Aja Trier la Llamada de la Pasión
Entré al bar en Polanco esa noche de viernes con el cuerpo pesado de la semana, pero el ambiente ya me prendió como un fósforo. Luces tenues, música salsa suave sonando de fondo, y el olor a tequila reposado flotando en el aire. Me senté en la barra, pedí un caballito de Don Julio, y ahí la vi. Aja Trier, se llamaba, o eso oí cuando el mesero le sirvió su margarita. Era extranjera, güera con ojos verdes que brillaban como esmeraldas bajo las luces neón, curvas que el vestido negro ajustado marcaba sin piedad. Pelo largo ondulado cayéndole por la espalda, y una sonrisa que prometía pecados.
La miré un rato, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba. Neta, carnal, esta tipa es de otro nivel, pensé mientras daba un trago. Ella volteó, me pilló, y en lugar de hacer como que no, me guiñó un ojo. Órale. Me levanté, caminé hacia su mesa con el corazón latiéndome en los oídos. "¿Puedo acompañarte?", le dije, voz ronca por los nervios.
"Claro, guapo. Soy Aja Trier, de Dinamarca, pero aquí en México me siento como en casa", respondió con acento suave, pero hablando español perfecto, como si hubiera nacido en el DF. Nos pusimos a platicar: de la ciudad, de la comida calleña que le flipaba, de cómo el calor mexicano le subía la temperatura al cuerpo. Cada vez que reía, su risa era como un ronroneo, y el olor de su perfume –mezcla de vainilla y algo floral– me envolvía, haciendo que mi piel se erizara.
¿Qué chingados estoy haciendo? Esta mujer me va a volver loco con solo mirarla. Sus labios rojos, carnosos, piden a gritos un beso. Pero hay que ir despacio, wey, no seas pendejo.
La tensión crecía con cada shot que compartíamos. Sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa, un toque casual que mandaba chispas por mi espina. Hablamos de deseos, de lo que nos prendía. "Me gusta lo espontáneo, lo que te hace perder el control", confesó ella, ladeando la cabeza, mordiéndose el labio inferior. Mi verga ya respondía, apretada contra los jeans, y el calor entre mis piernas era insoportable.
Al rato, no aguanté más. "Vamos a otro lado", le propuse, y ella asintió con ojos brillantes. Salimos al aire fresco de la noche, taxis pitando, olor a elotes asados en la calle. Tomamos un Uber a su hotel en Reforma, el trayecto eterno con sus dedos jugando en mi muslo, subiendo peligrosamente. Cuando llegamos, el elevador fue el primer campo de batalla: la empujé contra la pared, la besé con hambre. Sus labios suaves, cálidos, sabían a sal y lima, lengua danzando con la mía en un duelo húmedo. Gemí contra su boca, manos en su culo firme, apretándolo mientras ella se pegaba a mí, sus tetas presionando mi pecho.
En la habitación, luces bajas, cama king size con sábanas blancas crujientes. La desvestí despacio, besando cada centímetro de piel que aparecía. Primero el vestido cayó, revelando lencería roja de encaje que apenas cubría sus pezones duros. Olía a ella ahora, a mujer excitada, ese aroma almizclado que me volvía loco. "Qué rica estás, Aja", murmuré, lamiendo su cuello, sintiendo su pulso acelerado bajo mi lengua.
"Tócame, cariño", susurró con voz temblorosa, guiando mi mano a su entrepierna. Estaba empapada, la tanga mojada pegada a su panocha hinchada. La froté por encima de la tela, círculos lentos, oyendo sus jadeos que llenaban la habitación. Se arqueó, uñas clavándose en mis hombros. La tiré a la cama, le quité la lencería, y me hundí entre sus piernas. Su sabor era salado-dulce, como néctar prohibido. Lamí su clítoris hinchado, chupando suave al principio, luego más fuerte, metiendo dos dedos que entraban y salían con facilidad por sus jugos.
Mierda, qué delicia. Su coño aprieta mis dedos como si no quisiera soltarlos. Quiero follarla ya, pero hay que hacerla rogar un poquito más.
Aja gemía fuerte, "¡Sí, así, no pares, pendejo caliente!", riendo entre quejidos, agarrándome el pelo. Su cuerpo temblaba, caderas moviéndose contra mi boca. La llevé al borde tres veces, deteniéndome cada vez, hasta que suplicó: "Métemela, por favor". Me quité la ropa rápido, mi verga saltando libre, venosa y dura como piedra. Ella la tomó en mano, masturbándome lento, ojos fijos en los míos. "Qué grande, la quiero dentro".
Me puse encima, rozándola primero con la punta, untándome de sus fluidos. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes calientes me envolvían, apretándome. "¡Ay, cabrón!", gritó ella, piernas envolviéndome la cintura. Empecé a bombear, lento al inicio, saboreando cada embestida, el slap-slap de piel contra piel, sudor perlando nuestros cuerpos. El olor a sexo crudo llenaba el aire, mezclado con su perfume. Aceleré, profundo, tocando su punto G, sus tetas rebotando con cada thrust.
Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como amazona, pelo volando, uñas en mi pecho. "¡Me vengo, me vengo!", chilló, cuerpo convulsionando, panocha contrayéndose alrededor de mi verga en oleadas. Eso me llevó al límite. La volteé a cuatro patas, la azoté suave el culo –rojo marcado–, y la follé duro, bolas golpeando su clítoris. "¡Dame todo!", exigió. Exploto dentro, chorros calientes llenándola, gruñendo como animal mientras ella se corría otra vez, gritando mi nombre.
Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. La abracé, besando su frente húmeda, sintiendo su corazón martillando contra el mío. "Eres increíble, Aja Trier", le dije, voz ronca. Ella sonrió perezosa, trazando círculos en mi pecho. "Tú tampoco estás tan mal para un mexicano ardiente". Nos quedamos así, enredados, el aire acondicionado zumbando suave, ciudad rugiendo lejana por la ventana.
Quién iba a pensar que una noche cualquiera terminaría así. Aja Trier, un huracán de placer. Mañana quién sabe, pero esta noche fue chida total.
Al amanecer, con sol filtrándose por las cortinas, hicimos el amor otra vez, lento, sensual, explorando cada rincón. Sus besos mañaneros sabían a promesas, cuerpos moviéndose en ritmo perfecto. Después, desayuno en la cama –chilaquiles del room service, olor a salsa picosa–, riendo de la noche loca. Nos despedimos con un beso largo en el lobby, números intercambiados, pero sabiendo que esto era un recuerdo eterno.
Aja Trier se fue, pero su esencia quedó en mi piel, en mi alma. Una noche que me enseñó que la pasión no avisa, solo llega y te consume. Y yo, listo para más.