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Carneys Triad

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Carneys Triad

La feria de Guadalajara bullía de vida esa noche de verano. Las luces de los juegos mecánicos parpadeaban como estrellas caídas, tiñendo el aire de rojos y azules eléctricos. El olor a elotes asados y churros fritos se mezclaba con el perfume dulce del algodón de azúcar, mientras la banda tocaba un corrido ranchero que hacía vibrar el suelo bajo mis pies. Yo, Ana, había venido sola, buscando un poco de emoción después de una semana agobiante en la oficina. Neta, necesito algo que me saque del pedo, pensé, mientras zigzagueaba entre la gente, mi falda corta rozando mis muslos con cada paso.

Entonces los vi. Tres figuras destacaban entre los ferieros: alto, moreno y con esa sonrisa pícara que grita trouble. Eran los Carneys, dueños de la atracción del carrusel antiguo. Él, Marco, con su camisa desabotonada dejando ver un pecho tatuado con un caballo galopante; ella, Lupe, curvas de infarto envueltas en un top ajustado y shorts que apenas cubrían su culazo; y el otro, su carnal Ricky, flaco pero fibroso, con ojos verdes que te desnudan con la mirada. Se decían Carneys Triad, un trío inseparable que montaba el carrusel y rumores decían que compartían mucho más que el negocio familiar.

Órale, mamacita, ¿vienes a dar una vuelta? —me gritó Marco desde la boletera, su voz ronca cortando el ruido de la feria.

Me acerqué, el corazón latiéndome como tambor.

¿Qué chingados estoy haciendo? Tres juntos... pero se ven tan chidos, tan libres.
Lupe se rio, su risa como cascabeles, y me tendió un boleto gratis.

—Pásale, guapa. En el Carneys Triad, las vueltas son inolvidables.

Subí al carrusel, el madera crujiendo bajo mi peso. Ellos tres manejaban: Marco giraba la manivela, sus bíceps hinchándose; Ricky ajustaba las luces, su sudor brillando bajo los focos; Lupe se paró a mi lado, su mano rozando mi brazo accidentalmente. O no tan accidental. El carrusel empezó a girar lento, la música envolviéndonos, y sentí su aliento cálido en mi cuello.

¿Primera vez en la feria? —preguntó ella, su perfume a vainilla y piel caliente invadiendo mis sentidos.

—Sí... pero no en tríos —respondí coqueta, sorprendida de mi propia audacia.

Al bajar, me invitaron a su tráiler detrás de las atracciones. El deseo ya picaba en mi vientre, una tensión dulce como el caramelo pegajoso en mis dedos.

El tráiler era un nido acogedor: posters de ferias pasadas, una cama king size con sábanas revueltas, olor a tabaco y algo más primitivo, como feromonas flotando. Marco sirvió chelas frías, el vidrio empañado goteando condensación. Nos sentamos en círculo, las rodillas tocándose. Ricky contó anécdotas de la vida carney: viajes por todo México, noches locas bajo las estrellas.

—Somos el Carneys Triad —dijo Lupe, su mano en mi muslo ahora deliberada—. Compartimos todo. El carrusel, las risas... y el placer.

Mi pulso se aceleró. ¿De veras? ¿Yo con ellos? Neta se siente tan cabrón de bien. Marco se inclinó, sus labios rozando los míos en un beso suave al principio, probando, como el primer bocado de un tamal humeante. Sabía a cerveza y menta. Respondí, mi lengua danzando con la suya, mientras Lupe besaba mi cuello, sus dientes mordisqueando suave.

Las manos de Ricky subieron por mis piernas, desabrochando mi blusa con dedos hábiles de feriero. El aire fresco del ventilador contrastaba con el calor de sus cuerpos. Me quitaron la falda, mis bragas de encaje quedando expuestas. Lupe las bajó lento, su aliento caliente en mi panocha ya húmeda.

Estás chingona, Ana. Mira cómo brilla tu conchita —susurró ella, y su lengua lamió mi clítoris, un relámpago de placer que me arqueó la espalda.

Marco se desnudó, su verga gruesa y venosa saltando libre, palpitando. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero duro, el olor almizclado de su excitación llenando el tráiler. Ricky se unió, su pinga más larga, curva perfecta. Las chupé alternando, salada pre-semen en mi lengua, gemidos roncos de ellos como música de banda amplificada.

La tensión crecía como la feria al anochecer: lenta, hipnótica, inevitable. Lupe se quitó la ropa, sus tetazas rebotando, pezones oscuros duros como chiles. Me acostó en la cama, abriendo mis piernas. Marco se posicionó detrás de ella, embistiéndola doggy mientras ella me comía. Sentí sus tetas contra mis muslos, su lengua girando, succionando. Ricky besaba mi boca, ahogando mis gritos.

El ritmo se aceleró. El tráiler se mecía como el carrusel, crujidos de resortes mezclándose con jadeos.

Esto es puro vicio, pero qué rico. Sus cuerpos, sus olores, todo me enciende.
Cambiamos posiciones: yo encima de Marco, su verga llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Lupe se sentó en su cara, él lamiéndola voraz, sus jugos goteando en su barba. Ricky entró por atrás, lubricado con mi saliva, su punta presionando mi ano virgen pero ansioso.

Despacio, carnal, pero no pares —gemí, el ardor convirtiéndose en éxtasis doble. Sentía sus venas pulsando dentro, fricción ardiente, sudor resbalando por espaldas. Lupe se masturbaba viéndonos, sus dedos chapoteando en su coño empapado.

El clímax se acercaba como el gran finale de fuegos artificiales. Marco gruñó primero, su leche caliente inundándome, contracciones ordeñándome. Ricky se corrió segundos después, llenando mi culo con chorros calientes que chorreaban. Lupe gritó, squirt salpicando mi piel, su sabor salado en mis labios cuando la besé.

Yo exploté última, olas de placer rasgándome, visión borrosa, cuerpo temblando como en un terremoto. Gritos ahogados, pieles pegajosas, el olor a sexo crudo impregnando todo.

Nos derrumbamos en un enredo de miembros sudorosos, pechos subiendo y bajando. Marco me acarició el pelo, Lupe trazó círculos en mi vientre, Ricky besó mi hombro. La feria seguía rugiendo afuera, pero aquí adentro era paz.

Únete al Carneys Triad cuando quieras, Ana —murmuró Marco, su voz perezosa.

Sonreí, el afterglow envolviéndome como una manta tibia. Neta, esto cambia todo. La feria nunca será igual. Salí al amanecer, piernas flojas, el sol pintando el cielo de rosa. Llevaba su esencia en mi piel, un secreto ardiente para atesorar.

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