Mi Esposa Quiere un Trío con Otra Mujer
Era una noche calurosa en nuestra casa en Polanco, con el aire cargado del aroma a jazmín del jardín y el lejano rumor del tráfico de la Ciudad de México. Yo, Alejandro, estaba recostado en el sofá con una chela fría en la mano, viendo un partido de las Águilas, cuando mi esposa, Laura, entró al living con esa sonrisa pícara que siempre me pone la piel chinita. Llevaba un vestido negro ajustado que marcaba sus curvas perfectas, sus tetas firmes y ese culazo que me volvía loco desde el día que nos casamos hace cinco años.
Órale, carnal, esta noche va a estar buena, pensé mientras la veía caminar con ese meneo de caderas que parecía hipnótico. Se sentó a mi lado, cruzó las piernas y me quitó la chela para darle un trago largo.
"Ale, neta que te quiero decir algo", murmuró, con la voz ronca y los ojos brillando como si hubiera descubierto un secreto chingón. Su mano se posó en mi muslo, subiendo despacito, y sentí el calor de su palma a través del pantalón. El olor de su perfume, mezcla de vainilla y algo más salvaje, me invadió las fosas nasales.
"Dime, mi reina, ¿qué traes en la cabeza?", le pregunté, apagando la tele porque ya nada me importaba más que ella.
Se acercó, su aliento cálido rozando mi oreja. "Mi esposo, mi esposa quiere un trío con otra mujer. ¿Qué te parece? Llevo rato fantaseando con eso, con sentir otra chava tocándome, lamiéndome, mientras tú nos ves y te unes".
Mi verga se paró de volada, como si le hubieran dado un chispazo. El corazón me latía a mil, y un nudo de excitación y celos se me formó en el estómago.
¿En serio? ¿Laura, mi Laura tan recatada en la cama, quiere una mamacita extra?Imaginé sus labios carnosos en los de otra, sus lenguas enredándose, y el pulso se me aceleró. "Neta, mi amor? ¿Estás segura? No quiero que sea puro pedo", le dije, pero ya mi mano estaba en su nalga, apretándola suave.
"Sí, pendejo, neta que sí. Vamos a un antro esta noche, buscamos una chava guapa, consentida, y la traemos pa'cá. Todo chido, sin compromisos". Su risa fue como música, juguetona y caliente, y me besó con hambre, su lengua saboreando a cerveza y deseo puro.
Salimos al Antro La Maraka, en la Zona Rosa, con luces neón parpadeando y reggaetón retumbando en los pechos. El sudor de la gente mezclándose con colonia barata y feromonas. Bailamos pegaditos, sus tetas contra mi pecho, mi verga dura rozando su panocha a través de la tela. Entonces la vimos: Carla, una morra de unos 28, con pelo negro largo, labios rojos y un cuerpo de infarto en un top escotado y falda corta. Nos miró con ojos de fuego, y Laura le guiñó un ojo.
"Órale, esa es", susurró mi esposa, y fuimos por ella. Charlamos, reímos, tomamos shots de tequila que quemaban la garganta como lava. Carla era de Guadalajara, tapatía pura, con acento juguetón y manos que no paraban de tocar. "Me late su propuesta, carnales. Vamos a su casa, ¿va?". Todo fluyó natural, como si el universo nos la hubiera puesto en el camino.
De regreso en el carro, el aire estaba espeso de anticipación. Laura en el asiento de atrás con Carla, riendo bajito, y yo escuchando besos húmedos, lenguas chupando. Pinche suerte la mía, pensé, con la verga a punto de reventar el pantalón. Llegamos a casa, y apenas cerramos la puerta, las luces bajas del comedor iluminando sus siluetas.
Laura tomó la iniciativa, como la reina que es. Se acercó a Carla y le besó el cuello, lento, con mordiditas que hicieron que la tapatía gimiera bajito, un sonido ronco y delicioso que me erizó la piel. "Quítate la ropa, mi amor", le ordenó a Carla, y ella obedeció, dejando caer el top. Sus tetas eran perfectas, pezones duros como piedras, oliendo a sudor dulce y loción de coco.
Yo me quedé viendo, hipnotizado, el corazón tronándome en el pecho. Mi esposa se hincó frente a Carla, besándole el ombligo, bajando despacio hasta la tanga empapada. El aroma a panocha excitada llenó la habitación, almizclado y adictivo. Laura metió la lengua, lamiendo suave al principio, y Carla arqueó la espalda, gimiendo "¡Ay, qué rico, chiquita!". Sus jugos brillaban en la boca de mi esposa, y yo no aguanté más: me quité la ropa, mi verga saltando libre, venosa y palpitante.
Esto es un sueño, pinche paraíso, pensé mientras me acercaba. Laura me miró con ojos lujuriosos, su cara manchada de Carla. "Ven, mi rey, chúpame tú a mí mientras yo la como a ella". Nos movimos al sofá, un enredo de cuerpos sudorosos. Yo levanté el vestido de Laura, su panocha calva y mojada reluciendo. La olí primero, ese olor inconfundible a mujer en celo, y la devoré. Mi lengua en su clítoris hinchado, saboreando su salado dulce, mientras ella gemía contra la concha de Carla.
La tensión subía como la marea. Carla se volteó, poniéndose en cuatro, y Laura le metió dos dedos, bombeando rápido, el sonido chapoteante llenando el aire junto con jadeos y "¡Más, cabronas!". Yo me posicioné detrás de mi esposa, frotando mi verga en su entrada resbalosa. Entré de un empujón suave, sintiendo sus paredes apretándome como un guante caliente. "¡Sí, Ale, cógemela duro!", gritó, y empecé a clavarla, mis huevos chocando contra su clítoris.
Carla se giró y nos besó a los dos, su lengua en mi boca probando a Laura, manos en mis huevos masajeando. Cambiamos posiciones: Carla encima de mí, su panocha tragándose mi verga entera, caliente y apretada como terciopelo húmedo. Subía y bajaba, tetas rebotando, sudor goteando en mi pecho. Laura se sentó en mi cara, moliendo su coño contra mi lengua, sus jugos ahogándome deliciosamente. El olor a sexo era abrumador, mezclado con el perfume y el sudor fresco.
"¡Me vengo, pinches!", chilló Carla primero, su cuerpo temblando, panocha contrayéndose alrededor de mi pija, ordeñándome. Laura la siguió, gritando mi nombre mientras su orgasmo la sacudía, chorros calientes en mi boca. Yo no pude más: embestí una última vez, explotando dentro de Carla, semen espeso llenándola, el placer cegándome como un rayo.
Caímos en un montón jadeante, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas. El silencio roto solo por nuestros suspiros y el tictac del reloj. Laura me besó, luego a Carla, y las tres bocas se unieron en un beso lento, saboreando el aftermath.
"Gracias, mi amor. Mi esposa quiere un trío con otra mujer y lo logramos perfecto", murmuró Laura, acurrucada en mi pecho. Carla sonrió, "Neta chingón, carnales. Repetimos cuando quieran". Se quedó un rato más, charlando, riendo, pero al final se fue con un beso y promesa de más.
En la cama, solos, Laura y yo nos abrazamos. Su piel aún tibia, oliendo a nosotros tres. Esto nos unió más, la hizo sentir poderosa, y a mí el hombre más afortunado. "Te amo, mi reina", le dije, y nos dormimos con el eco de gemidos en la mente, sabiendo que nuestra vida sexual acababa de subir de nivel.