El Trio de Mosqueteras Desenfrenadas
Éramos el trio de mosqueteras inseparables Ana Luisa y Carla tres chavas de veintiocho años que nos conocimos en la uni en la UNAM y desde entonces no nos soltamos ni con agua caliente. Vivíamos en la Condesa en un depa chido con vista al Parque México donde la vida nocturna bullía como tequila en las venas. Yo Ana la morena de ojos verdes era la que siempre organizaba las carnitas los viernes; Luisa la güerita tetona con risa de cascada y Carla la culona de piel canela que movía las caderas como diosa azteca. Neta siempre hubo chispas entre nosotras pero lo dejábamos en coqueteos juguetones güeyadas de borrachas hasta esa noche de verano cuando el aire olía a jazmín y lluvia fresca.
Estábamos en mi recámara con las cortinas abiertas dejando que la luna coladera plata sobre las sábanas de algodón egipcio. Habíamos abierto una botella de Don Julio y el aroma picante del tequila se mezclaba con nuestros perfumes dulces Victoria's Secret y el leve sudor de la fiesta que veníamos de venir. ¿Por qué no nos hemos comido ya? pensé mientras veía a Luisa recargada en la cabecera moviendo los pies descalzos con las uñas pintadas de rojo fuego. Carla estaba sentada en el piso con las piernas cruzadas su blusa escotada dejando ver el valle de sus chichis firmes y bronceadas.
—Órale pinches mosqueteras —dijo Carla con esa voz ronca que me erizaba la piel— ya estamos grandotas pa' seguir de niñas santas. ¿No les late probar algo más cabrón?
Luisa soltó una carcajada que retumbó en mi pecho y se acercó gateando como gata en celo rozando mi muslo con la mano. Su piel tibia envió chispas eléctricas directo a mi entrepierna. Yo tragué saliva el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.
Esto va a pasar neta esto va a pasar y me muero por ellome dije mientras el calor subía por mi cuello.
El principio fue lento como el primer trago de mezcal suave. Luisa me besó primero sus labios carnosos sabían a limón y tequila mordisqueando el mío con ternura juguetona. Carla observaba con ojos brillantes lamiéndose los labios el sonido de su respiración agitada llenando el cuarto como olas en la playa de Acapulco. Me recargué en la pared de adobe pintado de blanco sintiendo la aspereza fresca contra mi espalda mientras las manos de Luisa subían por mi blusa desabrochando botones uno a uno revelando mi brasier de encaje negro.
—Qué chingonas estamos —susurró Luisa olfateando mi cuello— hueles a deseo puro mamacita.
Carla no se quedó atrás se levantó y nos abrazó por detrás su aliento caliente en mi oreja y sus tetas aplastándose contra mi espalda. El roce de sus pezones duros a través de la tela me hizo gemir bajito. Nuestras manos exploraban ahora libres y ansiosas quitando blusas pantalones quedando en ropa interior que pronto voló por los aires. El cuarto se llenó del aroma almizclado de nuestras excitaciones mezclado con el jazmín del jardín abajo.
Nos tumbamos en la cama king size las sábanas crujiendo bajo nuestros cuerpos desnudos sudorosos. Yo en medio flanqueada por mis mosqueteras. Luisa chupaba mi cuello bajando lento por mi clavícula lamiendo cada centímetro con lengua experta que sabía a sal y miel. Carla besaba mi boca profunda y hambrienta sus dientes rozando mi labio inferior enviando descargas a mi clítoris que palpitaba como loco. Son mías mis mosqueteras y yo de ellas para siempre rugía en mi mente mientras mis dedos se hundían en el cabello negro de Carla oliendo a coco y vainilla.
La tensión crecía como tormenta en el Popo retumbos lejanos de truenos anunciando el chaparrón. Luisa bajó más succionando mi pezón izquierdo el chupetón húmedo y ruidoso haciendo que arquee la espalda. ¡Ay wey qué rico! grité internamente mientras Carla lamía mi ombligo bajando a mi monte de Venus depilado suave como terciopelo. Sus dedos separaron mis labios vaginales rozando mi entrada húmeda que chorreaba jugos calientes.
—Estás empapada carnala —dijo Carla con voz juguetona metiendo un dedo despacio girándolo adentro sintiendo mis paredes contraerse— ¿te late?
—¡Sí pendeja más! —jadeé agarrando las nalgas redondas de Luisa que se frotaba contra mi muslo dejando un rastro resbaloso de su propia humedad.
Nos giramos en un enredo de piernas y brazos piel contra piel el calor de nuestros cuerpos como horno de leña. Yo me puse encima de Carla lamiendo sus tetas grandes los pezones erectos como chiles habaneros saboreando su piel salada con toques dulces de sudor. Luisa detrás de mí besando mi espalda bajando a mi culo separando nalgas para lamer mi ano con lengua valiente y húmeda. El placer era un torbellino sensaciones explotando: el sonido de lengüetazos chorreos gemidos ahogados el olor a sexo puro mujeres en celo el tacto resbaloso de lenguas dedos en cada orificio.
Luisa encontró mi clítoris hinchado lo rodeó con la lengua chupando succionando mientras dos dedos entraban y salían de mi concha haciendo squish squish obsceno. Carla se retorcía debajo mío sus caderas empujando contra mi boca que devoraba su panocha jugosa sabor ácido dulce como tamarindo fresco.
Nunca había sentido tanto nunca tan lleno tan vivopensé mientras el orgasmo se acercaba como volcán rugiente.
—¡Ya vengo cabronas! —grité las paredes temblando con mi voz.
Exploté en oleadas mi cuerpo convulsionando chorros calientes salpicando la cara de Luisa que lamía todo sin perder ritmo. Carla corrió segundos después su concha apretando mi lengua sus muslos aplastándome la cabeza en éxtasis gritando ¡Sí mis mosqueteras sí! Luisa fue la última frotándose contra mi pierna hasta derramarse en temblores su leche tibia corriendo por mi piel.
Nos quedamos jadeantes enredadas el sudor enfriándose en la brisa nocturna que entraba por la ventana. El aroma a sexo y jazmín persistía como perfume eterno. Besos suaves post-orgasmo lenguas perezosas rozando labios hinchados. Esto no es el fin es nuestro principio reflexioné mientras acurrucaba a mis chicas el corazón lleno de un amor feroz y libre.
Al amanecer con el sol pintando de oro nuestras pieles exhaustas nos miramos riendo como pendejas. El trio de mosqueteras ahora unido en carne y alma listo para más aventuras en esta jungla llamada vida. Neta qué chido ser nosotras.