Felipe Souza El Tri en Éxtasis Prohibido
El estadio Azteca vibraba con el rugido de la afición, un mar de jerseys verdes ondeando como olas furiosas. Yo, Felipe Souza, acababa de meter el gol que clasificaba a El Tri a cuartos de final. El sudor me chorreaba por la cara, salado y caliente, mezclándose con el olor a césped recién cortado y el humo de los cuernos de niebla. Mi camiseta se pegaba a los músculos del pecho, marcando cada curva ganada a pulso en entrenamientos eternos. La adrenalina me tenía la verga medio parada, esa sensación de victoria que siempre me ponía cachondo.
Salí del vestidor con los cuates, riéndonos como pendejos, pero mis ojos buscaron algo más. Ahí estaba ella, en la zona VIP del bar del hotel, rodeada de fans pero destacando como un faro. Se llamaba Karla, una morra de curvas asesinas, con el cabello negro suelto cayéndole por la espalda y un vestido rojo que se ajustaba a sus chichis perfectas y su culo redondo. Sus ojos cafés me clavaron cuando levanté mi copa de tequila en brindis. Neta, esta noche la rijo, pensé, mientras el pulso se me aceleraba más que en el minuto noventa.
Me acerqué con paso seguro, el olor de mi colonia mezclándose con el aroma ahumado del bar. "Órale, guapa, ¿viste el golazo de Felipe Souza El Tri? Ese wey es un animal", le dije guiñando el ojo, fingiendo que hablaba de mí en tercera. Ella soltó una carcajada ronca, sexy, que me erizó la piel. "Sí, lo vi. Y el animal está aquí frente a mí. ¿Quieres que te demuestre lo fan que soy?" Su voz era miel caliente, y su mano rozó mi brazo, enviando chispas hasta mi entrepierna.
Empezamos a platicar, el tequila bajando suave por mi garganta, quemándome el pecho. Hablamos de El Tri, de cómo el fútbol nos unía, de la pasión que sentíamos por México. Ella era de la CDMX, neta chilanga hasta la medula, con ese acento juguetón que me volvía loco. "Eres más chido en persona, Felipe. En la tele pareces un dios, pero aquí... hueles a hombre de verdad", murmuró, acercándose tanto que sentí su aliento con sabor a limón y sal en mi oreja. Mi verga se endureció al instante, presionando contra los jeans.
La tensión crecía como el minuto a minuto de un partido empatado. Bailamos en la pista, cuerpos pegados, su culo frotándose contra mí al ritmo de cumbia rebajada. El sudor de ella olía a vainilla y deseo, sus caderas moviéndose como si me estuviera mamando ya.
Pinche morra, me va a matar de la buena manera. Quiero lamerla entera, saborear esa piel morena, pensé mientras mis manos bajaban por su espalda, apretando suave esa carne firme. Ella giró, me miró con ojos en llamas y me besó. Sus labios carnosos, húmedos, sabían a tequila y promesas sucias. Nuestras lenguas bailaron, explorando, mientras el mundo se desvanecía en el ruido de la música y los latidos de mi corazón.
"Vamos a tu cuarto, cabrón", susurró contra mi boca, su mano bajando disimulada a mi paquete, apretando lo justo para hacerme gemir. No lo pensé dos veces. La cargué en brazos, sus piernas envolviéndome la cintura, y subimos al elevador. Adentro, solos, nos devoramos. Le subí el vestido, mis dedos encontrando su tanga empapada. "Estás chorreando, Karla. ¿Por mí? ¿Por Felipe Souza El Tri?" Ella asintió, jadeando, "Sí, wey. Fóllame como metes goles". Olía a su excitación, ese aroma almizclado que me enloquecía, mientras le metía un dedo, sintiendo su calor apretado y resbaloso.
Entramos a la suite tropezando, risas ahogadas entre besos. La tiré en la cama king size, las sábanas frescas contrastando con nuestra piel ardiente. Me quité la camisa, dejando que viera mi torso esculpido por horas de gym y cancha. Ella se lamió los labios, ojos fijos en mi bultito. "Quítate todo, mi rey del Tri", ordenó juguetona. Obedecí, bajándome los jeans y boxers, mi verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando por ella. El aire fresco rozó mi piel caliente, erizándome los huevos.
Se arrodilló frente a mí, su aliento caliente en la punta. "Qué rica verga, Felipe. Más grande que en mis sueños". Me la chupó lento, lengua girando alrededor del glande, saboreando mi precum salado. Gemí fuerte, mis manos enredándose en su pelo, el sonido húmedo de su boca llenando la habitación. ¡Puta madre, qué buena mamada! Sabe exactamente cómo hacerme volar. La dejé mamar un rato, mis caderas empujando suave, hasta que no aguanté más. La levanté, le arranqué el vestido, exponiendo sus chichis grandes con pezones duros como piedras.
La besé por todo el cuerpo, lamiendo su cuello salado, mordisqueando sus tetas, bajando por su vientre suave hasta su concha depilada y brillante. Olía delicioso, a mujer en celo. Extendí sus piernas, admirando esos labios rosados hinchados. "Te voy a comer viva, Karla". Mi lengua atacó su clítoris, chupando suave, metiendo dos dedos que chapoteaban en su jugo. Ella arqueó la espalda, gritando "¡Sí, cabrón! ¡No pares!". Su sabor era dulce y ácido, adictivo, mientras sus muslos me apretaban la cabeza, temblando.
La tensión era insoportable ahora, como el último penal. La volteé a cuatro patas, su culo perfecto alzado como ofrenda. Me puse un condón rápido –siempre seguro, wey– y la embestí de un golpe. ¡Qué estrecha, qué caliente! Sus paredes me succionaban, mojadas y ansiosas. "¡Fóllame duro, Felipe Souza! ¡Hazme tuya como a la copa!", rugió ella, empujando contra mí. Le di con todo, piel contra piel sonando como aplausos, mis bolas golpeando su clítoris. Sudábamos ríos, el olor a sexo impregnando el aire, mis manos marcando sus caderas.
Cambié posiciones, la puse encima. Montándome como amazona, sus chichis rebotando hipnóticos. Yo desde abajo, pellizcándole los pezones, viendo su cara de puro placer.
Esta morra es fuego puro. Me aprieta tan rico que voy a explotar. Ella aceleró, gimiendo mi nombre, "El Tri, ¡me vengo!". Su concha se contrajo, ordeñándome, mientras yo la llenaba de espasmos, el orgasmo golpeándome como un tackle brutal. Gruñí, vaciándome en oleadas de placer cegador.
Caímos exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa y palpitante. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. El cuarto olía a nosotros, a victoria compartida. "Neta, Felipe, fuiste el mejor partido de mi vida", murmuró ella, trazando círculos en mi abdomen. Yo la besé la frente, sonriendo. Esta noche, más que un gol, gané algo chingón: una conexión real en medio del desmadre.
Nos quedamos así, platicando bajito de sueños, de El Tri en el Mundial, de volver a vernos. El amanecer tiñó las cortinas de dorado, pero el calor entre nosotros no se apagó. Karla se fue con una promesa en los labios y mi número tatuado en su piel imaginaria. Yo me quedé en la cama, oliendo su perfume en las sábanas, sabiendo que Felipe Souza El Tri acababa de vivir su triunfo más dulce.