Para Que Es El Bedoyecta Tri En El Fuego De Nuestra Piel
Estaba muerta de cansancio después de un pinche día en la oficina, con el sol de México City pegándome en la cara mientras manejaba de regreso a casa. Mi cuerpo pesaba como plomo, las piernas me dolían y hasta el alma se me sentía floja. Llegué al depa, un lugarcito chido en Polanco con vista al skyline, y ahí estaba él, mi carnal, mi amor, Juan, preparando la cena con ese olor a carnitas fritas que me hacía la boca agua. Me vio entrar y de inmediato supo qué traía.
—Órale, mi reina, ¿qué te pasó? Estás más apagada que vela quemada.
Me dejé caer en el sofá de piel suave, sintiendo cómo se amoldaba a mi cuerpo exhausto. El aroma de las especias flotaba en el aire, mezclado con su colonia fresca, esa que siempre me ponía a volar. Le conté del día de mierda, de las juntas eternas y el tráfico que no acaba. Él sonrió con esa picardía suya, se acercó y me besó la frente, su aliento cálido rozándome la piel.
—No te apures, mija. Tengo justo lo que necesitas. ¿Sabes para qué es el Bedoyecta Tri?
Lo miré con cara de ¿qué pedo? Nunca había oído de esa chingadera. Me dijo que era un complejo de vitaminas B inyectable, para darte un chingo de energía, para que tus nervios se pongan firmes y dejes de sentirte como zombie. Sacó la jeringa del refri, lista y fría al tacto cuando la tomó. Me explicó que en México la usan un buen para el estrés, el cansancio, hasta para que el cuerpo despierte de verdad. Me convenció fácil, neta, con esa voz ronca que me derrite.
Me remangué la blusa, él desinfectó mi nalga con alcohol que olía punzante, y zas, la aguja entró suave. Sentí el líquido fresco colándose en mi músculo, un ardor chiquito que se expandió como fuego lento. No dolía, al contrario, era como si me inyectaran vida pura. Me quedé ahí, recostada, mientras el calor subía por mi pierna, se metía en mi vientre y me hacía cosquillas en el pecho. Juan me masajeó el sitio, sus dedos fuertes hundiéndose en mi carne, y de pronto, el cansancio se evaporó. Mi piel se erizó, el corazón me latió más rápido, y una humedad traicionera empezó a formarse entre mis piernas.
Acto uno cerrado, pero el deseo apenas despertaba. Lo miré con ojos nuevos, hambrienta. Su camiseta ajustada marcaba esos pectorales que tanto me gustan, y el bulto en sus jeans ya se notaba. ¿Qué me estaba pasando?
La cena quedó olvidada. Me paré, lo jalé de la mano hacia la recámara, el piso de madera crujiendo bajo nuestros pies. La luz tenue de las velas que él siempre prende pintaba sombras danzantes en las paredes blancas. Olía a sábanas frescas de algodón egipcio y a su sudor ligero, ese que me enloquece. Nos besamos como posesos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y deseo puro. Mis manos bajaron a su verga, ya dura como piedra bajo la tela, palpitando contra mi palma.
—Neta, mi amor, ¿para qué es el Bedoyecta Tri? —jadeé entre besos—. Porque me sientes cómo me prende.
—Para esto, pendejita —rió él, mordiéndome el labio—. Para que te pongas como fiera y me folles hasta el amanecer.
Me quitó la blusa despacio, sus labios trazando un camino ardiente por mi cuello, bajando a mis tetas. Las lamió con hambre, el sonido húmedo de su lengua contra mis pezones endurecidos resonando en la habitación. Yo gemía bajito, arqueando la espalda, sintiendo cada roce como electricidad. Mi panocha se empapaba más, el calor del Bedoyecta Tri convirtiéndose en lava entre mis muslos. Le bajé los jeans, liberando esa verga gruesa, venosa, que olía a hombre puro. La chupé despacio al principio, saboreando la sal de su prepucio, el pulso acelerado en mi lengua. Él gruñía, enredando los dedos en mi pelo, empujándome suave para que la tragara más hondo.
La tensión crecía como tormenta. Lo empujé a la cama, me quité el calzón empapado, el aire fresco besando mi coño mojado. Me subí encima, frotándome contra él, lubricándonos mutuamente. Sus manos en mis nalgas, amasándolas, el slap de piel contra piel. Lo quería dentro, ya. Pero esperé, torturándonos. Le mordí el pecho, dejando marcas rojas, mientras mis caderas giraban en círculos lentos. El olor a sexo llenaba el cuarto, almizclado y dulce, mezclado con el jazmín de mi perfume.
Él volteó las tornas, poniéndome bocabajo. Sus dedos exploraron mi raja, abriéndome, rozando mi clítoris hinchado.
—Estás chorreando, mi vida —susurró, su aliento caliente en mi oreja—. El Bedoyecta Tri te despertó la bestia.Metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el spot que me hace ver estrellas. Bombeó lento, luego rápido, el sonido chapoteante de mi jugo volviéndome loca. Yo empujaba contra su mano, gimiendo su nombre, el sudor perlando mi espalda.
La intensidad subía, mis nervios vibrando como cuerdas de guitarra. Lo volteé de nuevo, guié su verga a mi entrada. Entró de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. El dolor placer mezclado me arrancó un grito. Cabalgamos duros, mis tetas rebotando, sus manos guiándome. Cada embestida era un trueno, su pubis chocando mi clítoris, el roce perfecto. Sudábamos juntos, piel resbalosa, bocas abiertas en jadeos. Sentía su grosor pulsando dentro, mi interior contrayéndose.
El clímax nos alcanzó como avalancha. Yo primero, explotando en oleadas, mi coño apretándolo como puño, chorros de placer escapando. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, gruñendo como animal. Colapsamos, entrelazados, el corazón tronando al unísono. Su semen goteaba de mí, cálido en mis muslos.
En el afterglow, nos quedamos así, respirando hondo. El cuarto olía a nosotros, a sexo crudo y satisfecho. Él me acarició el pelo, besándome la sien.
—Ves, ¿para qué es el Bedoyecta Tri? Para noches como esta, mi reina.
Reí bajito, sintiéndome viva, empoderada, conectada. Mañana pediría más, pero esta noche, en sus brazos, era perfecta. El deseo lingüe, listo para más rondas.