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El Tri Otra Tocada Más

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El Tri Otra Tocada Más

El grito de la multitud retumbaba en el Palacio de los Deportes como un trueno que te erizaba la piel. El Tri otra tocada más, pensé mientras el bajo de Alex Lora me vibraba en el pecho, haciendo que mi corazón latiera al ritmo de esas guitarras rasposas. Llevaba años siguiendo a la banda, desde que era morra y mi carnal me llevaba a conciertos pirata en el DF. Hoy, con veintiocho tacos, estaba aquí sola, sudada ya antes de que arrancaran, en una playera negra ajustada que se me pegaba al cuerpo por el calor de la gente apiñada.

La neta, no esperaba nada más que rockearme hasta el amanecer. Pero entonces lo vi. Ahí, a unos metros, un vato moreno, de esos que parecen tallados en bronce, con brazos tatuados y una sonrisa pícara que brillaba bajo las luces estroboscópicas. Se movía con la música como si fuera parte de ella, el sudor le corría por el cuello y le pegaba la camisa blanca al torso marcado. Nuestras miradas se cruzaron durante Triste canción de amor, y sentí un cosquilleo en la panza, de esos que te avisan que la noche va a cambiar.

¿Qué pedo, Karla? Es solo un desconocido en un pinche concierto. Pero mira esos ojos, wey, te comen viva.

Me abrí paso entre la bola de gente, el olor a cerveza rancia, cigarro y sudor me envolvía como una niebla espesa. Llegué a su lado justo cuando arrancaba Abuso, y él se giró, riendo. "¡Qué onda, mamacita! ¿Vienes a rockear o a buscar problemas?" gritó por encima del ruido. Su voz grave me llegó directo al bajo vientre, ronca como el growl de la guitarra.

"¡Las dos cosas, carnal!" le contesté, y nos reímos. Empezamos a brincar juntos, pegaditos por la presión de la multitud. Su cuerpo rozaba el mío con cada salto: su cadera contra mi nalga, su mano accidental en mi cintura. Cada tocada era como una chispa, el calor de su piel a través de la tela delgada me ponía la piel de gallina. Olía a hombre de verdad, a jabón mezclado con ese sudor limpio del esfuerzo, y yo ya estaba mojada, sintiendo cómo mis chones se humedecían con el roce.

El concierto avanzaba, canciones que me transportaban a noches locas de juventud. El Tri otra tocada más, pero esta vez con él a mi lado, sus manos ya no eran accidentales. Me jaló más cerca durante un solo de guitarra, su aliento caliente en mi oreja: "Estás cañona, ¿sabes? Me estás volviendo loco con ese movimiento." Sentí su verga dura presionando contra mi culo, gruesa y palpitante, y en lugar de alejarme, arqueé la espalda, restregándome sutilmente. El pulso de la música nos mecía, mis pezones tiesos rozaban su pecho, y el mundo se reducía a ese contacto eléctrico.

Cuando bajaron el telón, con el público coreando "¡Alex! ¡Alex!", él me tomó de la mano. "Vámonos de aquí, ¿no? Quiero otra tocada más... contigo." Su mirada era fuego puro, y yo asentí, el corazón tronándome en las sienes. Salimos entre la marea humana, el aire fresco de la noche mexicana nos golpeó como un bálsamo, pero el calor entre nosotros ardía más fuerte. Caminamos unas cuadras hasta su troca, una pick-up chida estacionada cerca, y en el camino no paramos de tocarnos: un beso robado en la esquina, su lengua invadiendo mi boca con sabor a chela y deseo, mis uñas clavándose en su espalda.

Llegamos a su depa en la Roma, un lugar modesto pero con vibe: posters de rock en las paredes, una cama king size que gritaba promesas. Apenas cerramos la puerta, se me aviento como lobo hambriento. "Te quiero ya, Karla", murmuró mientras me quitaba la playera, sus labios trazando un camino ardiente por mi cuello. El olor de su piel, ese almizcle masculino mezclado con el perfume del concierto, me mareaba. Sus manos grandes me amasaron los senos, pellizcando los pezones hasta sacarme gemidos roncos. "¡Ay, wey, sí así!" jadeé, mientras bajaba la cremallera de sus jeans y liberaba esa verga enorme, venosa, que saltó dura como piedra.

Neta, nunca había sentido algo tan grueso en mi mano. Late contra mi palma, caliente, y solo de verla se me hace agua la boca.

Lo empujé a la cama, montándome encima con hambre de pantera. Le chupé el cuello, mordisqueando esa piel salada, bajando por su pecho hasta lamerle el ombligo. Él gruñía, sus caderas se alzaban impacientes. Tomé su verga en la boca, saboreando el precum salado, esa gota perlada que me hacía tragar con ganas. La mamé despacio al principio, girando la lengua alrededor del glande hinchado, luego más rápido, sintiendo cómo se tensaba bajo mí. "¡Puta madre, qué rica boca tienes!" rugió, enredando los dedos en mi pelo.

Pero yo quería más. Me quité el resto de la ropa, exponiendo mi panocha depilada, ya chorreando jugos que olían a excitación pura. Él se incorporó, sus ojos devorándome. "Ven aquí, preciosa", y me tendió en la cama, abriéndome las piernas con gentileza pero firmeza. Su lengua encontró mi clítoris como imán, lamiéndolo en círculos lentos que me hacían arquear la espalda y clavar las uñas en las sábanas. El sonido de sus chupadas húmedas llenaba la habitación, mezclado con mis "¡Sí, cabrón, no pares!". Metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo en ese punto que me volvía loca, y el orgasmo me estalló como fuegos artificiales, mi cuerpo convulsionando, gritando su nombre –Raúl, se llamaba Raúl– mientras chorros de placer me empapaban la cara.

No me dio tregua. Se puso un condón –siempre responsable, qué chido– y se hundió en mí de un solo empujón. ¡Madre santa! Llenaba cada centímetro, estirándome deliciosamente. Empezó a bombear lento, profundo, sus pelotas golpeando mi culo con un plaf plaf rítmico. Nuestros cuerpos sudados se deslizaban, el olor a sexo crudo impregnaba el aire. Aceleró, mis tetas rebotando con cada estocada, y yo le clavé las uñas en la espalda, arañándolo mientras gemía "Más duro, pendejo, rómpeme". Él obedeció, follándome como animal, su aliento jadeante en mi oreja, "Eres una diosa, Karla, me vas a hacer venir".

El clímax nos golpeó juntos. Sentí su verga hincharse más, pulsando dentro de mí mientras yo me contraía alrededor, ordeñándolo. Grité, él rugió, y colapsamos en un enredo de miembros temblorosos. El afterglow fue puro paraíso: su peso sobre mí, nuestros corazones galopando al unísono, el sabor de su beso post-sexo, salado y tierno.

Despertamos enredados al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas. "El Tri otra tocada más, pero contigo fue la mejor", le dije riendo, trazando sus tatuajes con el dedo. Él sonrió, besándome la frente. "Esto no termina aquí, ¿eh? Hagamos muchas más". Y mientras nos vestíamos, supe que esa noche había sido más que rock: había sido conexión, fuego, una tocada que me marcó el alma.

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