Lo Mejor del Trío de Alex Lora
La noche caía chida sobre el depa en la Roma, con las luces de la ciudad filtrándose por las cortinas semitransparentes. Yo, carnal, acababa de poner el vinilo de Lo Mejor del Tri de Alex Lora en el tocadiscos viejo que heredé de mi jefazo. El riff inicial de "Abuso de Autoridad" retumbó en los parlantes, vibrando en el piso de madera y subiendo por mis piernas. Ana, mi morra de ojos negros y curvas que te hacen babear, se recargó en mi hombro, oliendo a vainilla y tequila reposado. Lupe, su carnala inseparable, la amiga de toda la vida con tetas firmes y un culo que no mentía, soltó una carcajada ronca mientras se servía otra chela fría del refri.
Órale, esto va pa'rriba, pensé, sintiendo el calor subir desde mi entrepierna al escuchar la voz rasposa de Alex Lora tronando como un trueno. Las tres estábamos solas, celebrando el cumple de Ana, y el ambiente ya traía esa electricidad que precede a las locuras. "¡Ponte a bailar, pendejo!", gritó Lupe, jalándome del brazo. Su piel morena rozó la mía, suave como seda, y un escalofrío me recorrió la espalda. Ana se pegó por detrás, sus chichis presionando contra mi lomo, sus labios murmurando al oído: "Esta rola siempre me pone caliente, ¿sabes?". El olor a su perfume mezclado con el sudor ligero de la noche me mareó.
Empezamos a movernos al ritmo, las caderas chocando en un vaivén que no era solo baile. La guitarra eléctrica de El Tri llenaba el aire, y el humo de los cigarros electrónicos flotaba como niebla sensual. Lupe se acercó más, su mano rozando mi cintura, bajando juguetona hasta mi paquete, que ya se endurecía como fierro. "¿Sientes lo chido que suena Alex?", dijo ella, lamiéndose los labios carnosos. Ana rio, besándome el cuello, su lengua caliente dejando un rastro húmedo que sabía a sal y deseo.
¿Esto está pasando de veras? ¿Mi morra y su amiga queriendo lo mismo que yo?Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en los oídos por encima de la música.
La rola cambió a "Triste Canción de Amor", más lenta, y el ambiente se volvió espeso, cargado de promesas. Nos fuimos al sillón de piel, las tres enredándonos como gatitas en celo. Ana se sentó en mis piernas, frotando su panocha contra mi verga a través del jeans, gimiendo bajito con cada acorde rasgado de la guitarra. Lupe se arrodilló frente a nosotros, desabrochándome el cinturón con dientes, su aliento caliente sobre mi piel expuesta. "Déjame probar lo mejor del trío, carnal", susurró, y metió mi pito en su boca húmeda, chupando con hambre, la lengua girando alrededor de la cabeza mientras yo jadeaba.
El sabor de su saliva me volvía loco, salado y dulce, mientras Ana me quitaba la playera, lamiendo mis pezones duros. Su piel olía a jazmín sudado, y sus uñas arañaban mi pecho dejando surcos rojos de placer. No mames, esto es lo máximo, pensé, agarrando el cabello de Lupe para hundirla más profundo. La música seguía, ahora "Piedras Rodantes", con ese solo de guitarra que imitaba gemidos. Cambiamos posiciones: Ana se desnudó primero, sus tetas rebotando libres, pezones oscuros erectos como balas. Se recostó, abriendo las piernas, su concha rosada brillando de jugos, invitándonos.
Lupe y yo nos lanzamos sobre ella como lobos. Yo lamí su clítoris hinchado, saboreando su miel agria y adictiva, mientras Lupe le chupaba las tetazas, mordisqueando suave. Ana arqueó la espalda, gritando: "¡Sí, weyes, así! ¡Lo mejor del Tri nos pone así de locos!". Sus muslos temblaban alrededor de mi cabeza, el olor almizclado de su arousal llenando mis pulmones. Lupe se quitó la falda, revelando su culo redondo y depilado, y se sentó en la cara de Ana, quien la devoró con lengua experta. Yo me posicioné detrás de Lupe, frotando mi verga dura contra su raja mojada, sintiendo el calor pulsante de su interior.
El clímax se acercaba con la siguiente rola, "Las Piedras Rodantes del Amor" o algo así, pero ya no importaba el título; era puro fuego rockero. Empujé despacio en Lupe, su coño apretado envolviéndome como guante caliente, cada centímetro un éxtasis de fricción. Ella gemía en la boca de Ana, moviendo las nalgas contra mí, chapoteando jugos. Ana se masturbaba viéndonos, sus dedos hundiéndose en su panocha chorreante. "Cámbiame, amor", suplicó, y nos reacomodamos en la alfombra gruesa.
Ahora Ana encima de mí, cabalgándome con furia, su concha tragándome entero, contrayéndose en espasmos. Lupe se pegó a su espalda, frotando su clítoris contra el culo de Ana mientras me besaba, nuestras lenguas enredadas en un beso salvaje que sabía a sudor y concha. El sonido de carne contra carne se mezclaba con los gritos de Alex Lora, el vinilo girando sin parar. Sudor corría por nuestras pieles, goteando salado en bocas abiertas. Sentí mis bolas apretarse, el orgasmo subiendo como lava.
"¡Me vengo, cabrones!", rugí primero, explotando dentro de Ana, chorros calientes llenándola mientras ella chillaba, su coño ordeñándome hasta la última gota. Lupe se unió segundos después, frotándose contra nosotros hasta que su cuerpo convulsionó, squirtando jugos tibios sobre mi vientre. Ana colapsó sobre mí, las tres en un enredo jadeante, el pecho subiendo y bajando al ritmo menguante de la música. El disco terminó con un fade out, dejando solo nuestros respiros y el aroma pesado de sexo en el aire: esperma, sudor, perfume revuelto.
Nos quedamos así un rato, acariciándonos perezosos. Lupe trazó círculos en mi pecho con uña roja. "Eso fue lo mejor del Tri de Alex Lora, ¿no? La música y nosotros", dijo riendo bajito. Ana besó mi hombro, su voz ronca: "Nunca lo olvides, mi rey. Esto se repite". Me sentí completo, poderoso, envuelto en sus cuerpos suaves. La ciudad zumbaba afuera, pero adentro, en ese depa, habíamos creado nuestro propio himno rockero de placer.
Chido saber que lo mejor siempre puede mejorar, pensé, mientras el sueño nos vencía en un abrazo trío perfecto.