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Calor Prohibido en Pemex Tri

7155 palabras

Calor Prohibido en Pemex Tri

El sol del Golfo de México pegaba como plomo derretido sobre la plataforma Pemex Tri, esa bestia de acero flotante que se mecía con las olas como si estuviera viva. Juan respiraba hondo el aire salado mezclado con el olor a diesel y metal caliente, mientras ajustaba las válvulas en la zona de perforación. Llevaba diez años en estas chingaderas, con el cuerpo marcado por el sol y las quemaduras, músculos duros como cables de acero. Pero ese día, algo cambió. Llegó ella, Laura, la nueva ingeniera de mantenimiento. Neta, cuando la vio bajar del helicóptero, con su overol ajustado que marcaba curvas de infarto y el pelo negro recogido en una coleta que se mecía con el viento, sintió un cosquilleo en las tripas que no era del mareo.

—Órale, wey, ¿quién es esa mamacita? —le murmuró a su cuate Marco, mientras fingía checar un medidor.

—La jefa nueva, pendejo. Ingeniera top de la Ciudad de México. No la cagues —rió Marco, dándole un codazo.

Pero Juan no podía quitarle los ojos de encima. Sus ojos cafés brillaban con inteligencia, y cuando se acercó al equipo para las presentaciones, su voz era firme pero suave, como miel caliente. ¿Qué chingados me pasa? Esto es trabajo, no un antro, pensó Juan, mientras le daba la mano. Su piel era suave, olía a crema y a algo floral que cortaba el hedor a petróleo. El apretón duró un segundo de más, y ella sonrió de lado, como si supiera el efecto que causaba.

El primer turno juntos fue un infierno de tensión. La Pemex Tri zumbaba con el rugido de las bombas y el chirrido de las grúas, pero para Juan, el mundo se reducía a ella. Laura se agachaba para revisar los sensores, y él tenía que morderse el labio para no imaginar esas nalgas firmes contra su cuerpo. Sudaban los dos bajo los cascos, el salitre pegándose a la piel, y cada roce accidental —su mano en su brazo al pasar una herramienta, su hombro rozando el suyo en el pasillo estrecho— era como una descarga eléctrica.

—Pásame la llave inglesa, porfa —dijo ella, con ese acento chilango que lo ponía loco.

—Aquí está, jefa —respondió él, rozando sus dedos a propósito. Sintió el calor de su piel, y por un segundo, sus miradas se engancharon. Cabrón, se nota que hay química, se dijo.

Al final del turno, en la cantina improvisada de la plataforma, compartieron unas cheves frías. El ambiente era ruidoso, con risas de los demás weyes y música de banda sonando bajito desde un radio viejo. Laura se soltó un poco, contando anécdotas de la uni y riendo con esa boca carnosa que Juan no podía dejar de mirar.

—Y tú, ¿cómo llegaste a esta perrera flotante? —preguntó ella, inclinándose hacia él, su rodilla tocando la suya bajo la mesa.

—Por la lana, neta. Pero aquí uno se hace hombre de verdad —dijo él, con voz ronca, oliendo su perfume mezclado con sudor fresco—. ¿Y tú? ¿No te da cosa estar rodeada de pendejos como nosotros?

Ella rio, una risa que vibró en el pecho de Juan. —Al contrario, me encanta el reto.

La noche cayó sobre la Pemex Tri, con el mar negro golpeando las patas de la plataforma como un amante impaciente. Juan no pegó ojo en su litera, el cuerpo tenso, imaginando el sabor de su piel salada.

¿Y si le digo algo? No, wey, es tu jefa. Pero esa mirada... esa puta mirada dice que quiere lo mismo.

Al día siguiente, el conflicto escaló. Una válvula se atoró en la sección de compresores, y tuvieron que meterse en un módulo angosto, solos porque el resto estaba en otra zona. El espacio era claustrofóbico, con tuberías silbando vapor caliente y el olor a aceite lubricante impregnando todo. Laura se estiró para alcanzar un tornillo, y su overol se abrió un poco, dejando ver el encaje negro de su brasier. Juan tragó saliva, su verga endureciéndose contra los pantalones.

—Mierda, no llega —maldijo ella, frustrada.

—Déjame a mí —dijo él, pegándose a su espalda. Su pecho rozó sus hombros, y sintió sus pezones endurecidos a través de la tela. Ella no se movió, al contrario, se arqueó un poquito. ¡Ya valió madre! pensó Juan, y bajó la cabeza para oler su cuello, ese aroma a mujer que lo volvía loco.

—Juan... —susurró ella, girándose despacio. Sus labios estaban a centímetros, hinchados de deseo.

Se besaron como hambrientos. Lenguas enredándose con sabor a chela y sal, manos explorando. Él la levantó contra la pared metálica, que vibraba con el pulso de la plataforma, y ella enredó las piernas en su cintura. —Te deseo desde que te vi, cabrón —gimió ella contra su boca, mordiéndole el labio.

La intensidad creció como una tormenta. Juan le bajó el overol, exponiendo sus tetas perfectas, pezones rosados y duros como piedras. Los chupó con hambre, saboreando el sudor salado y el dulzor de su piel. Ella jadeaba, arañándole la espalda, "¡Ay, wey, qué rico!" El olor a sexo empezaba a mezclarse con el lubricante, espeso y embriagador. Sus manos bajaron a su verga, dura como fierro, y la sacó del pantalón, masturbándola con maestría mientras él metía dedos en su panocha empapada, resbaladiza y caliente.

—Estás chingón de mojada, Laura —gruñó él, oliendo su aroma almizclado que lo enloquecía.

—Fóllame ya, pendejo —exigió ella, ojos brillantes de lujuria.

La penetró de un solo empujón, sintiendo cómo su coño lo apretaba como un puño de terciopelo húmedo. El ritmo fue brutal, piel contra piel chapoteando, el eco de sus gemidos ahogado por el zumbido de las máquinas. Él la embestía profundo, sintiendo cada contracción, el calor de su interior envolviéndolo. Ella clavaba uñas en sus hombros, gritando "¡Más duro, cabrón!", mientras el mar rugía afuera, como aplaudiendo su follada.

La tensión psicológica explotó en oleadas físicas. Juan luchaba por no venirse pronto, recordando todas las noches solitarias en la plataforma, pero su cuerpo traicionaba, pulsos acelerados latiendo en su verga. Laura temblaba, sus muslos apretándolo, y de pronto se corrió con un alarido ahogado, chorros calientes empapando sus bolas. Eso lo llevó al límite: se vació dentro de ella con un rugido gutural, semen espeso llenándola mientras mordía su cuello.

Se quedaron jadeando, pegados, sudor goteando al piso metálico. El afterglow fue dulce, como una chela después de un turno eterno. Laura lo besó suave, trazando su pecho con dedos temblorosos.

—Neta, eso fue lo mejor en años —dijo él, voz ronca, oliendo su pelo revuelto.

—No termina aquí, mi amor. En la Pemex Tri, las noches son largas —susurró ella, con una sonrisa pícara.

Salieron del módulo como si nada, pero algo había cambiado. Juan caminaba con el pecho inflado, sintiendo su calor aún en la piel. La plataforma seguía su ritmo eterno, pero ahora, cada ola, cada zumbido, le recordaba ese fuego prohibido. En este mar de acero, encontramos nuestro propio petróleo ardiente, pensó, mientras el sol se ponía en un cielo naranja, prometiendo más noches de pasión.

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