El Trio XXX Mujeres Prohibido
La noche en mi departamento de Polanco olía a jazmín fresco del balcón y a ese vino tinto que Sofía siempre traía de sus viajes a Ensenada. Yo, Ana, acababa de cumplir veintiocho y mis amigas, Sofía y Carla, habían insistido en celebrar con una pijamada de adultas. Nada de niños ni compromisos, solo nosotras tres, solteras y con ganas de desquitarnos del estrés de la chamba. Sofía, con su melena negra ondulada y curvas que volvían locos a los morros del gym, se recostó en el sofá de terciopelo rojo, su blusa semitransparente dejando ver el encaje negro de su brasier. Carla, la más juguetona, con piel morena y labios carnosos que sabían a chicle de fresa, se sirvió otra copa riendo.
¿Por qué carajos siento este calor subiéndome por el pecho? pensé mientras las veía. Habíamos sido cuates desde la uni, compartido resacas y desamores, pero esta noche el aire se sentía cargado, como antes de una tormenta en el DF. "Órale, Ana, ¿qué pedo con esa cara? ¿Ya te calaste con el vino?", bromeó Carla, acercándose tanto que su perfume de vainilla me rozó la nariz. Sofía nos miró con ojos pícaros. "Neta, chicas, ¿han visto esos videos de trio xxx mujeres? Pura fantasía, pero qué chido sería."
El corazón me latió fuerte. ¿Ella lo dijo así nomás? Mi piel se erizó bajo el crop top de algodón suave. Recordé esas noches sola, tocándome imaginando algo así: tres cuerpos enredados, sudados, gimiendo sin pudor. "Pos ni madres, Sofi, ¿tú te animarías?", respondí fingiendo desinterés, pero mi voz salió ronca. Carla soltó una carcajada. "¡Pendejas! Yo sí. Imagínense, piel con piel, sin vergas de por medio, solo nosotras." Su mano rozó mi muslo accidentalmente —o no— y un chispazo me recorrió desde la ingle hasta la nuca.
La primera copa se acabó rápido. Nos movimos al cuarto, con la luz tenue de las velas de coco que parpadeaban sombras en las paredes blancas. El colchón king size nos esperaba, cubierto de sábanas de satén fresco. Sofía puso música ranchera sensual, de esa que Alejandro Fernández canta bajito para excitar. "Ven, Ana", murmuró Carla, jalándome del brazo. Me senté entre ellas, mis piernas temblando un poco. El roce de sus muslos contra los míos era eléctrico, cálido, como si el calor de sus cuerpos me absorbiera.
"Esto es real, no un sueño mojado", me dije, mientras Sofía me quitaba el top con delicadeza, sus uñas pintadas de rojo rozando mi ombligo.
Sus labios encontraron mi cuello primero. Suave, húmedo, saboreando mi piel salada. Olía a su aliento de vino dulce, y gemí bajito cuando su lengua trazó una línea hasta mi clavícula. Carla no se quedó atrás; sus manos expertas desabrocharon mi brasier, liberando mis tetas que se endurecieron al aire fresco. "Qué mamacitas son tus chichis, Ana", susurró, lamiendo un pezón con la punta de la lengua. El placer fue un rayo: punzante, dulce, haciendo que mi clítoris palpitara dentro de las panties de encaje.
La tensión crecía como el tráfico en Reforma a las ocho. Yo las besé a las dos, alternando bocas suaves y hambrientas. Sofía sabía a cereza de su gloss, Carla a tequila con limón. Sus lenguas se enredaron con la mía en un baile húmedo, chupando, mordisqueando. Manos everywhere: las de Sofía amasando mis nalgas firmes, las de Carla deslizándose bajo mi calzón, rozando mi coño ya empapado. "Estás chorreando, wey", rio Carla, metiendo un dedo juguetón que me hizo arquear la espalda. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteante, mezclado con nuestros jadeos.
Nos quitamos todo. Desnudas, piel con piel, el olor a sexo empezaba a impregnar el cuarto: almizcle femenino, sudor ligero, excitación pura. Sofía se recostó, abriendo las piernas. Su panocha depilada brillaba, rosada e hinchada. "Chúpame, Ana, neta que quiero tu boca". Me arrodillé, inhalando su aroma terroso, salado. Mi lengua la lamió despacio, desde el ano hasta el clítoris, saboreando su jugo dulce como mango maduro. Ella gimió fuerte, "¡Ay, cabrona, qué rica!", enredando sus dedos en mi pelo.
Carla se posicionó detrás de mí, besando mi espalda mientras sus dedos exploraban mi entrada. Dos, luego tres, entrando y saliendo con ritmo lento, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El tacto era perfecto: presión firme, resbaloso por mis fluidos. Mi pulso tronaba en los oídos, el colchón crujía bajo nosotras. "Mírennos, un verdadero trio xxx mujeres", jadeó Sofía, mirándonos con ojos vidriosos.
El medio acto se volvió un torbellino. Cambiamos posiciones: yo encima de Sofía en 69, nuestras lenguas devorándonos mutuamente. Su clítoris era un botón duro bajo mi lengua, palpitante, y ella me chupaba con hambre, succionando mi labia como si fuera su última comida. Carla, la reina del caos, sacó el vibrador morado del cajón —nuestro secreto compartido—. Lo encendió con un zumbido bajo y lo presionó contra mi ano primero, lubricado con saliva. "Relájate, chula", murmuró, mientras lo deslizaba adentro centímetro a centímetro.
El estiramiento ardía delicioso, lleno, vibrando contra mi pared interna. Grité en la boca de Sofía, ondas de placer irradiando desde mi culo hasta mi coño. Ella lamía más rápido, y Carla follaba mi trasero con el juguete mientras metía dedos en mi panocha. Mis pensamientos eran un remolino: "Esto es el paraíso, pendejas perfectas, no pares". El sudor nos unía, resbaloso, salado en la lengua cuando lamí el cuello de Carla. Sus tetas rebotaban contra mi espalda, pezones duros como piedras.
La intensidad subía. Sofía se corrió primero, su cuerpo convulsionando, chorro caliente salpicando mi cara. "¡Me vengo, hijas de su puta madre!", aulló, piernas temblando. Ese sabor ácido-dulce me empujó al borde. Carla aceleró el vibrador, sus dedos frotando mi clítoris en círculos furiosos. El orgasmo me golpeó como un camión: olas y olas, coño contrayéndose, ano apretando el juguete, grito ronco saliendo de mi garganta. Visión borrosa, estrellas, el mundo entero en mi piel erizada.
Pero no paramos. Cambiamos: Carla en el centro ahora, nosotras dos lamiéndola como perras en celo. Sofía y yo nos besamos sobre su clítoris, lenguas chocando, compartiendo su néctar. Ella se retorcía, uñas clavándose en las sábanas. "¡Chínguenme las dos, qué rico trio!", balbuceó. El clímax de ella fue explosivo, empapándonos a las tres, olor a sexo puro llenando el aire.
Al final, exhaustas, colapsamos en un enredo de piernas y brazos. El afterglow era tibio, pulsos calmándose, piel pegajosa enfriándose. Besos suaves, caricias perezosas en tetas y muslos. "Neta, chicas, esto fue épico", susurró Sofía, su cabeza en mi pecho. Carla rio bajito. "Repetimos pronto, ¿no?". Yo sonreí, oliendo nuestro aroma mezclado en las sábanas.
En ese momento supe que nuestro lazo era más que amistad: era fuego vivo, listo para encenderse de nuevo.
La luna se colaba por la ventana, testigo muda de nuestro trio xxx mujeres prohibido pero glorioso. Dormimos así, satisfechas, empoderadas, dueñas de nuestro placer.