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Amoxicilina Tri Hidratada en Mis Venas de Placer

5786 palabras

Amoxicilina Tri Hidratada en Mis Venas de Placer

Era una tarde calurosa en la farmacia del barrio de Coyoacán, donde el aire olía a hierbas frescas y a ese perfume dulzón de las cremas corporales que vendíamos. Yo, Karla, llevaba años detrás del mostrador, con mi blusa ajustada que marcaba mis curvas y una sonrisa que desarmaba a cualquiera. Ese día entró él, Rodrigo, un tipo alto, moreno, con ojos que parecían prometer noches interminables. Venía con una receta arrugada en la mano: amoxicilina tri hidratada, 500 mg, para una infección de garganta que lo tenía ronco como un lobo herido.

Le entregué la caja, nuestros dedos se rozaron un segundo de más. Sentí un cosquilleo eléctrico subir por mi brazo, como si su piel estuviera cargada de deseo.

"Gracias, carnala. Esta garganta mía necesita algo que la calme de verdad",
me dijo con esa voz grave, juguetona, mientras me guiñaba un ojo. Reí, sintiendo el calor subir a mis mejillas. ¿Qué pendejo, Karla? Es un cliente nomás, pensé, pero mi cuerpo ya traicionaba, con el pulso acelerado y un hormigueo entre las piernas.

Al día siguiente volvió. No por la amoxicilina tri hidratada, claro que no. Dijo que necesitaba más, pero sus ojos devoraban mi escote. El local estaba vacío, solo el zumbido del refrigerador y el tráfico lejano de la avenida. Me acerqué, inclinándome sobre el mostrador para que oliera mi perfume de vainilla y jazmín.

"¿De veras necesitas otra caja, o nomás vienes a verme, guapo?"
le solté, con ese tono coqueto que usamos las chilangas cuando queremos jugar.

Rodrigo sonrió, esa sonrisa lobuna que me hizo apretar los muslos. Su olor, ay, su olor a jabón fresco mezclado con sudor masculino, me volvía loca. Se acercó más, su mano rozó mi cintura.

"La verdad, Karla, esta medicina no me cura lo que siento aquí abajo",
murmuró, bajito, mientras su aliento caliente me erizaba la piel del cuello. El deseo era palpable, como un fuego lento que empezaba a crepitar.

Acto uno: la chispa. Cerré la farmacia temprano, echando llave con manos temblorosas. Lo invité a la trastienda, donde guardábamos las cajas y el aroma a medicamentos se mezclaba con el mío, dulce y prohibido. Nos sentamos en una silla vieja, él tomó mi mano, trazando círculos suaves en mi palma. Hablamos de tonterías: el tráfico infernal, las pozas en las calles después de la lluvia, pero sus ojos decían otra cosa. Mi corazón latía como tambor en fiesta patronal. Quiero sus labios en mi piel, quiero que me haga suya ya.

Sus dedos subieron por mi brazo, lentos, deliberados. Sentí cada roce como una caricia de pluma, erizando mi vello. Me incliné, nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, probando sabores: el suyo a menta y a esa amoxicilina tri hidratada que aún rondaba en su aliento, fresco, medicinal, excitante de forma perversa. La lengua se enredó con la mía, húmeda, caliente, explorando. Gemí bajito, el sonido reverberó en el cuartito cerrado.

Acto dos: la escalada. Rodrigo me levantó en brazos como si no pesara nada, sentándome en la mesa de trabajo. Sus manos grandes desabotonaron mi blusa, revelando mis senos llenos, coronados de pezones duros como piedras preciosas.

"Eres una diosa, Karla. Mira cómo me pones",
gruñó, mientras yo palpaba la dureza en sus jeans, gruesa, pulsante bajo la tela. Olía a él intensamente ahora, a macho en celo, sudor salado y deseo crudo.

Le bajé el zipper con dientes, ansiosa. Su verga saltó libre, venosa, tiesa, con una gota perlada en la punta que lamí con deleite. Sabe a sal y a promesas de éxtasis. Él jadeó, enterrando dedos en mi cabello. Me chupó los pezones, succionando fuerte, tirando con los dientes hasta que grité de placer-dolor. Mis bragas estaban empapadas, el olor a mi excitación flotaba en el aire, almizclado, invitador.

Lo empujé contra la pared, montándolo como amazona. Su polla entró en mí de un solo golpe, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! El estiramiento ardía delicioso, cada vena frotando mis paredes internas. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada centímetro deslizarse dentro y fuera, húmedo de mis jugos. El sonido era obsceno: chapoteos rítmicos, piel contra piel, mis gemidos y sus gruñidos roncos por la garganta aún sensible.

Acabamos de pie, él embistiéndome contra la mesa, fuerte, profundo. Sudor corría por su pecho moreno, yo lo lamía, salado en mi lengua. Esto es vida, esto es México: pasión sin frenos, cuerpos enredados como en las telenovelas pero reales. La tensión crecía, mis uñas en su espalda, sus manos amasando mi culo.

"Ven, mi reina, córrete conmigo",
me ordenó, y obedecí. El orgasmo me golpeó como tormenta en el desierto, olas de placer convulsionando mi cuerpo, mi coño apretándolo en espasmos. Él se derramó dentro, caliente, abundante, marcándome como suyo.

Acto tres: el resplandor. Nos desplomamos en el suelo, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Olía a sexo, a nosotros, a amoxicilina tri hidratada olvidada en la mesa. Reímos bajito, cómplices.

"¿Volverás por más medicina, Rodrigo?"
le pregunté, trazando su espalda con uñas suaves.

Sí, volverá. Y yo esperaré, con el cuerpo encendido, lista para otra dosis de este placer hidratado. La noche caía sobre Coyoacán, luces tenues filtrándose por la ventana, mientras nos vestíamos despacio, besándonos perezosos. Mañana abriría la farmacia con una sonrisa secreta, sabiendo que la verdadera cura estaba en sus brazos.

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