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El Try Hard Fool que me Hizo Temblar

7769 palabras

El Try Hard Fool que me Hizo Temblar

En el bullicio de una noche en Polanco, con las luces neón parpadeando como promesas calientes y el aire cargado de perfume caro mezclado con el humo de cigarros electrónicos, lo vi por primera vez. Yo, Karla, con mi vestido negro ceñido que abrazaba mis curvas como un amante posesivo, sorbía un margarita helado que me picaba la lengua con sal y limón. Él estaba al otro lado de la barra, un try hard fool total: camisa ajustada marcando unos pectorales que gritaban "mírenme", gel en el pelo peinado hacia atrás como galán de telenovela y una sonrisa que intentaba ser lobuna pero salía torpe, como cachorro disfrazado de lobo.

Se acercó pavoneándose, con un trago en la mano que levantó como si brindara por el mundo entero. "Órale, reina, ¿vienes sola o el destino te mandó pa' que nos conozcamos? Soy Alex, el rey de la noche", dijo con voz grave que pretendía ser seductora, pero el nerviosismo le hacía tartamudear un poquito. Olía a colonia fuerte, de esas que gritan "macho alfa" desde lejos, y sus ojos cafés brillaban con esa hambre que me erizaba la piel.

Me reí por dentro. Qué try hard fool, neta, pensé, mientras lo escaneaba de arriba abajo. Alto, moreno, con brazos tatuados que asomaban por las mangas arremangadas y una barba recortada que pedía ser tocada. No era mi tipo habitual, los tipos refinados y fríos, pero algo en su esfuerzo patético me intrigaba. "¿Rey de la noche? Pos a ver si aguantas el trono, wey", le contesté guiñando un ojo, y vi cómo se le encendían las mejillas. El deseo empezó a bullir bajo mi piel, un cosquilleo cálido entre las piernas que me hizo cruzarlas con fuerza.

Charlamos un rato, él contando anécdotas exageradas de fiestas locas en la Roma y yo soltando risitas fingidas que lo animaban a seguir. Cada vez que se inclinaba, su aliento a tequila rozaba mi oreja, enviando chispas por mi espina. Tocó mi mano "accidentalmente" al pasar el menú, y su piel era áspera, callosa, como de alguien que trabaja con las manos. Me gusta eso, admití en silencio, imaginando esas palmas en mi cintura.

La tensión crecía con cada shot que pedíamos. Él intentaba impresionar bailando salsa pegada en la pista improvisada, tropezando un poco pero pegándose a mí con descaro. Su cuerpo duro contra el mío, el sudor empezando a perlar su cuello, oliendo a sal y hombre. Yo lo provocaba rozando mi cadera contra su entrepierna, sintiendo cómo se ponía firme al instante. "Estás jugándomela, Karla", murmuró ronco, y yo solo sonreí: "¿Yo? Tú eres el que viene con todo el paquete try hard".

Este pendejo try hard fool me está poniendo caliente de verdad. ¿Por qué me excita tanto su torpeza? Es como si su esfuerzo me hiciera sentir poderosa, deseada de una forma cruda, animal.

Salimos del bar tambaleándonos un poco, riendo como tontos bajo las estrellas de la colonia. Su departamento estaba cerca, en un edificio chido con vista a los jacarandas. Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared con una urgencia que ya no fingía. Sus labios chocaron con los míos, besos torpes al principio, dientes rozando, lenguas enredándose con sabor a tequila y menta. Gemí bajito cuando sus manos subieron por mis muslos, arrugando el vestido, el roce áspero de sus dedos contra mi piel suave haciendo que mi clítoris palpitara.

"Te quiero ya, Karla, neta que me traes loco", jadeó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible ahí, dejando un rastro húmedo que olía a mi perfume de vainilla y su saliva. Lo empujé hacia el sofá, quitándome el vestido de un tirón, quedando en tanga negra y sostén de encaje. Sus ojos se abrieron como platos, devorándome. "¡Chingón!", soltó, y se lanzó a besar mis pechos, lamiendo un pezón endurecido mientras su mano se colaba entre mis piernas.

Estaba empapada, mis jugos resbalando por sus dedos cuando me tocó. El sonido húmedo de su roce, chapoteante, me volvía loca. Sí, así, try hard fool, hazme tuya, pensé mientras arqueaba la espalda. Lo desvestí con prisa, su camisa volando, pantalón cayendo para revelar un miembro grueso, venoso, latiendo contra mi vientre. Olía a almizcle masculino, puro sexo, y lo saboreé con la lengua, salado y cálido, gimiendo al sentirlo endurecerse más en mi boca.

Pero no lo dejé acabar ahí. Lo monté en el sofá, guiando su verga dura dentro de mí con un suspiro largo. Qué rico, llenándome centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Empecé a moverme despacio, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas, el slap slap de piel contra piel resonando en la habitación. Él agarraba mis nalgas con fuerza, dejando marcas rojas que ardían placenteramente, gruñendo como bestia: "¡Más rápido, carnala, no pares!".

La intensidad subía, mis tetas rebotando con cada embestida, sudor goteando entre nosotros, mezclándose con el olor almizclado de nuestros sexos. Me inclinó hacia atrás, cambiando a misionero en el piso alfombrado, sus caderas aporreando las mías con ritmo frenético. Cada penetración profunda tocaba ese punto que me hacía ver estrellas, mis uñas clavándose en su espalda musculosa, arañando piel caliente. "Eres una diosa, Karla, me vas a matar", jadeaba, y yo respondía mordiendo su hombro, saboreando sal.

Este try hard fool ya no finge, es puro fuego, puro instinto. Me hace sentir viva, deseada hasta los huesos. No quiero que pare nunca.

El clímax se acercaba como tormenta. Mis músculos se contraían alrededor de él, ordeñándolo, mientras el placer subía en oleadas desde mi centro, explotando en un grito ronco que llenó la habitación. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, pulsando una y otra vez, su semen derramándose mientras colapsaba sobre mi pecho jadeante. Nos quedamos así, enredados, el corazón latiéndonos como tambores, el aire espeso con olor a sexo y sudor.

Después, en la cama king size con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia, fumamos un cigarro compartido –nada heavy, solo para bajar revoluciones–. Él trazaba círculos perezosos en mi ombligo con el dedo, y yo jugaba con su pelo revuelto. "Fui un try hard fool total contigo, ¿verdad?", admitió riendo bajito, voz ronca de post-sexo. Le besé la frente, oliendo a él puro. "Sí, pero el mejor fool que he tenido. Me conquistaste sin intentarlo tanto".

Nos dormimos abrazados, su brazo pesado sobre mi cintura, el calor de su cuerpo envolviéndome como manta viva. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, desperté con su boca entre mis piernas otra vez, lengua experta ahora, lamiendo mis labios hinchados con devoción. Gemí suave, enredando dedos en su cabello, el placer renaciendo lento, dulce. "Buenos días, mi try hard", susurré, y él solo sonrió contra mi piel húmeda.

Salimos a desayunar tamales humeantes en un puesto callejero cercano, el vapor subiendo con olor a masa y salsa verde que me abrió el apetito de nuevo. Caminamos de la mano por las calles empedradas, riendo de su torpeza pasada. Quién iba a decir que un try hard fool me robaría el corazón –y el cuerpo– así, reflexioné mientras su mano rozaba mi culo disimuladamente.

Ahora, cada fin de semana lo busco, y él deja de fingir tanto. Pero esa noche, su esfuerzo torpe fue el detonante perfecto. Me enseñó que el deseo verdadero nace de la autenticidad cruda, no de poses perfectas. Y neta, qué chido fue temblar con él.

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