El Tri Cobra Nuestros Impuestos
Tú caminas por las calles empedradas del centro de la Ciudad de México, con el peso de los números en la cabeza. Los impuestos te tienen hasta la madre, wey. SAT mandando cartas como si fueran novias celosas, exigiendo su tajada. Pero hoy es día de partido de El Tri, y nada como un buen grito de gol para olvidar las broncas. Entras al bar La Verde, ese changarro chido cerca del Zócalo, lleno de morros con jerseys verdes, olor a chela fría y tacos al pastor chisporroteando en la plancha.
Te sientas en la barra, pides una Pacífico helada que sabe a limón y sal, y el fresco del vidrio contra tu palma te relaja un poco. La pantalla gigante muestra a los jugadores calentando, el estadio Azteca rugiendo. De repente, sientes una presencia a tu lado. Una morra guapísima, con el cabello negro suelto cayéndole por los hombros, ojos cafés intensos y un jersey ajustado de El Tri que marca sus chichis perfectas. Lleva shorts vaqueros que abrazan sus caderas anchas, y unas botas que gritan "mírame".
—Órale, carnal, ¿también vienes a sufrir con El Tri? —te dice con una sonrisa pícara, su voz ronca como el eco de un estadio.
Tú le sonríes de vuelta, el corazón latiéndote más rápido que el pulso del público en la tele. —Neta, pero con El Tri nuestros impuestos, hay que gozarlo. Todos pagamos para que estos pendejos corran en short.
Ella se ríe, un sonido que te eriza la piel, y se acerca más. Se llama Sofía, trabaja en el SAT, cobra impuestos para el gobierno. Ironía del destino, wey. Pero no es una pinche burócrata amargada; es fuego puro, con esa vibra de morra independiente que sabe lo que quiere. Piden otra ronda, y mientras el partido arranca —Chicharito fallando un tiro — sus rodillas se rozan bajo la barra. Su piel morena huele a vainilla y algo más, como deseo contenido.
Piensas: Esta chava me va a volver loco. Sus labios carnosos pidiendo otra chela, y yo imaginando cómo sabrán.
El primer gol de México enciende el bar. Todos gritan, saltan, y Sofía te abraza de golpe, su cuerpo presionándose contra el tuyo. Sientes sus chichis firmes contra tu pecho, el calor de su vientre, y sus manos en tu espalda baja, rozando el borde de tu playera. El sudor de la emoción mezcla con su perfume, y tu verga empieza a despertar bajo los jeans.
—¡Eso, El Tri! —grita ella, pero sus ojos están fijos en ti, brillando con picardía—. Oye, ¿y si cobro yo tus impuestos ahorita? Con intereses, claro.
Tú sientes el pulso acelerado, la sangre hirviendo. El juego sigue, pero ya no importan los goles. Sus dedos trazan círculos en tu muslo, subiendo despacio, el roce áspero de sus uñas contra la tela te hace contener la respiración. Hueles su aliento a tequila con limón cuando se inclina para susurrar:
—Vamos a mi depa, está cerca. Ahí te enseño cómo El Tri cobra nuestros impuestos.
No lo piensas dos veces. Salen del bar tomados de la mano, la noche mexicana envolviéndolos con brisa tibia y luces de neón. Caminan rápido, riendo de tonterías, su palma sudorosa en la tuya enviando chispas. Llegan a su edificio en la Roma, un lugar chido con balcón y plantas. Suben en el elevador, y ya no aguantan: la besas contra la pared metálica, sus labios suaves y urgentes saboreando a sal y miel. Sus manos te amasan el culo, gimiendo bajito.
En su depa, luces tenues, música de rock mexicano de fondo —quizá algo de El Tri, la banda, para ambientar —. Ella te empuja al sofá, se quita el jersey despacio, revelando un bra negro de encaje que apenas contiene sus pezones duros. Tú la miras, hipnotizado por la curva de su cintura, el ombligo piercing brillando.
—Quítate todo, contribuyente —ordena juguetona, su voz temblando de excitación —. Hora de pagar.
Te desnudas, tu verga parada como bandera, palpitando al aire fresco. Ella se arrodilla, sus ojos clavados en los tuyos mientras lame la punta, el calor de su lengua un shock eléctrico. Sabe a placer puro, chupando despacio, succionando con maestría, sus manos masajeando tus huevos. Gimes, el sonido ahogado por el latido de tu corazón. Hueles su pelo, sientes sus uñas en tus muslos, el roce de sus dientes juguetón.
En tu cabeza: Neta, esta morra es experta. Me tiene al borde ya.
La levantas, la llevas a la cama king size con sábanas blancas oliendo a lavanda. La despojas de los shorts, revelando su panocha depilada, húmeda y rosada, invitándote. La besas por todo el cuerpo: cuello salado, chichis con pezones como chocolate duro que chupas hasta que arquea la espalda gimiendo "¡Sí, wey!". Bajas a su vientre, lames su clítoris hinchado, sabor musgoso y dulce, sus jugos cubriendo tu barbilla mientras ella agarra tu pelo y grita "¡No pares, cabrón!".
La tensión crece como el final de un partido empatado. Se monta encima, guiando tu verga a su entrada caliente, resbaladiza. Baja despacio, centímetro a centímetro, su coño apretado envolviéndote como guante de terciopelo. Ambos jadean, el slap de piel contra piel empieza lento, sus caderas girando en círculos que te vuelven loco. Sientes cada contracción, el calor pulsante, sus uñas clavándose en tu pecho.
—¡Fóllame duro, como El Tri en la final! —suplica, acelerando, sus tetas rebotando hipnóticas.
Tú embistes desde abajo, manos en sus nalgas redondas, amasando la carne suave. El sudor perla sus pechos, gotea en tu boca salado. Los gemidos suben de volumen, mezclados con el zumbido del ventilador y el eco lejano de la ciudad. Ella se tensa primero, su coño apretándote como vicio, gritando "¡Me vengo, pendejo!" en oleadas que la sacuden. Tú la sigues, el orgasmo explotando como gol en tiempo agregado, llenándola con chorros calientes mientras ves estrellas.
Caen exhaustos, enredados en sábanas húmedas, respiraciones entrecortadas. Ella se acurruca en tu pecho, trazando círculos en tu piel con el dedo, el olor a sexo impregnando el aire. Ponen la tele para ver el replay del partido —El Tri ganó —, y ríen bajito.
—¿Ves? El Tri nuestros impuestos valió la pena —murmura, besándote el hombro.
Tú sientes una paz chida, el cuerpo relajado, el alma llena. En ese momento, los impuestos no importan; lo que cuenta es este fuego compartido, esta conexión neta entre dos almas mexicanas que saben gozar la vida. Se quedan así hasta el amanecer, planeando el próximo partido, el próximo cobro.