Mi Primer Pink Try
Estaba en mi depa en la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las cortinas blancas, pintando todo de un dorado chido. Marco y yo llevábamos como seis meses juntos, y la neta, la química entre nosotros era de esas que te prenden con solo una mirada. Ese día, había llegado un paquete que pedí en secreto por internet: un vibrador rosa intenso, de esos que prometen hacerte volar. Lo saqué de la caja, suave al tacto, con una forma curva que me hizo sonrojar. Se llamaba Pink Try, y el nombre me parecía perfecto para lo que tenía en mente. Mi primer pink try, pensé, mordiéndome el labio. ¿Y si se lo enseñaba a Marco? La idea me aceleró el pulso, un cosquilleo caliente entre las piernas.
Él llegó puntual, como siempre, con esa sonrisa pícara que me deshace. "Órale, mi reina, ¿qué traes de nuevo?" dijo mientras me abrazaba por la cintura, su aliento cálido en mi cuello oliendo a menta y a ese aftershave que me vuelve loca. Lo jalé al sofá, el cuero crujiendo bajo nosotros, y le mostré la caja. Sus ojos se abrieron grandes, brillantes de curiosidad y deseo. "Pink Try? ¿En serio, Ana? ¿Quieres hacer tu primer pink try conmigo?" Su voz ronca me erizó la piel, y asentí, sintiendo el calor subir por mi pecho.
"Sí, wey, pero despacito. Quiero que me guíes", le susurré, mi voz temblando un poquito de nervios y emoción.
Empezamos con besos suaves, sus labios carnosos probando los míos, lengua juguetona que sabía a café y a promesas. Sus manos grandes subieron por mis muslos, bajo la falda corta que me puse a propósito, rozando la tela de mis panties de encaje. El aire se llenó del aroma de mi perfume de vainilla mezclado con el leve sudor de anticipación. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto, hasta que quedé en bra de push-up rosa, a juego con el juguete. "Estás preciosa, chula", murmuró contra mi ombligo, su aliento caliente haciendo que mis pezones se endurecieran al instante.
En el medio del asunto, la tensión subió como la marea en Acapulco. Me recosté en la cama king size que teníamos, las sábanas frescas de algodón egipcio rozando mi espalda desnuda. Marco se arrodilló entre mis piernas abiertas, sus ojos clavados en mí como si fuera lo más rico del mundo. Sacó el Pink Try del cajón de la mesita, lo encendió con un zumbido bajo y juguetón que vibró en el aire quieto del cuarto. "¿Lista para tu pink try, amor?" preguntó, y yo solo pude gemir un sí ahogado.
Primero lo pasó por mis labios, frío al principio, luego cálido por mi calor corporal. El zumbido se coló en mi piel, enviando chispas directas a mi clítoris. Olía a silicona nueva, limpia, mezclada con mi humedad que ya empapaba los muslos. Marco lo deslizó bajito, rozando mis labios mayores, hinchados y sensibles. Qué rico, pendejo, no pares, pensé, arqueando la espalda. Sus dedos abrieron mi concha despacio, exponiéndome al aire fresco del ventilador, y ahí lo presionó contra mi entrada, suave pero firme. El vibrador entró poquito a poco, estirándome con una plenitud deliciosa que me hizo jadear. "¡Ay, cabrón! Se siente... increíble", grité, mis uñas clavándose en sus hombros musculosos.
Él lo movía en círculos lentos, el sonido húmedo de mi excitación mezclándose con mis moans y el zumbido constante. Sudaba, gotas resbalando por su pecho tatuado, oliendo a hombre puro, a sexo inminente. Me besó el cuello, mordisqueando suave, mientras su verga dura presionaba contra mi muslo, palpitante y lista. Internamente luchaba: ¿Me dejo ir ya o lo hago durar? Pero el Pink Try no perdonaba; subí la intensidad con el control remoto, y una ola me golpeó, mis paredes contrayéndose alrededor del juguete. "Marco, métemela tú ahora", le rogué, voz entrecortada.
Escaló todo en ese momento. Sacó el vibrador chorreando de mis jugos, lo lamió con una mirada sucia que me prendió más, sabor salado y dulce en su lengua. Se quitó el bóxer de un tirón, su verga gruesa saltando libre, venosa y brillante de pre-semen. Me volteó de lado, mi posición favorita, y entró de un empujón lento, llenándome hasta el fondo. El slap de piel contra piel resonó en el cuarto, rítmico como tambores aztecas. Sus bolas chocaban contra mi clítoris con cada embestida, y yo apretaba las nalgas, sintiendo cada vena, cada pulso. "¡Qué chingón estás, wey! Más fuerte", lo azucé, mis tetas rebotando con el movimiento.
Volvió a encender el pink try, presionándolo contra mi clítoris mientras me cogía sin piedad. Doble estimulación que me volvió loca: el zumbido contra el roce interno, su aliento jadeante en mi oreja, "Ven conmigo, mi amor, córrete". El olor a sexo impregnaba todo, almizcle pesado y adictivo. Mis músculos se tensaron, un fuego subiendo desde el estómago hasta explotar en mi cabeza. Grité su nombre, el orgasmo rompiéndome en oleadas, mi concha ordeñando su verga en espasmos incontrolables. Él gruñó profundo, un sonido animal, y se corrió adentro, chorros calientes pintando mis paredes, su cuerpo temblando contra el mío.
Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas, el Pink Try olvidado en la mesita aún zumbando bajito hasta que Marco lo apagó con una risa ronca. Sudor pegajoso entre nosotros, su semen goteando lento por mi muslo, cálido y pegajoso. Me besó la frente, suave ahora, "Fue el mejor pink try de tu vida, ¿verdad?". Sonreí, el corazón latiendo tranquilo, sintiéndome poderosa, dueña de mi placer. "Neta, pendejo, pero el próximo lo elijo yo", le contesté juguetona, oliendo su piel salada mientras nos acurrucábamos.
Quedamos así hasta que el sol se puso, tiñendo el cuarto de rosas como el juguete que lo cambió todo. Esa noche, probé no solo un vibrador, sino una parte nueva de mí misma: libre, sensual, sin miedos. Marco me abrazó fuerte, y supe que esto era solo el principio de muchas aventuras chidas juntos.