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El Secreto Erótico de la Triada de Reynold

6804 palabras

El Secreto Erótico de la Triada de Reynold

La noche en Polanco bullía con luces neón y risas coquetas. Tú, Sofia, una chava de veintiocho años con curvas que volvían locos a los pendejos del gym, te mecías al ritmo de la salsa en ese bar upscale. El aire olía a tequila reposado y perfume caro, mezclado con el sudor ligero de cuerpos danzantes. Habías venido con tus cuates para desquitarte del pinche estrés del trabajo en la agencia de publicidad, pero algo te picaba adentro, un hambre que no saciaban ni los shots ni las miradas de los vatos guapos.

Entonces lo viste. Reynold, alto, moreno con ojos verdes que parecían prometer pecados deliciosos. Su camisa blanca se pegaba a sus pectorales por el calor húmedo de la noche mexicana, y su sonrisa era puro diablo tentador. Se acercó bailando, su mano rozando tu cintura con una confianza que te erizó la piel. Órale, este wey sabe lo que hace, pensaste, mientras su aliento cálido te susurraba al oído: "¿Has oído de la Triada de Reynold?"

El nombre te sonó como un secreto prohibido, algo que flotaba en rumores entre las morras liberadas de la Condesa. No preguntaste qué era; su mirada te lo decía todo. Aceptaste su invitación a su penthouse en Lomas, el corazón latiéndote como tamborazo zacatecano. En el Uber, su mano descansaba en tu muslo, subiendo despacio, el roce de sus dedos ásperos contra tu falda corta enviando chispas directas a tu entrepierna. Olías su colonia amaderada, mezclada con el aroma salado de su piel, y ya sentías la humedad traicionera entre tus piernas.

Al llegar, el elevador privado subía en silencio, solo roto por vuestras respiraciones agitadas. Reynold te besó por primera vez allí, sus labios firmes devorando los tuyos, lengua juguetona explorando tu boca con sabor a mezcal.

¡Neta, este pendejo besa como dios!
Tus manos se enredaron en su cabello negro, tirando suave mientras él te apretaba contra la pared, su erección dura presionando tu vientre. El ding del elevador os separó, pero la promesa ardía.

El penthouse era un sueño: ventanales con vista a la ciudad iluminada, velas parpadeando en mesas de mármol, y un sofá de cuero negro que invitaba a pecados. Pero no estabas sola con él. Dos figuras emergieron de las sombras: Luna, una morra despampanante con melena rizada hasta la cintura y tetas perfectas bajo un top transparente, y Marco, fornido como luchador pero con ojos tiernos, su torso tatuado brillando bajo la luz tenue. "La Triada de Reynold", murmuró él, presentándolos. "Somos tres, y compartimos todo. ¿Te animas, carnalita?"

Tu pulso se aceleró, un nudo de nervios y excitación en el estómago. ¿Tres? ¡Qué chingón! Nunca he hecho algo así, pero neta se me antoja. Luna se acercó primero, su perfume floral envolviéndote, manos suaves deslizándose por tus brazos. "Relájate, reina", ronroneó con voz como terciopelo, besándote el cuello mientras Marco observaba, palmeándose la verga ya hinchada bajo los jeans. Reynold te quitó la blusa despacio, exponiendo tus chichis al aire fresco, pezones endureciéndose al instante. El sonido de sus respiraciones profundas llenaba el cuarto, mezclado con el zumbido lejano de la ciudad.

Te llevaron al sofá, un mar de manos explorando. Luna te besó, labios suaves y húmedos, lengua danzando con la tuya mientras saboreabas su gloss de fresa. Reynold se arrodilló, bajando tu falda y tanga, su aliento caliente sobre tu panocha depilada. ¡Ay, cabrón, qué rico! Sus dedos abrieron tus labios húmedos, rozando el clítoris hinchado, enviando ondas de placer que te arquearon la espalda. Marco se unió, chupando tus tetas, dientes mordisqueando suave los pezones, tirones que dolían rico y te mojaban más.

La tensión crecía como tormenta veraniega. Te recostaron, Luna a horcajadas sobre tu cara, su concha rosada y jugosa bajando hasta tu boca. Olía a deseo puro, salado y dulce, y la lamiste con ganas, lengua hundida en sus pliegues mientras ella gemía "¡Sí, así, mamacita!". Reynold te penetró entonces, su verga gruesa y venosa abriéndote centímetro a centímetro, el estirón delicioso haciendo que gritaras contra la carne de Luna. Cada embestida era un choque húmedo, piel contra piel, el slap-slap resonando como aplausos obscenos. Marco se masturbaba viéndoos, pre-semen goteando de su punta roja.

Intercambiaron posiciones con maestría, como si la Triada de Reynold fuera un ritual bien aceitado. Ahora tú cabalgabas a Marco, su polla ancha llenándote hasta el fondo, bolas peludas golpeando tu culo mientras rebotabas. El sudor nos unía, resbaloso y salado en la lengua cuando lamías el pecho de Reynold. Luna se frotaba contra tu espalda, dedos en tu clítoris, susurrando "Eres nuestra ahora, putita deliciosa". El cuarto apestaba a sexo: almizcle de coños mojados, semen fresco, piel caliente. Tus gemidos se volvían gritos, "¡Más, pendejos, fóllanme más!", el orgasmo construyéndose como volcán.

Reynold te volteó a cuatro patas, entrando por atrás mientras Marco te llenaba la boca, su verga pulsando contra tu garganta. Luna debajo, lamiendo donde os uníais, lengua en tus labios y las bolas de Reynold. El placer era abrumador: el sabor salado de Marco, el roce áspero de su pubis en tu nariz, la fricción profunda de Reynold golpeando tu punto G, dedos de Luna en tu ano juguetón.

No puedo más, voy a explotar, ¡qué chido es esto!
Tus paredes se contrajeron, jugos chorreando por tus muslos, el clímax golpeando como rayo, cuerpo temblando en espasmos interminables.

Ellos no pararon. Reynold gruñó primero, llenándote de leche caliente que salpicaba adentro, goteando fuera. Marco explotó en tu boca, semen espeso y amargo que tragaste con gusto, restos en tus labios. Luna se corrió frotándose contra tu pierna, chillidos agudos mientras su squirt mojaba el cuero. Os derrumbasteis en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. El aire ahora cargado de post-sexo: fluidos secándose, pieles pegajosas, sonrisas satisfechas.

Reynold te besó la frente, " Bienvenida a la Triada de Reynold, Sofia. Esto es solo el principio". Luna te acurrucó, tetas suaves contra tu espalda, Marco masajeando tus pies cansados. Te sentías empoderada, llena, como si hubieras descubierto un pedazo de ti misma en ese torbellino de placer. Neta, qué nochecita. Mañana vuelvo por más, estos carnales son oro. La ciudad brillaba afuera, pero adentro, el calor de sus cuerpos te arrullaba hacia un sueño profundo, con promesas de más tríadas ardientes.

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