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Trio Cum Ardiente

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Trio Cum Ardiente

La noche en la villa de Puerto Vallarta olía a sal marina y jazmín fresco, con el rumor de las olas rompiendo a lo lejos como un susurro constante que aceleraba mi pulso. Yo, Ana, de treinta y tantos, con mi piel morena brillando bajo las luces tenues de la terraza, me recargaba en la barandilla mirando el Pacífico. Marco, mi novio, se acercó por detrás, sus manos grandes y callosas rodeándome la cintura, su aliento cálido en mi cuello trayendo ese aroma a tequila y colonia barata que tanto me ponía.

Órale, mi reina, esta noche va a ser épica, murmuró él, su voz ronca rozándome la oreja como una caricia prohibida. Hacíamos meses fantaseando con esto: un trio cum que nos volara la cabeza, algo consensuado, puro fuego entre adultos que se desean sin límites. Habíamos invitado a Luis, el carnal de Marco, un wey alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que me hacía mojarme nomás de verlo en las fotos. Todo chido, todo claro: placer mutuo, sin dramas.

Mi corazón latía fuerte, un tambor en el pecho, mientras el calor de su cuerpo se pegaba al mío.

¿Y si no fluye? ¿Y si me da pena?
pensé, pero el roce de su verga endureciéndose contra mi culo ahuyentó las dudas. Neta, Ana, suéltate, me dije. El aire húmedo traía el olor a mar y anticipación, mi piel erizándose bajo el vestido ligero que apenas cubría mis curvas.

Luis llegó puntual, con una botella de mezcal en la mano y esa camiseta ajustada que marcaba sus pectorales. ¡Qué onda, carnala! dijo, abrazándome fuerte, su pecho duro contra mis tetas, un beso en la mejilla que duró un segundo de más. Olía a sudor limpio y loción de playa, y sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo. Marco rio, palmeándole la espalda. Ya arranquen, cabrones, bromeó, sirviendo tragos.

Nos sentamos en los sillones de mimbre, el viento nocturno revolviendo mi cabello. Charlamos pendejadas al principio: del pinche tráfico en la ciudad, de las morras en la playa. Pero la tensión crecía como la marea. Cada mirada entre nosotros era un chispazo. Sentí mis pezones endureciéndose, rozando la tela, y crucé las piernas para calmar el cosquilleo en mi panocha.

Marco fue el primero en mover ficha. Se inclinó y me besó profundo, su lengua invadiendo mi boca con sabor a mezcal ahumado. Luis nos vio, su respiración pesada. Chínguenme, qué rico se ven, soltó, y su mano grande aterrizó en mi muslo desnudo, subiendo despacio. El tacto áspero de sus dedos mandó ondas de calor directo a mi clítoris.

Esto es real, wey, dos vergas para mí sola
, pensé, gimiendo bajito mientras Marco me amasaba las tetas por encima del vestido.

El beso se volvió un torbellino de lenguas y manos. Me quitaron el vestido como si fuera papel, dejando mi cuerpo expuesto al aire salado. Mis tetas grandes rebotaron libres, pezones oscuros duros como piedras. Luis chupó uno, su boca caliente succionando con fuerza, mientras Marco lamía el otro. ¡Ay, cabrones, qué chido! grité, arqueándome. Olían a hombre, a deseo crudo, sus barbas raspándome la piel sensible.

Me recostaron en el sofá amplio, el mimbre crujiendo bajo nuestro peso. Marco se desabrochó los jeans, sacando su verga gruesa, venosa, ya goteando precum. La tomé en la mano, piel suave sobre acero, masturbándola lento mientras Luis se desnudaba. Su pinga era más larga, curva, palpitando. Mírenla, listos para el trio cum, dijo Marco, y reímos nerviosos, excitados. El olor a sexo empezaba a impregnar el aire: almizcle, sudor, mi humedad chorreando entre las piernas.

Luis se arrodilló entre mis muslos, abriéndolos con manos firmes. Su lengua plana lamió mi concha depilada, saboreando mis jugos salados. ¡Qué rica estás, Ana! Dulce como tamarindo, gruñó, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G. Gemí alto, el sonido ahogado por la boca de Marco en la mía. El placer subía en oleadas, mi clítoris hinchado rozado por su nariz, el vello púbico rozándome la piel interior de los muslos.

Me van a romper, pero qué rico romperse
, pensé, mientras cambiábamos posiciones. Me puse de rodillas, culo en pompa hacia Luis, verga de Marco frente a mi cara. Lo mamé ansiosa, tragándomela hasta la garganta, saliva chorreando por la barbilla. Sabía a sal y hombre, pulsos en mi lengua. Detrás, Luis escupió en mi entrada y empujó su verga despacio. ¡Puta madre, qué apretada! jadeó, llenándome centímetro a centímetro. El estiramiento ardía delicioso, paredes vaginales abrazándolo.

Follaban mi boca y mi panocha al unísono, ritmos sincronizados como tambores aztecas. El slap-slap de carne contra carne, mis gemidos ahogados, sus gruñidos roncos llenaban la noche. Sudor nos cubría, gotas resbalando por espaldas, mezclándose con el olor a mar. Marco me jalaba el pelo suave, Trágatela toda, mi amor, y Luis azotaba mi culazo, dejando marcas rojas que ardían al tacto.

La intensidad crecía, mi orgasmo acechando como tormenta. Cambiamos: yo encima de Marco, cabalgándolo reverse cowgirl, su verga golpeando profundo, bolas contra mi clítoris. Luis se paró frente a mí, metiéndomela en la boca mientras me chupaba las tetas. Sí, sí, cabrones, fóllenme así, rogaba, voz ronca. El calor de sus cuerpos me envolvía, piel resbaladiza, pulsos acelerados latiendo contra mí.

Marco me agarraba las caderas, clavándome las uñas, ¡Me vengo, Ana! gritó primero. Su verga se hinchó, chorros calientes inundando mi concha, semen espeso goteando por mis muslos. Ese trio cum empezó ahí, su leche lubricándome más. Luis salió de mi boca, jadeante. Aún no, carnala, te quiero pintar. Me voltearon boca arriba, piernas abiertas. Marco se unió, masturbándose rápido junto a Luis.

Yo me frotaba el clítoris, viendo sus vergas apuntándome, cabezas moradas brillando. El primer chorro de Luis salpicó mi panza, caliente como lava, olor fuerte a semen fresco. Marco apuntó a mis tetas, cubriéndolas de blanco cremoso. ¡Más, denme más! supliqué, orgasmo explotando en espasmos, concha contrayéndose alrededor de nada, jugos mezclándose con su corrida. Luis apuntó a mi cara, un hilo en mis labios que lamí ansiosa, salado amargo delicioso. El último de Marco cayó en mi monte de Venus, semen chorreando hacia mi clítoris sensible.

Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones agitadas calmándose. El aire olía a sexo puro, semen secándose en mi piel pegajosa. Luis me besó la frente, Qué chingón estuvo, ¿verdad?. Marco me abrazó, su mano limpiándome suave.

Esto no fue solo un polvo, fue conexión, fuego compartido
, reflexioné, mientras las olas seguían su canto eterno.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el evidence pero no el recuerdo. En la cama king size, envueltos en sábanas frescas, hablamos susurros. ¿Repetimos el trio cum? preguntó Marco pícaro. Reí, acurrucándome entre ellos. Neta, cuando quieran, weyes. El sueño llegó dulce, cuerpos entrelazados, el Pacífico arrullándonos con promesas de más noches ardientes.

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