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Inténtalo de Nuevo en Español

6569 palabras

Inténtalo de Nuevo en Español

Tú entras al café en Polanco, con el sol de la tarde colándose por las ventanas altas y el aroma del café de olla flotando en el aire. La ciudad bulle afuera, pero adentro todo es calma chic. Ahí está ella, Daniela, sentada en una mesa junto a la ventana, con su blusa escotada que deja ver justo lo suficiente de sus curvas morenas. Te vio llegar y te sonríe con esa picardía mexicana que te ha tenido enganchado desde el primer mensaje en la app de idiomas.

Qué chingona es esta morra, piensas mientras te acercas, sintiendo ya el cosquilleo en el estómago. Llevas semanas practicando español con ella por videollamada, pero hoy es la primera clase privada. "¡Hola, guapo!", dice con voz ronca, levantándose para darte un beso en la mejilla que dura un segundo de más. Su perfume, algo floral y dulce como jazmín, te envuelve. "Siéntate, wey. Vamos a ver qué tan bien hablas."

Empiezan con lo básico: saludos, verbos. Pero Daniela no es como las profesoras tiesas. Se inclina hacia adelante, su escote rozando la mesa, y te corrige con risitas. "No, no, carnal. Di 'quiero besarte'. Inténtalo de nuevo en español." Sus ojos cafés brillan, y tú sientes el calor subiendo por tu cuello. Lo dices torpe, y ella aplaude. "¡Bien! Pero con más pasión, ¿eh? Como si me lo dijeras de verdad."

La tensión crece con cada frase. El café se enfría olvidado mientras ella te enseña palabras más... íntimas. "Ahora di 'tócame aquí'." Su mano roza la tuya accidentalmente, y un chispazo eléctrico te recorre el brazo. El ruido de la cafetería —risas lejanas, el tintineo de tazas— se desvanece. Solo queda su voz, suave como terciopelo, y el roce de su piel cálida contra la tuya.

"Neta, estás aprendiendo rápido. Me gusta eso en un gringo como tú."
Te guiña el ojo, y sientes su pie descalzo rozando tu pierna bajo la mesa. ¿Accidente? Ni madres. El deseo se enciende, lento pero inexorable.

Terminan la clase y ella propone: "¿Vamos a mi depa? Tengo más material... privado." Su sonrisa es una invitación abierta. Caminan por las calles empedradas de la colonia, el atardecer tiñendo todo de naranja. Su cadera se pega a la tuya, y cada paso hace que su aroma te maree. En el elevador del edificio moderno, ya no aguantas: la besas. Sus labios son suaves, con sabor a chicle de tamarindo, y gime bajito contra tu boca. "¡Órale, pendejo!, ¡así se habla español!"

En su departamento, minimalista con toques mexicanos —una alebrije en la repisa, velas de vainilla encendidas—, la puerta apenas cierra y sus manos están en tu camisa. "Quítatela", ordena juguetona, tirando de la tela. Su piel brilla bajo la luz tenue, suave como seda al tacto cuando la abrazas. La besas en el cuello, inhalando su sudor ligero mezclado con perfume. Ella arquea la espalda, presionando sus pechos firmes contra tu pecho desnudo.

Esto es lo que quería desde el principio, piensas, mientras sus uñas arañan tu espalda con deliciosa presión. La llevas al sofá, tumbándola con cuidado. "Enséñame más", murmuras, y ella ríe, quitándose la blusa. Sus senos perfectos, coronados de pezones oscuros y duros, te llaman. Los besas, lamiendo despacio, saboreando la sal de su piel. "¡Ay, chido! Di 'chúpame' en español." Lo intentas, y ella corrige entre gemidos: "Inténtalo de nuevo en español, pero con la lengua."

La ropa vuela: su falda, tus pantalones. Desnuda, Daniela es una diosa morena, curvas generosas que invitan a explorar. Sus manos bajan a tu erección, dura como piedra, acariciándola con dedos expertos. "Mira qué verga tan rica tienes, wey." El sonido de su voz, el roce de su palma cálida y lubricada por su propia saliva, te hace jadear. La volteas, besando su vientre plano, bajando hasta su monte de Venus depilado con un triángulo negro. El olor a excitación, almizclado y dulce, te enloquece.

Separas sus muslos suaves, y tu lengua encuentra su clítoris hinchado. Ella gime fuerte, "¡Sí, cabrón, así!", agarrando tu cabello. La saboreas, jugosa como mango maduro, lamiendo sus labios vaginales hinchados. Su sabor ácido-dulce explota en tu boca, y sus caderas se mueven al ritmo de tu lengua. El apartamento se llena de sonidos húmedos, sus jadeos roncos y el latido de tu pulso en los oídos.

Pero ella quiere más control. Te empuja al sofá y se sube a horcajadas, frotando su coño mojado contra tu polla. "Di 'fóllame'." Tropiezas con las erres, y ella se ríe, bajando despacio sobre ti. Dios, la sensación de su calor envolviéndote, apretada y resbaladiza, es indescriptible. Sus paredes internas palpitan, succionándote mientras cabalga lento al principio.

La tensión sube como una ola. Sus tetas rebotan con cada embestida, y tú las agarras, pellizcando pezones. "¡Más fuerte!", grita, y acelera, el sonido de piel contra piel resonando. Sudor perla su frente, gotea entre sus pechos, y tú lo lames. Está tan cerca, sientes sus músculos contrayéndose. Tu propia liberación bulle, el placer acumulándose en la base de tu espina.

La volteas, poniéndola a cuatro patas en el sofá. Su culo redondo y firme te tienta; lo azotas suave, y ella chilla de placer. "¡Así me gusta, pendejo! Métemela toda." Empujas profundo, sintiendo cada centímetro de su interior aterciopelado. El aroma de sexo impregna el aire, mezclado con vainilla de las velas. Sus gemidos se vuelven gritos: "¡Me vengo, me vengo!" Su orgasmo la sacude, ordeñándote con contracciones rítmicas.

No aguantas más. "¡Yo también!", ruges, y explotas dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras tu cuerpo tiembla. El placer es cegador, pulsos interminables que dejan tu visión borrosa.

Colapsan juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor. Ella se acurruca contra tu pecho, trazando círculos en tu piel con el dedo. "Buena clase, ¿no? Pero mañana try again en español, ¿eh? Para perfeccionarte." Ríen bajito, el corazón latiendo al unísono. Afuera, la noche mexicana envuelve la ciudad con luces y música lejana, pero aquí, en su calor, todo es paz y promesa de más.

Te quedas hasta el amanecer, hablando en un español torpe salpicado de besos. Esto no es solo sexo, piensas, oliendo su cabello. Es conexión, deseo crudo y empoderador. Daniela te ha enseñado más que palabras: cómo rendirse al placer con todo el cuerpo y el alma.

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