Embarazada en Trío Ardiente
Estaba en el quinto mes de embarazo y mi cuerpo se sentía como un volcán a punto de erupcionar. Las hormonas me traían loca, neta, cada roce con Carlos, mi carnal, me ponía la piel chinita y el corazón latiéndome como tamborazo en fiesta. Vivíamos en un depa chido en la Roma, con vista a los jacarandas que ya empezaban a florear. Esa noche, después de una cena con tacos al pastor que olían a gloria, nos echamos en el sillón con una chela fría en la mano.
¿Y si probamos algo nuevo, mi amor? Algo que siempre hemos platicado.Le dije a Carlos, mordiéndome el labio mientras mi mano bajaba despacito por su pecho. Él me miró con esos ojos cafés que me derriten, y sonrió picoso.
—¿Qué traes en mente, preñadita? —me contestó, pasando su dedo por mi panza redondita, que ya asomaba bajo la blusa floja.
—Un embarazada en trío, wey. Tú, yo y Marco. Ese cuate tuyo que siempre nos ve con ojitos hambrientos.
Carlos se rió bajito, pero sentí su verga endurecerse contra mi muslo. Marco era su compa de la uni, alto, moreno, con tatuajes que se asomaban por el cuello de su camisa. Lo habíamos invitado a barbacoas un par de veces y la química entre los tres chispeaba como pirotecnia en Independencia.
Le mandamos un mensajito rápido: "Ven al depa, trae ganas de aventura. Ana está on fire." No pasó ni media hora y ahí estaba, con una botella de mezcal en la mano y una sonrisa de oreja a oreja.
Entramos al cuarto, la luz tenue de las velas parpadeando en las paredes blancas, oliendo a vainilla y a nuestro sudor anticipado. Mi panza de embarazada en trío era el centro de todo, redonda y sensible, con las venas azuladas marcadas como ríos en un mapa. Me quité la blusa despacio, dejando que vieran mis chichis hinchadas, los pezones oscuros y duros como piedras de obsidiana.
Carlos se acercó primero, besándome el cuello con labios calientes, su aliento a menta y tequila. Su lengua trazó círculos en mi piel, y un gemido se me escapó, ronco y profundo. Marco observaba, ajustándose los jeans, su pecho subiendo y bajando rápido.
Esto es lo más chingón que me ha pasado, pensé. Mi cuerpo de embarazada grita por más, por manos extras, por vergas que me llenen.
—Ven, Marco —le dije con voz temblorosa—. Toca. Siente cómo late aquí adentro.
Él se acercó, sus manos grandes y callosas rozando mi panza. El tacto era eléctrico, como si miles de chispas bailaran bajo mi piel. Carlos, atrás de mí, desabrochó mi brasier y lo dejó caer. Mis chichis rebotaron libres, pesadas y llenas de leche que empezaba a gotear. Marco las tomó, amasándolas suave, chupando un pezón con hambre. El sonido de su succión era obsceno, slurp slurp, y el sabor salado de mi piel lo volvía loco.
Me recargué en Carlos, sintiendo su erección presionando mis nalgas. Bajó mi falda, y mis bragas empapadas cayeron al piso. El aire fresco del ventilador me erizó los vellos púbicos, negros y rizados, enmarcando mi concha hinchada y jugosa. Olía a mí, a deseo puro, almizclado y dulce como mango maduro.
La tensión crecía como tormenta en el Popo. Carlos me besó la boca, su lengua invadiendo, saboreando mi saliva con mezcal. Marco se arrodilló, separando mis piernas con cuidado por la panza. Su aliento caliente rozó mi clítoris, hinchado y palpitante. ¡Ay, cabrón! Lamidas lentas, de abajo arriba, saboreando mis labios mayores, chupando el néctar que brotaba sin parar.
—Sabrosa, Ana. Tu panocha de embarazada es un manjar. —murmuró Marco, metiendo un dedo grueso, curvándolo adentro. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mis caderas moviéndose solas.
Carlos se desnudó, su verga saltando libre, venosa y gruesa, goteando precum transparente. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero, masturbándolo despacio mientras Marco me comía con furia.
Esto es el paraíso, weyes. Dos hombres adorándome, mi cuerpo templo de placer.
Nos movimos a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Me puse de lado, panza hacia adelante, para que no me aplastara. Carlos se colocó atrás, frotando su verga entre mis nalgas, lubricándola con mi propia humedad. Marco enfrente, besando mi boca, sus manos en mis chichis.
—Entra despacio, amor —le pedí a Carlos. Su glande abrió mi ano virgen, centímetro a centímetro, quemando delicioso. Grité de placer-dolor, mordiendo el hombro de Marco. Él empujó su verga en mi concha, llenándome por completo. Dos vergas en mí, estirándome, pulsando al unísono.
El ritmo empezó lento, como cumbia sensual. Sus embestidas sincronizadas, piel contra piel, plaf plaf, sudor chorreando, mezclándose con el olor a sexo crudo. Mi panza se movía con cada golpe, el bebé pataditas dando como si bailara. Sentí sus venas frotando mis paredes internas, el clítoris rozando el pubis de Marco, chispas de éxtasis subiendo por mi espina.
—¡Más duro, pendejos! ¡Córanme adentro! —supliqué, voz ronca, uñas clavadas en sus espaldas. Aceleraron, gruñendo como animales, el colchón crujiendo, el aire cargado de gemidos y jadeos. Mi orgasmo llegó como avalancha, contracciones milking sus vergas, chorros de squirt mojando las sábanas.
Carlos explotó primero, chorros calientes inundando mi culo, semen espeso goteando. Marco siguió, pintando mi útero con su leche, segura y consentida. Colapsamos en un enredo de cuerpos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Besos suaves, caricias en mi panza, risas cansadas.
Esto fue más que sexo, fue conexión pura. Mi embarazada en trío me hizo sentir diosa, poderosa, amada.
Marco se quedó un rato, platicando de tonterías mientras nos limpiábamos con toallitas húmedas que olían a aloe. Carlos me abrazó por detrás, su mano en mi vientre, sintiendo al bebé.
—¿Repetimos, carnales? —preguntó Marco con guiño.
—Chido, pero la próxima con tequila de más. —reí yo, saboreando el afterglow, piel tibia, músculos laxos, corazón lleno.
La noche terminó con estrellas asomando por la ventana, el tráfico lejano de la ciudad como arrullo. Mi cuerpo, saciado, prometía más aventuras. Ser embarazada en trío no era solo fantasía; era mi realidad ardiente, consensuada y gloriosa.