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Smashing Pumpkins Try Try Try de Placer Prohibido

6020 palabras

Smashing Pumpkins Try Try Try de Placer Prohibido

La noche en el Palacio de los Deportes estaba que ardía, wey. Las luces estroboscópicas parpadeaban como chispas en mi piel sudada, y el riff de guitarra de Smashing Pumpkins me retumbaba en el pecho. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, había llegado sola porque mis amigas se rajaron a última hora. Neta, qué chido estar ahí, sintiendo la vibración del bajo subiéndome por las piernas hasta el ombligo. El olor a cerveza derramada y sudor colectivo me mareaba un poco, pero de la buena manera, esa que te pone a mil.

Ahí lo vi, entre la multitud apiñada. Alto, moreno, con una playera negra ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans rotos que dejaban ver sus muslos firmes. Se movía al ritmo de Bullet with Butterfly Wings, gritando el coro con los ojos cerrados. Nuestras miradas se cruzaron justo cuando Billy Corgan soltó ese grito rasposo. Sonrió, esa sonrisa pícara que dice te voy a comer con los ojos. Me acerqué bailando, rozando mi cadera contra la suya accidentalmente. O no tan accidental.

¿Qué pedo, guapa? ¿Vienes a rockear o a buscar problemas?

Su voz grave me erizó la piel, oliendo a colonia barata mezclada con el humo de los porros lejanos. "Un poco de las dos, carnal", le contesté, mordiéndome el labio. Se llamaba Marco, chilango como yo, tatuador de profesión. Hablamos a gritos sobre la banda, cómo Smashing Pumpkins nos había marcado la adolescencia. La tensión crecía con cada canción; su mano rozaba mi cintura, mi nalga accidentalmente. Sentía mi panocha humedeciéndose bajo el short de mezclilla, el calor subiendo como lava.

Al final del concierto, cuando tocaron Try Try Try, nos besamos por primera vez. Sus labios ásperos sabían a chela y tabaco, su lengua invadiendo mi boca con hambre. "Try try try", murmuró contra mi cuello, riendo bajito. Mi corazón latía desbocado, el pulso acelerado chocando con el suyo. Salimos tomados de la mano, el aire fresco de la noche CDMX golpeándonos como un bálsamo. Tomamos un taxi a su depa en la Condesa, un lugar chido con balcón y vistas a los árboles.

En el elevador, ya no aguantamos. Me acorraló contra la pared, sus manos grandes amasando mis tetas por encima de la blusa. Gemí bajito, sintiendo sus dedos pellizcando mis pezones endurecidos. "Neta, no sabes las ganas que te tengo desde que te vi", ronroneó, su aliento caliente en mi oreja. Yo solo atiné a apretar su verga dura contra los pantalones, sintiendo su grosor palpitante. Esto va a estar cabrón, pensé, mientras entrábamos a su cuarto.

Acto dos, la cosa se puso intensa. La habitación olía a incienso de sándalo y a su aroma masculino, ese que te hace agua la boca. Me quitó la ropa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mi clavícula, lengua lamiendo el sudor salado de mis pechos. Me tendí en la cama king size, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Marco se desnudó, revelando un cuerpo esculpido por horas en el gym: abdomen marcado, verga erguida como un mástil, venosa y lista.

Quiero probarte toda la noche, Ana. Try try try hasta que grites.

Sus palabras me prendieron fuego. Bajó la cabeza entre mis muslos, inhalando mi aroma almizclado de excitación. Su lengua experta rozó mi clítoris hinchado, chupando suave al principio, luego con más hambre. Sentía cada lamida como electricidad, mis caderas arqueándose solas. "¡Ay, wey, qué rico!", jadeé, enredando mis dedos en su cabello negro revuelto. Me corrió la primera vez así, con dos dedos curvados adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. El orgasmo me sacudió, jugos calientes brotando, su boca bebiéndome toda.

Pero no paró. Se subió encima, frotando su verga contra mi entrada resbaladiza. "Try try try", repetí yo, guiándolo adentro. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Su grosor me llenaba, el roce de su piel contra la mía enviando chispas. Empezó a moverse, lento, profundo, nuestros gemidos mezclándose con el tráfico lejano de la avenida. Sudábamos juntos, cuerpos pegajosos chocando con palmadas húmedas. Lo monté después, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando, sus manos apretando mi culo redondo.

La tensión subía, interna y externa. ¿Cuántas veces más podemos intentarlo?, me preguntaba en mi mente nublada por el placer. Cambiamos posiciones: él de rodillas detrás, embistiéndome duro mientras lamía mi cuello. El sonido de carne contra carne, olfateando su sudor salobre, probando el mío en sus besos. Intentamos anal, lubricados con saliva y mi propia humedad; al principio dolió un poco, pero el placer lo venció. "¡Sí, chíngame así, pendejo!", grité, empoderada, controlando el ritmo. Cada try era mejor, más intenso, construyendo una ola imparable.

En el clímax, todo explotó. Su verga hinchándose dentro de mí, mis paredes contrayéndose en espasmos. "¡Me vengo, Ana! Try try try forever!", rugió, llenándome con chorros calientes que sentí resbalar por mis muslos. Yo llegué al mismo tiempo, un orgasmo brutal que me dejó temblando, uñas clavadas en su espalda, grito ahogado en su hombro. Colapsamos, jadeantes, pieles pegadas en un charco de fluidos.

El afterglow fue puro paraíso. Yacíamos enredados, el ventilador zumbando suave sobre nosotros, enfriando el aire cargado de sexo. Su dedo trazaba círculos en mi vientre, besos perezosos en mi sien. "Neta, eso fue épico. Como Smashing Pumpkins en su mejor noche", murmuró. Reí bajito, oliendo nuestro aroma mezclado, sintiendo su semen goteando lento.

Try try try otra vez mañana?
Le pregunté, juguetona. Él sonrió, asintiendo. La noche nos envolvió en calma, con promesas de más intentos, más placeres por descubrir. En ese momento, supe que esto era más que un polvo; era conexión, fuego que no se apaga fácil.

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