ocasional como banda sonora.

Cambio de posición: él atrás, en cuatro, su pecho contra mi espalda. Me penetra profundo, una mano en mi clítoris frotando círculos, la otra pellizcando mis pezones. "¡Te vas a venir conmigo, pinche rica!", gruñe. La tensión sube, mis músculos se aprietan alrededor de su verga, olas de placer construyéndose. Huelo nuestro sexo, siento el slap slap de sus bolas contra mí, el calor de su aliento en mi nuca.

Exploto primero, un orgasmo que me sacude entera, gritando su nombre mientras mi coño palpita, exprimiéndolo. Él sigue unas embestidas más y se corre dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando contra el mío. Nos derrumbamos, sudorosos, entrelazados, pulsos latiendo al unísono.

Después, en la afterglow, fumamos un cigarro en la terraza, los tri color Pembroke Welsh Corgis durmiendo a nuestros pies. El cielo del DF se tiñe de naranja, el tráfico un murmullo lejano. Marco me besa la frente: "Eso fue épico, Ana. ¿Repetimos?" Yo sonrío, sintiendo su mano en mi muslo otra vez.

Neta, quién iba a decir que un corgi tricolor me traería esto. La vida es un desmadre chido.

Nos quedamos así, planeando la próxima salida con los perros, pero sabiendo que la verdadera aventura apenas empieza. Mi cuerpo aún vibra con el eco del placer, piel sensible al roce del viento, y en mi mente, el recuerdo de su sabor, su fuerza, su entrega total.

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