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Las Mejores Rolas del Tri en Nuestra Noche Ardiente

7066 palabras

Las Mejores Rolas del Tri en Nuestra Noche Ardiente

Era una noche cualquiera en el corazón de la Ciudad de México, de esas que empiezan con el bullicio de la calle y terminan en un antro rockero lleno de humo y sudor. Yo, Karla, había salido con mis cuates al Denise, ese lugar en la Zona Rosa donde siempre suenan las rolas más cabronas del rock mexicano. El aire olía a cerveza fría, tacos de suadero chamuscados y ese perfume barato que usan los weyes para impresionar. Las luces neón parpadeaban al ritmo de la música, y de repente, el DJ gritó por los parlantes: "¡Ahora sí, las mejores rolas del Tri pa' que se prendan!"

Abrieron con "Triste Canción de Amor", esa rola que te pega en el pecho como un puñetazo. Sentí el bajo retumbar en mis costillas, vibrando hasta mis caderas. Bailaba sola, moviendo las nalgas al compás, con mi falda corta negra que se pegaba a mis muslos por el calor. Olía mi propio sudor mezclado con el vainilla de mi loción, y el corazón me latía fuerte, no solo por la rola, sino porque lo vi a él. Alto, moreno, con una camiseta ajustada del Tri que marcaba sus pectorales y unos jeans rotos que dejaban ver un poco de piel tatuada. Me miró desde el otro lado del bar, con esa sonrisa pícara de quien sabe que la noche va pa'l carajo bueno.

¿Qué pedo con este wey? Neta, se ve chingón. Si me invita a bailar, le sigo la corriente, ¿por qué no? Hace rato que no me como un buen madrazo.

Se acercó zigzagueando entre la gente, con una cerveza en la mano. "¿Qué onda, morra? ¿Te late El Tri?" me dijo, su voz ronca compitiendo con los guitarrazos de "Piedra de Ancla". Olía a colonia fuerte, tabaco y algo más, como a hombre que ha sudado bailando. Asentí, riéndome, y le contesté: "¡Simon, wey! Las mejores rolas del Tri son pa' volverse loco. ¿Bailamos o qué?" Sus manos tocaron mis caderas al primer acorde, firmes pero suaves, guiándome en el ritmo. Sentí sus dedos calientes a través de la tela, presionando justo donde empieza el calor. El roce de su pecho contra mi espalda me erizó la piel, y el olor de su cuello, salado y masculino, me mareó un poco.

La noche escaló rápido. Pasamos de bailar pegaditos a pláticas entre rolas. "¿Cuál es tu favorita?" me preguntó mientras "Abuso" tronaba. "La de 'Niño Sin Amor', neta me cala hondo", le dije, y él rio, acercando su boca a mi oreja. "A mí 'Las Muñecas' pero en vivo, cuando Alex pone a sudar al público". Sus labios rozaron mi lóbulo, un cosquilleo eléctrico que bajó directo a mi entrepierna. El antro apestaba a cuerpos apretados, humo de cigarro y deseo crudo. Nuestras manos exploraban: la mía por su abdomen duro bajo la playera, la suya subiendo por mi muslo, deteniéndose justo antes de lo prohibido. El pulso se me aceleró, el corazón martilleando como el bombo de la rola.

Mierda, Karla, este carnal te va a volver loca. Sientes su verga dura contra tu culo, y ni siquiera lo has tocado. ¿Te vas con él? ¡Claro que sí, wey! La noche es joven y tú andas caliente.

Salimos del antro tomada de su mano, el fresco de la madrugada contrastando con el fuego en mi piel. Se llamaba Marco, vivo a unas cuadras en un depa chiquito pero chido en la Roma. Caminamos riendo, besándonos en las esquinas, sus labios gruesos sabiendo a chela y menta. "Vamos a mi casa, ponemos las mejores rolas del Tri y vemos qué pasa", murmuró, mordiéndome el cuello suave. Entramos, el lugar olía a incienso y café viejo, con posters de rockeros en las paredes. Puso el disco en el estéreo, y "Chavo de Onda" llenó el aire mientras nos quitábamos la ropa como si ardiera.

Sus manos eran puro fuego, deslizándose por mi espalda desnuda, bajando a apretar mis nalgas con fuerza juguetona. "Qué chingona estás, morra", gruñó, y yo le arañé el pecho, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas. Me tumbó en la cama, el colchón hundiéndose con nuestro peso. Su boca devoró mis tetas, la lengua girando en los pezones duros como piedras, chupando con un sonido húmedo que me hizo gemir. Olía su pelo mojado de sudor, probé la sal de su piel lamiendo su clavícula. Bajó despacio, besando mi vientre, mi ombligo, hasta llegar a mi panocha ya empapada. "Estás chorreando, wey", dijo riendo, y metí los dedos en su cabello oscuro, guiándolo.

Su lengua era mágica, lamiendo mi clítoris en círculos lentos, chupando mis labios hinchados. Sentí el calor subir, oleadas de placer que me hacían arquear la espalda. El ritmo de la rola de fondo, con su guitarra rasposa, sincronizaba con sus movimientos: rápido, lento, profundo. "¡No pares, cabrón!" jadeé, las piernas temblando. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos justo ahí, frotando ese punto que me volvía loca. El olor a sexo llenaba la habitación, almizclado y dulce, mezclado con el eco de las rolas del Tri que no paraban.

¡Dios, qué rico! Este wey sabe cómo hacerme volar. Siento mi coño apretándose, el orgasmo viene, fuerte como un solo de guitarra.

Me vine primero, gritando su nombre, el cuerpo convulsionando mientras él lamía sin piedad. Luego lo jalé arriba, besándolo con hambre, probando mi propio sabor en su boca. Su verga estaba dura como fierro, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La acaricié despacio, sintiendo la piel suave sobre el calor interno, el líquido preseminal resbaloso en mi palma. "Cógeme ya, Marco", le supliqué, abriendo las piernas. Se puso un condón rápido –qué responsable el carnal– y entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso.

El roce era perfecto, su pubis chocando contra mi clítoris con cada embestida. Sudábamos juntos, piel resbaladiza, el slap-slap de nuestros cuerpos compitiendo con "A.D.O." en el fondo. Me volteó a cuatro patas, agarrándome las caderas, metiendo profundo mientras me azotaba suave las nalgas. "¡Qué rico te sientes, Karla! Tan apretada", jadeaba. Yo empujaba hacia atrás, sintiendo cada vena, cada pulso. El olor de nuestros jugos, el sabor de su sudor cuando volteé a lamer su brazo. La tensión crecía, coiling como un resorte, hasta que explotamos juntos. Él gruñó profundo, llenándome con espasmos, y yo me deshice otra vez, el placer cegador, estrellas detrás de mis ojos.

Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas que olían a nosotros. La música seguía bajita, "Todo Meneándose" cerrando la lista de las mejores rolas del Tri. Marco me abrazó, besándome la frente. "Neta, fue chingón", murmuró. Yo sonreí, el cuerpo lánguido, el corazón pleno.

Esta noche, las rolas del Tri no solo sonaron, se grabaron en mi piel. ¿Volveremos a vernos? Wey, quién sabe, pero valió cada segundo.

Nos quedamos así, respirando sincronizados, hasta que el sueño nos venció en esa cama caliente, con el eco de la música mexicana latiendo en el fondo.

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