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El Ardiente Trio Sexual Dos Mujeres Un Hombre

6694 palabras

El Ardiente Trio Sexual Dos Mujeres Un Hombre

La noche en Puerto Vallarta estaba caliente como el infierno, con el mar susurrando secretos al ritmo de las olas que chocaban contra la playa. Yo, Alejandro, había llegado a esa villa rentada con un grupo de cuates para un fin de semana de relajo, pero nada me preparó para lo que vendría. El aire olía a sal, coco y esas cervezas frías que se venden en la playa, bien heladas, con gotas resbalando por el vidrio. La música reggaetón retumbaba desde los altavoces, haciendo que los cuerpos se movieran como uno solo.

Allí estaban ellas: Sofía y Camila, dos morras que conocí esa tarde en la alberca. Sofía, con su piel morena brillando bajo el sol poniente, curvas que gritaban ven y tócalas, y un vestido rojo ceñido que dejaba poco a la imaginación. Camila, más delgada, con el pelo negro largo hasta la cintura, ojos verdes que te hipnotizaban y un bikini que apenas contenía sus tetas firmes. Eran cuates de la uni en Guadalajara, venidas a jalarse unas vacaciones salvajes. Desde el primer vistazo, sentí esa chispa, ese calentón que te sube por la verga y te hace pensar en pendejadas.

"Oye, Alejandro, ¿vienes a bailar o nomás a verte el chile?"
me soltó Sofía con una risa ronca, acercándose tanto que olí su perfume mezclado con sudor fresco, como a vainilla y deseo puro. Camila se pegó por el otro lado, su mano rozando mi brazo, enviando chispas por mi piel. ¿Qué chingados está pasando aquí? pensé, mientras mi corazón latía como tambor de banda sinaloense.

Empezamos a bailar, sus cuerpos presionando contra el mío. Sentía las nalgas de Sofía restregándose contra mi entrepierna, dura ya como piedra, y la mano de Camila subiendo por mi pecho, arañando suave con las uñas. El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Bebimos tequilas, shots que quemaban la garganta y avivaban el fuego. Estas morras me van a matar, me dije, pero no quería parar.

La tensión crecía con cada roce. Sofía me besó primero, sus labios carnosos sabiendo a tequila y menta, lengua juguetona explorando mi boca como si fuera su territorio. Camila no se quedó atrás; mordisqueó mi oreja, susurrando

"Te queremos pa' nosotras solitas, guapo"
. Mi mente daba vueltas: Un trio sexual dos mujeres un hombre, ¿en serio me está pasando esto? El deseo me nublaba, el pulso acelerado, la piel erizada.

Nos escabullimos de la fiesta, caminando por la playa oscura, arena tibia entre los dedos de los pies. La villa estaba a unos metros, luces tenues invitando. Adentro, el aire acondicionado nos dio un respiro fresco, pero el calor entre nosotros ardía más. Nos quitamos la ropa como si quemara: mi playera voló, sus vestidos cayeron revelando cuerpos perfectos, tetas erguidas con pezones duros como balas, culos redondos que pedían ser apretados.

En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia, empezó el juego de verdad. Me recosté, ellas dos arrodilladas a mis lados, mirándome con ojos hambrientos. Sofía bajó primero, su boca envolviendo mi verga hinchada, chupando lento, lengua girando alrededor del glande, saboreando el precum salado. ¡Ay, wey, qué rico! gemí, mi mano enredándose en su pelo. Camila besaba mi cuello, lamiendo sudor, mordiendo suave, mientras sus dedos jugaban con mis huevos, masajeando con pericia.

El sonido de succiones húmedas llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos. Olía a sexo puro: almizcle de excitación, perfume femenino, mi sudor masculino. Cambiaron turnos; Camila se la tragó hasta la garganta, tosiendo un poco pero sin parar, ojos lagrimeando de puro gusto. Sofía se subió a mi cara, su concha depilada rozando mis labios, jugos dulces como miel chorreando en mi lengua. La lamí con hambre, saboreando cada pliegue, clitóris hinchado palpitando bajo mi lengua.

"¡Sí, cabrón, chúpame así!"
gritó ella, montándome la cara, caderas girando.

Mi mente era un torbellino: Esto es el paraíso, dos mujeres devorándome, sus cuerpos temblando por mí. La tensión subía, mis caderas empujando contra la boca de Camila, bolas apretándose. Pero no quería acabar aún; las volteé, poniéndolas a cuatro patas lado a lado, culos en pompa invitadores. Metí dedos en sus chochos húmedos, sintiendo paredes calientes contrayéndose, jugos resbalando por mis manos.

Empecé con Sofía, verga deslizándose en su interior apretado, caliente como horno. ¡Qué chingón! empujé lento al principio, sintiendo cada centímetro, sus gemidos roncos como música. Camila se tocaba, dedos hundiéndose en sí misma, mirándonos con lujuria. Cambié a ella, su concha más estrecha, follándola con fuerza, nalgas rebotando contra mi pubis, plaf plaf eco en la habitación. Ellas se besaban entre sí, lenguas enredadas, tetas rozándose, un espectáculo que me volvía loco.

La intensidad crecía: sudor chorreando por espaldas, pieles chocando con sonidos carnales, olores intensos de sexo y mar filtrándose por la ventana.

"Más duro, Alejandro, ¡rompe mi concha!"
pedía Camila, y yo obedecía, mis embestidas profundas, verga palpitando. Sofía se unió, frotando su clitóris mientras la penetraba, sus paredes ordeñándome. El clímax se acercaba, tensión en cada músculo, respiraciones entrecortadas.

Las puse una sobre la otra, Sofía abajo, Camila arriba, chochos alineados. Las follé alternando, verga saliendo empapada de una para entrar en la otra, jugos mezclándose. Sus gritos se fundían:

"¡Sí, trio sexual dos mujeres un hombre, fóllanos!"
exclamó Sofía en éxtasis. No aguanté más; saqué la verga, ellas se arrodillaron, bocas abiertas, lenguas fuera. Eyaculé chorros calientes sobre sus caras, tetas, ellas lamiendo, compartiendo mi leche en besos sucios.

Colapsamos en la cama, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El afterglow era puro: pulsos calmándose, risas suaves, besos tiernos. Sofía acurrucada en mi pecho, su corazón latiendo contra el mío, oliendo a sexo satisfecho. Camila besaba mi hombro,

"Eres un animal, pero el mejor"
. Esto fue más que sexo; fue conexión, deseo compartido, empoderándonos mutuamente, pensé mientras el mar cantaba afuera.

Nos quedamos así hasta el amanecer, planeando más noches así. La villa, testigo silencioso, guardaría nuestro secreto ardiente. En Puerto Vallarta, el trio sexual dos mujeres un hombre se convirtió en leyenda personal, un recuerdo que me eriza la piel cada vez que lo evoco.

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