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Encuentro Ardiente con el Cantante del Tri

5964 palabras

Encuentro Ardiente con el Cantante del Tri

El Palacio de los Deportes vibraba con el rugido de la multitud. El olor a sudor mezclado con humo de cigarro y chelas derramadas llenaba el aire caliente de la noche mexicana. Yo, Ana, una morra de veintiocho pirulos que se sabía de memoria cada rola de El Tri, estaba en primera fila, pegada a la reja como si mi vida dependiera de ello. El cantante del Tri, con su voz ronca que te erizaba la piel, soltaba "Abuso Autoridad" y el pinche público se volvía loco. Sus ojos, bajo el sombrero vaquero, barrieron la gente y se clavaron en mí. Neta, sentí un cosquilleo en el estómago, como si me hubiera visto de verdad.

Al final del concierto, cuando los cuates ya coreaban el encore, un cuate del staff se acercó con una sonrisa pícara. "

Órale, carnala, el jefe te quiere atrás
", me dijo, pasándome una pulsera VIP. Mi corazón latía como tambor de rock. ¿El cantante del Tri? ¿A huevo? Subí las escaleras del backstage con las piernas temblorosas, el eco de las guitarras aún retumbando en mis oídos. El pasillo olía a cuero viejo y tequila añejo. Ahí estaba él, recargado en la pared, con una chela en la mano, sudado y con esa barba canosa que lo hacía ver como un diablo sexy.

"

Qué onda, morra. Te vi allá adelante, brincando como si fueras parte de la banda
", me soltó con esa voz que me ponía la piel chinita. Me reí nerviosa, sintiendo el calor subir por mi cuello. "
Neta, carnal, tus rolas me prenden hasta el alma
", le contesté, tratando de sonar cool. Platicamos un rato, de la vida, del rock, de cómo la ciudad te chinga pero la música te salva. Él pedía chelas y me ofrecía tragos, su mano rozando la mía al pasarme la botella fría. Ese toque fue eléctrico, como un riff de guitarra directo en mi entrepierna. Lo miré a los ojos, oscuros y llenos de historias, y supe que la noche no iba a acabar ahí.

Salimos del recinto en su camioneta negra, el viento de la CDMX azotándonos la cara por la ventana abierta. Íbamos al hotel donde se hospedaba, un lugar chido en Polanco con vistas al skyline. En el camino, su mano cayó casual en mi muslo, subiendo despacito por mi falda corta. "

¿Estás segura, reina?
", murmuró, su aliento con sabor a cerveza y tabaco rozando mi oreja. "
Pinche sí, carnal. Llevo años soñando con esto
", le respondí, mi voz ronca de deseo. El tráfico de la noche nos daba tiempo, y sus dedos jugaban con el borde de mis calzones, haciendo que mi chucha se humedeciera como nunca. Olía a su colonia fuerte, mezclada con el sudor del show, y yo solo quería devorarlo.

En la suite, las luces tenues pintaban su piel morena de dorado. Se quitó la camisa, revelando un pecho peludo y marcado por años de giras. Lo empujé contra la cama king size, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Nuestros labios se chocaron en un beso salvaje, su lengua invasora saboreando a tequila y pasión. Gemí contra su boca, mis manos explorando sus músculos duros, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo mi palma. "

Eres una chingona, morra
", gruñó, mientras me quitaba la blusa, sus dientes rozando mi cuello, enviando chispas por mi espina.

Me recostó despacio, sus ojos devorándome como si fuera su próxima rola. Bajó por mi cuerpo, besando cada centímetro: el valle entre mis tetas, el ombligo, hasta llegar a mis muslos temblorosos. El aire se llenó del aroma almizclado de mi excitación. "

Qué rica hueles, como a mujer en celo
", dijo, antes de separar mis piernas y hundir la cara en mi coño. Su lengua experta lamía mi clítoris con ritmo de blues, chupando y succionando hasta que arqueé la espalda, mis uñas clavándose en las sábanas. El sonido húmedo de su boca me volvía loca, mezclado con mis jadeos y sus gruñidos roncos. "¡No pares, pendejo!", pensé, mientras ondas de placer me recorrían como un solo de guitarra.

Pero quería más. Lo volteé, montándome a horcajadas sobre él. Su verga dura, gruesa y venosa, palpitaba contra mi mano. La acaricié despacio, sintiendo la piel suave sobre el acero, el precum salado en mi lengua cuando la probé. Él jadeaba, "

Chíngame ya, reina
", suplicando con voz quebrada. Me hundí en él centímetro a centímetro, mi chucha apretándolo como guante, el estirón delicioso me arrancó un grito. Cabalgaba con furia, mis caderas girando, tetas rebotando al ritmo de nuestros cuerpos chocando. El slap slap de piel contra piel, el olor a sexo crudo, el sudor resbalando por su pecho... todo era puro fuego.

Él tomó control, volteándome de perrito, sus manos grandes agarrando mis nalgas. Entró profundo, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas. "

¡Así, carnal, más fuerte!
", le rogaba, mi voz ahogada en la almohada. Sus embestidas eran como su voz en concierto: potentes, imparables. Sentía su verga hincharse dentro de mí, mis paredes contrayéndose en espasmos. El clímax nos golpeó juntos; yo exploté primero, un orgasmo que me dejó temblando, chorros de placer empapando las sábanas. Él gruñó como bestia, llenándome con su leche caliente, su cuerpo colapsando sobre el mío.

Nos quedamos así, enredados, el cuarto oliendo a nosotros, a victoria rockera. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos. "

Eres inolvidable, morra. Como una rola que no se te quita de la cabeza
", murmuró, besando mi hombro. Yo sonreí, el corazón aún acelerado, sintiendo su calor envolviéndome. Afuera, la ciudad seguía su caos, pero adentro, en esa burbuja de afterglow, todo era perfecto. Sabía que al amanecer se iría de gira, pero esa noche, con el cantante del Tri, había sido mía. Un recuerdo que me prendería por siempre, como el primer acorde de "Triste Canción de Amor".

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