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El Trío a Mi Esposa

7234 palabras

El Trío a Mi Esposa

La noche en nuestra casa de Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso de mayo en la Ciudad de México. Ana, mi esposa, se movía por la sala con ese vestido rojo ceñido que le marcaba las curvas como si fuera una segunda piel. Hacía diez años que nos casamos y todavía me ponía la verga dura con solo verla. Olía a su perfume de jazmín mezclado con el tequila reposado que acababa de servir en los vasos.

¿Por qué no le proponemos a Marco?, pensé mientras la veía reír con ese carnal nuestro, el compa de la uni que siempre había sido guapo y atlético. Marco estaba recargado en el sofá, con su camisa blanca desabotonada mostrando el pecho moreno y tatuado. Habíamos platicado antes, Ana y yo, de fantasías. Ella confesó una noche, con la cabeza en mi regazo, que soñaba con un trío a la esposa, con ser el centro de dos hombres que la adoraran. Yo, pendejo enamorado, me prendí al tiro. Era chido, excitante, algo nuestro para avivar la chispa.

—Órale, Ana, estás cañona esta noche —dijo Marco, alzando su vaso—. Salud por los viejos amigos.

Ella se sonrojó, pero sus ojos brillaban con picardía. Se sentó entre nosotros, su muslo rozando el mío, cálido y suave bajo la tela. El aire se sentía espeso, con el sonido lejano de los coches en Reforma y la música de fondo, un corrido tumbado que ponía ambiente. Sentí mi pulso acelerarse cuando Ana puso su mano en la pierna de Marco, juguetona.

—Sabes, Marco, mi viejo y yo hemos estado pensando en algo... loco —murmuró ella, su voz ronca como miel caliente.

Yo tragué saliva, el corazón latiéndome en los oídos.

¿Y si se arrepiente? ¿Y si todo sale al carajo?
Pero su mirada me dijo que no, que estaba lista. Marco nos miró, cejas alzadas, pero con una sonrisa que delataba su interés.

—Díganme, carnales. ¿Qué traen en mente?

Ana se inclinó, sus tetas generosas presionando contra el escote. —Un trío a la esposa. Tú, yo y él. ¿Te late?

Acto uno cerrado. La tensión crecía como el calor en el pecho.

Marco no tardó en asentir, sus ojos devorando a Ana. Nos levantamos, los tres, y subimos las escaleras hacia el cuarto principal. El pasillo olía a velas de vainilla que Ana había encendido antes. En la recámara, la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio, suaves al tacto. Ana se paró en medio, girando despacio, como una diosa mexicana en ofrenda.

Yo me acerqué por detrás, besándole el cuello, saboreando el salado de su piel sudada. Mis manos subieron por sus caderas, apretando esa nalga firme que tanto amaba. Marco se aproximó por delante, capturando sus labios en un beso profundo. Escuché el chasquido húmedo de sus lenguas, el jadeo ahogado de Ana. Qué chingón ver a mi vieja así, entregada, pensé, mi verga ya tiesa contra su espalda.

—Quítensela —susurró ella, rompiendo el beso.

Entre los dos, le bajamos el vestido. Sus pezones oscuros se erizaron al aire fresco del ventilador de techo, que zumbaba suave. Marco gimió al ver sus chichis perfectos, redondos y pesados. Yo le desabroché el brasier, liberándolos, y los tres nos besamos en un enredo de bocas y lenguas. Sabían a tequila y deseo, un sabor dulce y picante que me volvía loco.

Ana se arrodilló, juguetona, desabrochando mi pantalón y el de Marco. Nuestras vergas saltaron libres, gruesas y venosas. La suya era más larga, la mía más gruesa; ella las miró con hambre, lamiéndose los labios carnosos. —Mmm, mis dos machos —dijo con esa voz de nena picosita.

Primero me chupó a mí, su boca caliente envolviéndome, la lengua girando en la cabeza sensible. El sonido era obsceno, succiones húmedas que llenaban la habitación. Marco se pajeaba viéndola, su mano subiendo y bajando. Luego cambió, mamando a Marco con la misma devoción, mientras yo le metía los dedos en la panocha empapada. Estaba chorreando, resbalosa, oliendo a mujer en celo, ese aroma almizclado que me ponía la piel de gallina.

La tensión subía, mis huevos apretados.

Esto es lo que queríamos, carajo. Puro fuego.
Ana gemía alrededor de la verga de Marco, vibraciones que lo hacían gruñir como animal.

La subimos a la cama. Ana se puso a cuatro patas, ofreciéndose. Marco se colocó atrás, frotando su pija en su raja húmeda. Yo delante, para que me la siguiera chupando. —Sí, fóllame, Marco —rogó ella, arqueando la espalda.

Él entró despacio, centímetro a centímetro, su verga desapareciendo en esa panocha prieta. Ana gritó de placer, un sonido gutural que me erizó los vellos. El slap-slap de sus cuerpos chocando empezó, rítmico, mezclado con sus jadeos. Yo le metí mi verga en la boca, follando su garganta suave. Sentía el calor de su interior, el pulso de su lengua, mientras veía cómo Marco la taladraba, sus bolas golpeando su clítoris.

Cambiábamos posiciones como en un baile chingón. Ahora yo la cogía misionero, sus piernas enredadas en mi cintura, uñas clavándose en mi espalda, dejando surcos rojos que ardían delicioso. Marco le mamaba las tetas, mordisqueando pezones, mientras ella le pajeaba la verga reluciente de sus jugos. El cuarto apestaba a sexo: sudor, semen preeyaculatorio, esa esencia cruda y adictiva.

—Más duro, pinche viejo —me pedía Ana, sus ojos vidriosos—. Quiero sentirlos a los dos.

Marco se acostó, y ella se montó encima, cabalgándolo como jinete en rodeo. Su culo rebotaba, piel contra piel, un eco hipnótico. Yo me paré atrás, escupí en su ano apretado y empujé lento. Entré, apretado como virgen, el calor me abrasó. Ana aulló, un orgasmo partiéndola en dos, su panocha contrayéndose alrededor de Marco. Qué rico, compartiéndola así, sintiendo su placer multiplicado, pensé, embistiéndola sincronizado.

Los tres sudábamos a chorros, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Sus gemidos se volvían gritos: —¡Sí, cabrón! ¡Córrete dentro! —exigía ella. El clímax nos alcanzó como ola en Acapulco. Marco se vino primero, gruñendo, llenándola de leche caliente que chorreaba. Yo seguí, explotando en su culo, chorros calientes que me vaciaron. Ana tembló entre nosotros, otro orgasmo sacudiéndola, sus paredes ordeñándonos.

Colapsamos en la cama, un enredo de miembros exhaustos. El aire olía a semen y satisfacción, el ventilador refrescando nuestra piel pegajosa. Ana besó a Marco, luego a mí, sus labios hinchados y tiernos.

—Eso fue chido, carnales —dijo Marco, riendo bajito.

Ella se acurrucó en mi pecho, su mano trazando círculos en mi abdomen.

Fue perfecto. Nos unió más, este trío a la esposa que tanto anhelaba.
Yo la abracé, oliendo su cabello revuelto, sintiendo el latido calmado de su corazón contra el mío. Marco se vistió despacio, prometiendo discreción y más noches así si queríamos.

Cuando se fue, Ana y yo nos bañamos juntos, el agua caliente lavando el sudor pero no el recuerdo. Nos amamos lento después, solo nosotros, sellando el pacto. Esa noche soñé con su sonrisa pícara, sabiendo que habíamos cruzado un umbral chingón, más unidos que nunca en nuestro pinche paraíso privado.

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