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Barrington Levy Trying to Ruin My Life Lyrics que encienden mi piel

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Barrington Levy Trying to Ruin My Life Lyrics que encienden mi piel

Tú estás en la playa de Playa del Carmen, el sol ya se ha escondido y la noche caribeña se siente como un abrazo caliente y pegajoso. La arena aún guarda el calor del día, y tus pies descalzos se hunden en ella con cada paso, suave como la piel de una amante. El aire huele a sal marina mezclada con el humo de las fogatas improvisadas y el aroma dulce del coco de las piñas coladas que venden en carritos rodantes. La música reggae retumba desde unos bocinas potentes montadas en un escenario improvisado, ritmos pesados que te hacen mover las caderas sin pensarlo.

De repente, suena esa rola de Barrington Levy, las lyrics de "Trying to Ruin My Life" que te llegan directo al alma. "She's trying to ruin my life", canta la voz rasposa del jamaicano, y tú sientes un escalofrío porque neta te recuerda a tu ex, ese pendejo que juraba amor eterno pero terminó jodiéndote el corazón con mentiras y promesas rotas. Pero esta noche no piensas en él. Estás aquí para olvidarlo, con un vestido ligero de tirantes que se pega a tu piel sudada, dejando ver las curvas de tus tetas y el movimiento de tus nalgas al ritmo.

Te acercas al borde de la pista de baile, improvisada con palmeras como testigos, y ahí lo ves. Un morro alto, moreno, con dreads sueltos que le caen sobre los hombros anchos. Lleva una camiseta ajustada que marca sus pectorales y unos shorts que dejan ver piernas fuertes, de las que corren olas o bailan toda la noche. Sus ojos te encuentran en la multitud, oscuros y brillantes como el mar bajo la luna, y te sonríe con esa picardía mexicana que dice "ya valió, te voy a comer con la mirada".

Órale, mamacita, ¿bailas o qué? —te grita por encima de la música, extendiendo la mano. Su voz es grave, con acento yucateco puro, ronca como el rugido de las olas.

Tú dudas un segundo, pero el ritmo te empuja. Tomas su mano, grande y callosa, áspera por el trabajo del día quizás pescando o construyendo cabañas turísticas. Sus dedos se entrelazan con los tuyos, un toque eléctrico que te sube por el brazo hasta el pecho, haciendo que tus pezones se endurezcan bajo la tela fina. Bailan pegados, su cuerpo presionando contra el tuyo, el sudor de él mezclándose con el tuyo, oliendo a hombre, a mar y a algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.

¿Qué chingados estoy haciendo? Este wey me va a volver loca, pero neta lo necesito esta noche. Que se joda el recuerdo de ese cabrón, Barrington Levy canta por mí, pero yo voy a reescribir esas lyrics con placer.

La canción termina, pero él no te suelta. Te lleva a un lado, hacia una palmera grande donde la luz de la fogata parpadea como estrellas caídas. El sonido de las olas rompiendo en la orilla es un fondo perfecto, rítmico como un corazón acelerado.

—Me llamo Diego —dice, su aliento cálido en tu oreja, oliendo a cerveza fría y menta—. Y tú, preciosa, pareces salida de un sueño caliente.

—Sofía —respondes, tu voz un susurro ronco—. Y esta noche, solo quiero sentir.

Sus labios encuentran los tuyos en un beso que empieza suave, explorando, saboreando el tequila en tu lengua y el sal en la suya. Pero pronto se pone intenso, su lengua invadiendo tu boca con hambre, manos bajando por tu espalda hasta apretar tus nalgas, levantándote un poco para que sientas su verga ya dura presionando contra tu monte de Venus. Gimes bajito, el sonido perdido en el rugido del mar, y tus uñas se clavan en sus hombros, rasgando la tela de su camiseta.

Se separan un momento, jadeando. Sus ojos te devoran, bajando por tu escote donde tus tetas suben y bajan con cada respiración agitada.

—Neta, Sofía, me traes loco. ¿Quieres venir a mi cabaña? Está cerca, nadie nos va a joder.

—Simón, wey. Llévame —dices, y el pulso te late en las sienes, en el clítoris, en todas partes.

La caminata es corta, pero eterna. Su mano en tu cintura, dedos rozando la curva de tu cadera, enviando chispas. La cabaña es rústica, de madera y palma, con una hamaca afuera y adentro una cama grande con sábanas blancas revueltas. Enciende una vela que huele a vainilla y coco, y pone música baja, otro reggae suave que vibra en el aire húmedo.

Te empuja contra la pared suavemente, sus manos levantan tu vestido, exponiendo tus piernas, tus muslos, tu panocha ya mojada y palpitante. Baja de rodillas, besando tu ombligo, lamiendo el sudor salado de tu piel, bajando hasta morder el encaje de tus calzones. Los arrastra con los dientes, y tú arqueas la espalda, el roce áspero de su barba en tus muslos internos te hace gemir fuerte.

Sus labios en mi piel, qué chingón. Olvida esas lyrics de Barrington Levy, nadie me va a arruinar la vida esta noche, solo él me va a arruinar de placer.

Su lengua encuentra tu clítoris, hinchado y sensible, lamiendo con movimientos lentos, circulares, chupando suave al principio, luego con más fuerza, metiendo un dedo dentro de ti, curvado justo ahí donde explota el fuego. Saboreas tu propio aroma en el aire, almizclado y dulce, mezclado con el de él. Tus manos enredan en sus dreads, tirando, guiándolo mientras tus caderas se mueven solas, follando su boca. Gritas "¡Sí, Diego, así, cabrón!", y él gruñe contra tu carne, vibrando hasta el fondo de ti.

No aguantas más. Lo jalas arriba, arrancas su camiseta, besas su pecho, lamiendo el sudor salado, mordiendo sus pezones oscuros y duros. Tus manos bajan a su short, lo bajas de un tirón, y su verga salta libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La agarras, dura como hierro caliente, piel suave sobre músculo rígido, y la acaricias de arriba abajo, sintiendo cómo palpita en tu palma.

—Chúpamela, Sofía —pide con voz quebrada, y tú te arrodillas, obediente y hambrienta. La metes en la boca, saboreando el gusto salado y almizclado, lengua girando alrededor de la cabeza, bajando por el tronco hasta las bolas pesadas. Él gime, manos en tu cabeza, follando tu boca despacio, profundo, hasta que tocas garganta y tragas, haciendo que él tiemble.

Te levanta, te lleva a la cama. Caes de espaldas, piernas abiertas, y él se pone encima, su peso delicioso presionándote al colchón. Frota su verga contra tu entrada mojada, resbaladiza, torturándote con roces que no penetran aún. Tus uñas en su espalda, arañando, suplicando.

—Métemela ya, pendejo —le ruegas, y él ríe bajito, embiste de un golpe, llenándote hasta el fondo. El estiramiento quema dulce, placer y un poquito de dolor que se funde en éxtasis. Empieza a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y entrando duro, golpeando ese punto dentro de ti que te hace ver estrellas. El sonido de piel contra piel, chapoteo de jugos, gemidos mezclados con el crujir de la cama y las olas lejanas.

Aceleran, sudor goteando de su frente a tus tetas, resbalando entre ellas. Él chupa una teta, mordiendo el pezón, mientras su mano baja a frotar tu clítoris en círculos rápidos. La tensión sube como una ola gigante, tu cuerpo tenso, músculos apretados, respiración entrecortada.

—Me vengo, Diego, ¡chíngame más! —gritas, y explotas, contracciones fuertes ordeñando su verga, jugos saliendo, mojando sábanas. Él gruñe, embiste unas veces más, y se corre dentro, chorros calientes llenándote, su cuerpo temblando sobre el tuyo.

Se derrumban juntos, jadeando, piel pegada por sudor, corazones latiendo al unísono. Su cabeza en tu pecho, escuchando tu latido calmarse. El aire huele a sexo, a vainilla, a nosotros. Afuera, la música sigue, pero las lyrics de Barrington Levy ahora suenan lejanas, inofensivas.

Nadie me arruina la vida esta noche. Solo la hice mía, con este wey que me dio todo. Mañana quién sabe, pero ahorita, soy libre y satisfecha.

Diego levanta la cabeza, besa tu frente, suave.

Qué chingona eres, Sofía. Quédate un rato más.

—Simón —sonríes, acurrucándote en él, el mar cantando arrullo, el cuerpo lánguido y pleno. La noche envuelve todo en paz ardiente.

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