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El Masaje Prohibido con TriEase doTERRA

7321 palabras

El Masaje Prohibido con TriEase doTERRA

El sol de la tarde en Puerto Vallarta caía suave sobre la terraza de tu suite en el resort, pintando todo de un naranja cálido que se colaba por las cortinas de lino. Habías llegado esa mañana con él, tu amor de años, ese moreno alto con ojos que te desnudaban con solo una mirada. Se llamaba Diego, y juntos habían escapado de la rutina de la Ciudad de México para un fin de semana de puro relax. En la mesita de noche, brillaba el frasquito de TriEase doTERRA, ese aceite esencial que trajiste de casa, con su mezcla de lavanda, menta y limón que prometía calmar los nervios y avivar los sentidos.

—Wey, ¿por qué traes eso? —te preguntó Diego mientras se quitaba la camisa, dejando ver su pecho marcado por el gym, con ese vello oscuro que te volvía loca.

Tú sonreíste, sintiendo ya el cosquilleo en el estómago.

Órale, este wey no sabe lo que le espera. Este TriEase doTERRA no es solo para el estrés del avión, es mi arma secreta para encenderlo.
Le explicaste que era para un masaje, que lo relajaría después del viaje. Él se rio, ese sonido grave que te erizaba la piel.

—Está bien, mija, hazme lo que quieras —dijo, tumbándose boca abajo en la cama king size, con vista al mar turquesa rompiendo en la playa abajo.

El aire olía a sal y coco de las palmeras, mezclado con el leve aroma cítrico que desprendió el frasco al abrirlo. Tus dedos temblaron un poquito de anticipación mientras vertías unas gotas en la palma. El aceite era tibio, resbaloso, con un perfume fresco que te invadió las fosas nasales, prometiendo algo más que relax.

Tus manos tocaron su espalda primero, suaves, presionando los hombros anchos donde cargaba toda la tensión del mundo. La piel de Diego era caliente, suave como terciopelo bajo tus yemas, y el TriEase doTERRA se esparció como seda, haciendo que cada músculo se rindiera. Él soltó un gemido bajo, ronco, que vibró en el aire quieto de la habitación.

Chin, eso se siente chido —murmuró, su voz amortiguada por la almohada.

Tú seguiste, bajando por su espina dorsal, sintiendo cómo sus músculos se tensaban y luego cedían bajo tu toque. El olor del aceite se intensificaba con el calor de su cuerpo, la menta picante mezclándose con su sudor natural, ese aroma masculino que te hacía mojar las bragas. Tus pechos rozaban su espalda accidentalmente —o no tanto—, y sentías tus pezones endureciéndose contra la tela fina de tu bikini.

Internamente, la tensión crecía.

¿Cuánto tiempo más voy a aguantar? Quiero voltearlo ya, montarme encima y sentirlo todo.
Pero no, querías alargar el juego. Tus manos bajaron a sus glúteos firmes, amasándolos con el aceite resbaloso, y él arqueó la cadera un poco, dejando escapar un suspiro que sonó a súplica.

—Gírate, amor —le susurraste al oído, tu aliento caliente contra su nuca.

Diego obedeció, rodando con lentitud, y ahí estaba: su erección ya marcada bajo el short de baño, gruesa y palpitante. Tus ojos se clavaron en ella, y lamiste tus labios sin darte cuenta. El TriEase doTERRA goteaba ahora sobre su pecho, y lo esparciste en círculos, rozando sus pezones oscuros que se endurecieron al instante. Él te miró con esos ojos negros, llenos de hambre.

—Estás jugando con fuego, carnal —dijo, su mano subiendo por tu muslo, pero lo detuviste con una sonrisa pícara.

—Aún no, déjame cuidarte.

El masaje siguió, pero ahora era tortura deliciosa para ambos. Vertiste más aceite en su abdomen, bajando peligrosamente cerca de su miembro. Tus dedos rozaron la base accidentalmente, y él jadeó, su polla saltando bajo la tela. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el rumor lejano de las olas y el zumbido de un ventilador de techo. Tocaste su erección por fin, sobre el short, sintiendo el calor irradiando, el pulso rápido como un tambor.

—Quítatelo —ordenaste, y él lo hizo en un segundo, liberando su verga dura, venosa, con la cabeza brillando de precúm.

El TriEase doTERRA cayó directamente sobre ella, y tus manos la envolvieron, lubricándola con movimientos lentos, arriba y abajo. Diego gruñó, sus caderas embistiendo hacia tus manos. Pinche aceite mágico, pensaste, mientras el aroma fresco se volvía embriagador, mezclándose con su olor a macho excitado.

Él no aguantó más. Sus manos te jalaron hacia él, desatando tu bikini con urgencia. Tus tetas saltaron libres, pesadas y sensibles, y él las devoró con la boca, chupando un pezón mientras su mano bajaba a tu coño empapado. Sentiste sus dedos gruesos separando tus labios, resbalando en tus jugos, y gemiste alto, el placer eléctrico subiendo por tu espina.

—Estás chorreando, mi reina —dijo con voz ronca, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde te volvía loca.

Tú cabalgaste su mano, tus caderas moviéndose solas, mientras seguías masturbándolo con el aceite. El sonido era obsceno: resbaloso, húmedo, como sexo puro.

Esto es lo que necesitaba, este wey me conoce tan bien, sabe cómo hacerme volar.
La tensión subía, tus paredes contrayéndose alrededor de sus dedos, pero querías más. Lo empujaste boca arriba y te subiste encima, frotando tu clítoris hinchado contra su polla aceitada.

—Métemela ya, Diego, no aguanto —suplicaste, y él sonrió como diablo.

Con un movimiento fluido, te penetró, llenándote hasta el fondo. El estiramiento era perfecto, ardiente, y el TriEase doTERRA hacía todo resbaloso, permitiendo que te movieras rápido, profundo. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con tus gemidos y sus gruñidos. Sudabas, el aceite y el sudor goteando, oliendo a sexo y cítricos.

Te inclinaste para besarlo, saboreando su boca salada, su lengua invadiendo la tuya con hambre primitiva. Sus manos amasaban tu culo, guiando tus rebotes, mientras tú clavabas las uñas en su pecho. El orgasmo se acercaba como ola gigante, tu vientre contrayéndose, el placer acumulándose en cada embestida.

—Ven conmigo, amor —jadeó él, y eso fue todo.

Explotaste primero, tu coño apretándolo como vicio, oleadas de éxtasis sacudiéndote entera. Gritaste su nombre, viendo estrellas, el mundo reduciéndose a esa unión pulsante. Él te siguió segundos después, corriéndose dentro con un rugido gutural, su semen caliente llenándote, mezclándose con el aceite.

Colapsaste sobre él, ambos jadeando, pieles pegajosas, corazones latiendo al unísono. El aroma del TriEase doTERRA flotaba aún, ahora mezclado con el almizcle del sexo, embriagador y satisfactorio. Diego te acarició la espalda con ternura, besando tu frente sudorosa.

—Pinche masaje, wey. Ese TriEase doTERRA es lo máximo —dijo riendo bajito.

Tú levantaste la cabeza, sonriendo contra su cuello.

Esto es lo que amamos, esta conexión que va más allá de lo físico. Puerto Vallarta nos vio renacer.

El sol se ponía ahora, tiñendo la habitación de púrpura, y se quedaron así, enredados, escuchando el mar. No había prisa, solo la promesa de más noches así, con aceites mágicos y cuerpos que se conocían de memoria. El afterglow era perfecto, cálido como el abrazo eterno.

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