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La Cara Tri que Enciende el Fuego

6924 palabras

La Cara Tri que Enciende el Fuego

Estás en la playa de Playa del Carmen, el sol ya se ha escondido pero el calor sigue pegando como si no quisiera soltarte. La arena tibia se te mete entre los dedos de los pies, y el sonido de las olas rompiendo contra la orilla se mezcla con el ritmo pesado del reggaetón que retumba desde los altavoces de la fiesta. Hay olor a mar salado, a coco de los cocteles y a carne asada de algún puesto cercano. Tomas un trago de tu chela fría, el vidrio empañado por el sudor, y ahí la ves: una morra con una cara tri que te deja clavado en el sitio.

Su cara tri es lo primero que te atrapa, afilada como un triángulo perfecto, con pómulos altos, labios carnosos pintados de rojo fuego y ojos oscuros que brillan bajo las luces de neón. Es trigueña, con esa piel dorada que huele a sol y vainilla desde lejos. Lleva un vestido corto que se pega a sus curvas como segunda piel, moviéndose al ritmo de la música como si el mundo entero fuera suyo.

¡Órale, wey, esta chava está cañona! ¿Será que se me hace?
piensas, mientras tu pulso se acelera y sientes un cosquilleo en el estómago que baja directo al sur.

Te acercas con una sonrisa confiada, el corazón latiéndote a mil. "Qué onda, preciosa, ¿bailas o qué?", le dices, alzando la voz por encima del dembow. Ella te mira de arriba abajo, sus labios se curvan en una sonrisa pícara. "Simón, güero, pero solo si me sigues el paso", responde con esa voz ronca que te eriza la piel. Se llama Cara, pero todos la llaman Cara Tri por esa cara suya tan marcada, tan hipnótica. Bailan pegados, su culo redondo presionando contra tu entrepierna, el sudor de su cuello brillando bajo las luces. Sientes el calor de su cuerpo, el roce de su cabello largo rozándote el brazo, y inhalas su aroma: sal, perfume dulce y algo más primitivo, como deseo puro.

La tensión crece con cada canción. Sus manos suben por tu pecho, dedos juguetones que te arañan suave la camisa. Tú le rodeas la cintura, sintiendo la suavidad de su piel bajo la tela fina. "Estás bien rico, ¿eh?", murmura ella cerca de tu oreja, su aliento cálido oliendo a tequila y menta. Te besa el lóbulo, un toque eléctrico que te hace gemir bajito.

No mames, esta cara tri me va a matar de la buena manera
, te dices, mientras tu verga se pone dura como piedra contra sus nalgas. La fiesta sigue, pero para ti ya no existe nada más que ella.

Después de unas chelas más y risas compartidas sobre tonterías –ella contando cómo odia a los "pendejos" que no saben mover el culo–, te invita a su cabaña en la playa. "Ven, quiero mostrarte algo chido", dice guiñándote el ojo. Caminan por la arena fría ahora, de la mano, el viento trayendo el eco de la música lejana. La cabaña es sencilla pero cozy, con hamaca afuera y velas encendidas adentro que llenan el aire de olor a jazmín y cera derretida.

Entra primero, te jala del brazo y cierra la puerta con un clic que suena como promesa. Se voltea, su cara tri iluminada por la luz suave, y te besa con hambre. Sus labios son suaves, calientes, saben a tequila dulce y sal del mar. Tu lengua encuentra la suya, bailando lento al principio, luego feroz. Manos por todos lados: las tuyas bajando por su espalda hasta apretar esas nalgas firmes, las de ella desabotonando tu camisa con urgencia. Sientes su piel ardiente, suave como seda morena, y el latido de su corazón contra tu pecho.

"Quítate todo, papi", ordena juguetona, mordiéndote el cuello mientras te empuja a la cama king size cubierta de sábanas blancas crujientes. Obedeces, tu polla saltando libre, palpitante y lista. Ella se quita el vestido en un movimiento fluido, revelando tetas perfectas, pezones oscuros endurecidos, y un tanga negro que apenas cubre su coño depilado.

¡Chingado, qué mamacita! Su cara tri arriba de ese cuerpo es letal
. Se sube encima, rozando su humedad contra ti, untándote con sus jugos calientes y pegajosos. El olor a excitación llena la habitación, almizclado y dulce, mezclado con su perfume.

La besas por todo el cuerpo: cuello salado, clavícula que sabe a sudor limpio, tetas que llenan tu boca con sabor a piel tostada. Chupas sus pezones, oyendo sus gemidos roncos –"¡Ay, sí, wey, así!"– mientras ella arquea la espalda, clavándote las uñas en los hombros. Baja despacio, su cara tri cerca de tu verga, ojos fijos en los tuyos con picardía. "Mira qué rica la traes", dice antes de lamerte desde la base hasta la punta, lengua caliente y húmeda enrollándose como serpiente. El placer te sacude, su boca succionando fuerte, saliva chorreando, sonidos chapoteantes que te vuelven loco. La agarras del pelo, suave y sedoso, guiándola sin forzar, solo disfrutando.

No aguantas más. "Ven aquí, Cara Tri", gruñes, jalándola arriba. Ella se monta a horcajadas, frotando su clítoris hinchado contra tu punta. "Dime que la quieres", susurra, su voz temblorosa de deseo. "¡La quiero toda, mamacita!", respondes, y ella se hunde despacio, centímetro a centímetro, su coño apretado y mojado envolviéndote como guante de terciopelo caliente. Gime alto, cabeza echada atrás, tetas rebotando mientras cabalga. Sientes cada contracción, el calor líquido, el slap slap de piel contra piel. El aire huele a sexo puro, sudor y placer.

Cambian posiciones: tú arriba, embistiéndola profundo, sus piernas alrededor de tu cintura tirando más adentro. "¡Más fuerte, pendejo, no pares!", grita ella, riendo entre jadeos, empoderada y salvaje. Su cara tri está sonrojada, labios hinchados, ojos medio cerrados en éxtasis. Tocas su clítoris con el pulgar, sintiendo cómo palpita, y ella explota primero: cuerpo temblando, coño apretándote como vicio, chorros calientes mojando las sábanas. "¡Me vengo, chingado!", aúlla, uñas en tu espalda dejando marcas rojas ardientes.

Te corres segundos después, llenándola con chorros calientes, el orgasmo sacudiéndote como ola gigante. Colapsas sobre ella, respiraciones entrecortadas sincronizadas, pieles pegajosas unidas por sudor y fluidos. Besas su cara tri, ahora relajada y brillante, oliendo a ti y a ella mezclados.

Se quedan así un rato, abrazados en la cama revuelta, el sonido de las olas como arrullo. "Eso estuvo chingón, wey", dice ella acariciándote el pecho, voz perezosa y satisfecha. "Simón, tu cara tri es adictiva", respondes, riendo bajito. Hablan de tonterías –de volver a verse, de playas más privadas–, pero sientes que esto es más que una noche. El deseo inicial se ha transformado en algo cálido, conexión real bajo la lujuria. Ella se acurruca contra ti, su calor envolviéndote, y cierras los ojos con una sonrisa, sabiendo que esta Cara Tri ha encendido un fuego que no se apaga fácil.

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