Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo La Cancion I Tried So Hard La Cancion I Tried So Hard

La Cancion I Tried So Hard

6601 palabras

La Cancion I Tried So Hard

Estaba en la azotea de mi depa en la Roma, con el skyline de la CDMX brillando como diamantes bajo la luna llena. La fiesta de Marco estaba en su apogeo, con chelas frías sudando en las manos de todos, el humo de los cigarros electrónicos flotando como niebla sensual y la música retumbando desde los bocinas. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, había llegado pensando que solo iba a pasar el rato, pero desde que vi a Marco recargado en la barandilla, con su camisa negra ajustada marcando esos pectorales que me volvían loca, supe que la noche iba a complicarse. Órale, no mames, Ana, contrólate, me dije, mientras el calor de la noche me hacía sudar bajo mi vestido rojo ceñido.

Marco era mi carnal del gym, el wey que siempre me guiñaba el ojo en las pesas y me hacía reír con sus chistes pendejos. Pero últimamente, cada mirada suya me erizaba la piel, como si su aliento caliente ya me rozara el cuello. Caminé hacia él con una cerveza en la mano, el hielo tintineando contra el vidrio. ¡Qué onda, mamacita! ¿Ya te cansaste de bailar sola? me soltó con esa sonrisa chueca que me deshacía. Su voz grave vibró en mi pecho, y olí su colonia, esa mezcla de madera y especias que me hacía cerrar los ojos.

Nos quedamos platicando, riendo de tonterías, pero el aire entre nosotros se cargaba como antes de una tormenta. De pronto, la playlist cambió y empezó a sonar la canción I Tried So Hard, ese rap crudo que habla de pelear contra uno mismo, de intentarlo tanto que al final te rindes. Las luces se atenuaron, el beat pesado latió en mis venas, y Marco me jaló de la mano hacia el centro de la azotea. Ven, baila conmigo, murmuró, su aliento cálido contra mi oreja. Mi corazón tronó como tambores, y sentí sus caderas pegarse a las mías al ritmo.

Intenté tan duro resistirme, wey. Esa canción me taladraba la cabeza: "I tried so hard", y yo aquí, sintiendo su verga endurecerse contra mi culo. No, Ana, no caigas, es solo un amigo...

Acto uno del desastre: su mano en mi cintura, bajando despacio hasta mi cadera, apretando la tela del vestido. El sudor nos unía, piel contra piel donde el escote dejaba ver mis tetas subiendo y bajando. Olía a él, a deseo puro, y probé el salado de su cuello cuando me acerqué fingiendo un tropiezo. Estás cañona esta noche, gruñó, y sus labios rozaron los míos por accidente. O no tanto. La tensión era un cable vivo, chispeando.

La fiesta seguía, pero nosotros ya estábamos en nuestro mundo. Bajamos al depa, pretextando buscar más hielos, pero sabíamos que era puro pretexto. El pasillo oscuro olía a incienso y a las velas que alguien había encendido. Marco cerró la puerta de su recámara con un clic que sonó como promesa. La habitación era un nido: cama king con sábanas negras revueltas, luz tenue de una lámpara que pintaba sombras en sus brazos tatuados. Se acercó lento, como depredador, y yo retrocede hasta chocar con la pared. ¿Qué pasa, Ana? ¿Te da miedo? Su dedo trazó mi clavícula, bajando al valle entre mis pechos. Mi respiración se aceleró, el pecho ardiendo.

La canción I Tried So Hard seguía sonando bajito desde el estéreo del pasillo, como un eco de mi lucha interna. Intenté empujarlo suave, jugar a la difícil. Marco, no sé si... Pero él me calló con un beso hambriento, labios carnosos devorando los míos, lengua invadiendo con sabor a tequila y menta. Gemí contra su boca, mis manos enredándose en su pelo corto. Se sentía tan chingón, su cuerpo duro presionándome, la erección palpitando contra mi vientre. Le mordí el labio inferior, saboreando la sangre dulce, y él rugió bajito, Pinche diosa.

El medio tiempo se volvió fuego lento. Me quitó el vestido con dedos temblorosos, besando cada centímetro de piel que liberaba. El aire fresco de la habitación erizó mis pezones, duros como piedras, y él los lamió con devoción, chupando uno mientras pellizcaba el otro. Qué tetotas tan ricas, murmuró, voz ronca. Yo arqueé la espalda, oliendo mi propia excitación mezclada con su sudor. Mis uñas arañaron su espalda, bajando a desabrocharle el cinturón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precum que lamí de la punta como helado derretido. Salado, amargo, adictivo. ¡Métetela, cabrón! le exigí, pero él sonrió pícaro. Aún no, mi reina. Quiero hacerte volar primero.

Me tumbó en la cama, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Sus manos expertas separaron mis muslos, inhalando profundo mi aroma. Hueles a sexo puro, Ana. Su lengua atacó mi clítoris, círculos lentos que me hicieron jadear, piernas temblando. El sonido húmedo de su boca chupando mi panocha era obsceno, perfecto. Introdujo dos dedos, curvándolos contra mi punto G, y yo grité, ¡Sí, así, no pares, pendejo!. El orgasmo me azotó como ola, jugos empapando su barbilla, cuerpo convulsionando mientras veía estrellas en el techo.

I tried so hard song... intenté tan duro no amarlo, no perderme en él. Pero ya valió, estoy jodida de placer.

Él se incorporó, ojos negros brillando de lujuria. Ahora sí, mírame. Me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Madre santa, qué vergón tan grueso! El estiramiento ardía delicioso, sus bolas chocando contra mi culo con cada embestida. Nos movíamos al ritmo de nuestros jadeos, piel resbalosa de sudor, el colchón crujiendo como testigo. Lo monté después, rebotando sobre él, tetas saltando, sus manos amasando mi culo. ¡Chíngame más duro! le ordené, y él obedeció, caderas subiendo como pistón. El olor a sexo impregnaba todo, grueso y embriagador.

La intensidad creció, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose. Me vengo, Ana... contigo, gruñó. Grité su nombre, el clímax explotando en cascada, leche caliente llenándome mientras él pulsaba dentro. Colapsamos, entrelazados, respiraciones entrecortadas sincronizándose. Su beso post-sexo fue tierno, lengua perezosa explorando.

Después, en el afterglow, la canción I Tried So Hard se apagó a lo lejos. Yacíamos desnudos, su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su pelo húmedo. ¿Y ahora qué, wey? susurré, vulnerable. Él levantó la vista, ojos suaves. Ahora lo que queramos, sin intentar tan duro pelearlo. Reí bajito, el corazón lleno. La noche de la CDMX susurraba afuera, pero aquí, en su cama, todo era paz y promesas calientes. Intenté tan duro resistir, pero qué chido rendirse al placer.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.