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Como Se Llama El Cantante Del Tri En Tu Piel Ardiente

7075 palabras

Como Se Llama El Cantante Del Tri En Tu Piel Ardiente

La noche en el bar de la Condesa estaba cargada de ese humo espeso de cigarrillos y promesas rotas, pero el aire vibraba con las guitarras roncas de El Tri. Me senté en la barra, con mi falda negra ajustada subiendo un poco por mis muslos, y pedí un tequila reposado. El hielo chocaba contra el cristal, fresco y tentador, mientras mis ojos recorrían el lugar. Ahí estaba él, recargado en una esquina, con una playera gastada de la banda, el cabello revuelto y una sonrisa que prometía travesuras. Alto, moreno, con brazos tatuados que hablaban de noches locas y amaneceres calientes.

Me acerqué, sintiendo el pulso acelerado en mi pecho, el calor de mi piel erizándose bajo la blusa de encaje. ¿Qué pedo, carnal? ¿Esa rola que suena es de El Tri, verdad? le dije, inclinándome lo suficiente para que oliera mi perfume de vainilla y jazmín. Él giró la cabeza, sus ojos oscuros clavándose en los míos como un trago de mezcal puro.

"Sí, güey, Triste canción de amor. ¿Cómo se llama el cantante del Tri? Alex Lora, el mero mero del rock mexicano. ¿Tú también eres fan?"

Su voz era grave, ronca como la garganta de un lobo después de cazar. Reí, un sonido juguetón que salió de lo más hondo, y pedí otro trago. "¡Órale! Claro que sí, desde chavita me prende esa onda rebelde. ¿Y tú, cómo te llamas, rockero?" Nos platicamos de conciertos en el Palacio de los Deportes, de cómo Alex Lora escupe verdades que duelen y curan al mismo tiempo. El tequila bajaba ardiente por mi garganta, despertando un cosquilleo en mi vientre que se extendía como fuego lento.

La conversación fluyó como el río de gente bailando al fondo. Sus rodillas rozaban las mías bajo la barra, un toque casual que mandaba chispas por mi espina. Chingón, pensé, este pendejo tiene algo que me hace mojarme nomás de mirarlo. Él se llamaba Marco, y olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, un aroma que me hacía imaginarlo sin camisa, presionado contra mí.

Acto uno se cerraba cuando me invitó a bailar. La pista estaba oscura, luces neón parpadeando sobre cuerpos enredados. Su mano en mi cintura era firme, cálida, dedos hundiéndose en mi carne suave. Bailamos pegados, caderas chocando al ritmo de Abuso de autoridad, su aliento caliente en mi oreja. "¿Sabes qué me gusta de El Tri?", murmuró, su boca rozando mi lóbulo. "Que cantan lo que todos sentimos pero callamos". Mi corazón latía desbocado, pezones endureciéndose contra el encaje, el roce de su pecho contra el mío enviando ondas de placer.

La tensión crecía con cada giro. Sus manos bajaban por mi espalda, deteniéndose en la curva de mis nalgas, apretando lo justo para hacerme jadear. Yo respondía, clavando uñas en sus hombros, sintiendo los músculos tensos bajo la tela. El olor a sexo empezaba a mezclarse con el humo, ese almizcle dulce que sale cuando los cuerpos se llaman. Quiero que me coja aquí mismo, pensé, pero esperé, dejando que el deseo hirviera lento.

¿Vamos a otro lado? propuso, ojos brillando con hambre pura. Asentí, labios hinchados de morderme. Salimos al fresco de la noche, el viento DF lamiendo mi piel húmeda. Su depa estaba a dos cuadras, un loft chiquito con posters de rockeros y una cama king size que gritaba pecado. Apenas cerramos la puerta, sus labios cayeron sobre los míos, un beso feroz, lenguas enredándose como serpientes en celo. Sabía a tequila y a hombre, salado y dulce, mientras sus manos arrancaban botones, exponiendo mis tetas al aire.

Acto dos explotaba en intensidad. Lo empujé contra la pared, quitándole la playera con urgencia. Su torso era un mapa de tatuajes: una calavera sonriente, guitarras entrelazadas. Lamí su piel, salada por el sudor, bajando hasta el ombligo donde el vello oscuro me guiaba más abajo. Él gemía, "¡Puta madre, qué rico!", manos enredadas en mi pelo. Lo arrodillé, desabrochando su jeans, liberando su verga dura, palpitante, venosa como una promesa rota. La tomé en mi boca, el sabor almizclado inundándome, lengua girando alrededor del glande hinchado. Él jadeaba, caderas empujando suave, respetando mi ritmo.

Me levantó como si no pesara, llevándome a la cama. Las sábanas frescas contrastaban con mi piel ardiendo. Me desvistió despacio, besando cada centímetro: cuello, clavículas, pechos donde chupó mis pezones hasta que grité de placer, un sonido gutural que rebotaba en las paredes. Sus dedos exploraron mi coño empapado, resbaladizos de jugos, círculos lentos en mi clítoris que me hacían arquear la espalda.

"Estás chingón de mojada, mi reina. ¿Quieres que te coma?"
Asentí, piernas abiertas como ofrenda.

Su lengua era magia, lamiendo pliegues hinchados, succionando mi botón con hambre voraz. El olor de mi excitación lo envolvía todo, almizcle femenino mezclado con su colonia. Gemí su nombre, Marco, sí, así, caderas moviéndose contra su cara barbuda que raspaba delicioso. El orgasmo vino en olas, mi cuerpo convulsionando, jugos salpicando su barbilla mientras gritaba, uñas clavadas en sus hombros.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, nalgas, separándolas para lamer mi ano con ternura pecaminosa. ¡No mames, qué rico! exclamé, el placer nuevo y prohibido electrificando cada nervio. Se puso condón –siempre responsable, el cabrón– y entró en mí de una embestida lenta, llenándome hasta el fondo. Su verga gruesa estiraba mis paredes, pulsando dentro, mientras sus bolas chocaban contra mi clítoris. Nos movimos en sincronía, sudor goteando, pieles palmoteándose, gemidos mezclándose con el eco lejano de rock en la calle.

La intensidad subía: posiciones cambiantes, yo encima cabalgándolo como amazona, tetas rebotando, sus manos amasando mis nalgas. Él de lado, una pierna mía sobre su cadera, penetrando profundo mientras me masturbaba. El clímax nos alcanzó juntos, mi coño apretándolo como puño, ordeñándolo mientras él rugía, "¡Me vengo, carajo!". Chorros calientes llenaban el condón, mi cuerpo temblando en éxtasis puro, visión nublada por estrellas.

Acto final, el afterglow nos envolvió como sábana tibia. Yacimos enredados, pechos subiendo y bajando al unísono, su semen aún tibio dentro del látex. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Fue chido, ¿verdad? Como una rola de Alex Lora", murmuró, acariciando mi pelo. Reí bajito, piel erizada aún por los ecos del placer.

¿Cómo se llama el cantante del Tri? pensé sonriendo. Alex Lora, pero esta noche, el verdadero cantante era Marco, entonando sinfonías en mi cuerpo. Me acurruqué contra él, oliendo nuestro sexo mezclado, saboreando la sal en su cuello. Mañana sería otro día en esta jungla urbana, pero esta noche, el deseo nos había unido en un himno eterno. El corazón latiendo calmado, pieles pegajosas, supe que repetiríamos. Porque en México, el rock y el sexo van de la mano, carnales y libres.

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