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Trío Archiduque de Beethoven en Éxtasis Carnal

6562 palabras

Trío Archiduque de Beethoven en Éxtasis Carnal

La noche en mi depa de la Condesa, en la Ciudad de México, olía a velas de vainilla y a ese toque de jazmín que siempre prendo pa' ambientar. Tenía todo listo: el sistema de sonido high-end conectado al Spotify premium, una botella de mezcal artesanal del mercado de Oaxaca, y a mis dos carnales más cercanos. Javier, mi novio de dos años, con ese cuerpo atlético de quien corre por el Bosque de Chapultepec todas las mañanas, y Luis, su compa de la uni, el tipo alto, moreno, con ojos que te desnudan sin decir ni madres.

Nos conocíamos los tres desde hace rato, y la química siempre había estado ahí, flotando como el humo del incienso. Neta, nunca habíamos cruzado la línea, pero esa noche, con el pretexto de escuchar el Beethoven Archduke Trio, algo se sentía diferente. Javier me había dicho: "Órale, carnala, vamos a ponernos culturales, pero con tu toque sexy". Yo reí, sabiendo que el mezcal aflojaría lenguas y cuerpos.

Me puse un vestido negro ceñido, sin bra, que dejaba ver el contorno de mis chichis firmes, y unas tanguitas que se marcaban apenas. Ellos llegaron con camisetas ajustadas y jeans que no disimulaban nada. Nos sentamos en el sillón de cuero suave, yo en medio, con vasos en mano. "Salud por Beethoven, el sordo más cabrón", brindó Luis, y nos reímos mientras el primer movimiento del trío Archiduque empezaba a sonar.

El piano de Beethoven entró primero, como dedos delicados rozando mi piel, notas cristalinas que me erizaban el vello de los brazos. El violín se unió, un lamento dulce, sensual, que me hacía cerrar los ojos y sentir un cosquilleo entre las piernas. El cello, grave y profundo, vibraba en mi pecho, como un pulso bajo que aceleraba mi corazón.

"Qué chingón es este pedo", pensé, mientras el aroma del mezcal se mezclaba con el calor que empezaba a subir de nuestros cuerpos pegados.

Javier me pasó el brazo por los hombros, su mano bajando despacio hasta mi muslo. "Te ves rica esta noche, mi reina", murmuró en mi oído, su aliento cálido oliendo a agave. Luis, del otro lado, rozó mi rodilla con la suya, accidentalmente... o no. El segundo movimiento del Beethoven Archduke Trio era más lento, íntimo, como un susurro de amantes en la penumbra. Sentí mi concha humedecerse, el calor creciendo, y no pude evitar apretar las piernas.

"¿Les late el trío?", pregunté con voz ronca, y Javier soltó una carcajada baja. "Mucho, pero este trío de aquí promete más". Luis se inclinó, su mano ahora en mi otra pierna, subiendo centímetro a centímetro. ¡Puta madre, qué rico! Mi piel ardía bajo sus toques, el cuero del sillón crujiendo suavemente. El violín gemía en el fondo, elevándose en crescendos que imitaban mi respiración agitada.

El deseo se acumulaba como las notas que se apilaban en la música. Javier me besó el cuello, mordisqueando suave, mientras Luis capturó mis labios en un beso hambriento, su lengua explorando con urgencia. Saboreé el mezcal en su boca, salado y dulce. Mis manos volaron: una a la verga dura de Javier bajo el jeans, la otra desabotonando la camisa de Luis para sentir su pecho peludo, cálido, palpitante.

Acto dos: la escalada. Nos paramos, tambaleantes de excitación, y la música seguía envolviéndonos. Quité mi vestido de un tirón, quedando en tanguita empapada. "¡Mírenme, cabrones!", dije juguetona, girando pa' que vieran mi culazo redondo. Javier gruñó: "Eres una diosa, wey". Luis me jaló contra él, sus manos amasando mis chichis, pellizcando los pezones duros como piedras. Gemí fuerte, el sonido ahogado por el cello que rugía en los parlantes.

Caímos al piso sobre una alfombra persa mullida, oliendo a lana y sudor fresco. Javier se desvistió rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando ya. Luis igual, la suya más larga, curva perfecta pa' tocar lo profundo. Yo me arrodillé entre ellos, el corazón latiéndome en la garganta. Lamí primero la de Javier, salada, musculosa, chupando la cabeza mientras él jadeaba: "¡Sí, así, mi amor!". Luego a Luis, tragándomela hasta la garganta, el sabor almizclado invadiendo mi boca.

El tercer movimiento del trío Archiduque de Beethoven aceleraba, frenético, y nosotros lo seguíamos. Javier me puso de rodillas, metiéndomela por atrás mientras yo chupaba a Luis. Sentí su verga abriéndome la panocha, resbaladiza de mis jugos, embistiendo profundo.

"¡Qué chido, dos vergas pa' mí sola!", pensé en éxtasis, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con las cuerdas vibrantes.
Luis me follaba la boca, suave pero firme, sus bolas peludas rozando mi barbilla. El olor a sexo llenaba el aire: sudor, concha mojada, pre-semen.

Cambiaron posiciones, la tensión subiendo como el clímax musical. Luis debajo de mí, yo cabalgándolo, su verga rozando mi clítoris con cada rebote. Javier atrás, untando saliva en mi culo apretado. "¿Quieres, reina?", preguntó. "¡Sí, pendejo, métemela!", rogué. Entró lento, el ardor dulce estirándome, lleno total. Grité de placer, el dolor convirtiéndose en olas de gozo. Sus caderas chocaban rítmicamente, sincronizadas con el piano furioso de Beethoven.

Sudor corría por mi espalda, goteando en la piel de Luis. Sentía sus pulsos acelerados, oía sus gemidos roncos: "¡Te voy a llenar, mamacita!". Mi orgasmo se acercaba, coño contrayéndose alrededor de Luis, culo apretando a Javier. El Beethoven Archduke Trio llegaba a su apogeo, notas explotando como fuegos artificiales.

El final: liberación. "¡Me vengo!", aullé primero, el mundo explotando en blanco, jugos chorreando por las bolas de Luis. Él rugió, llenándome la panocha de leche caliente, espesa. Javier embistió tres veces más y se corrió en mi culo, chorros calientes inundándome. Colapsamos en un enredo de miembros temblorosos, respiraciones jadeantes, la música suavizándose al último movimiento sereno.

Yacíamos ahí, pieles pegajosas, olores mezclados en un perfume embriagador. Javier me besó la frente: "Eres lo máximo, mi vida". Luis acarició mi pelo: "Neta, el mejor trío ever". Reí bajito, el cuerpo aún vibrando en afterglow. El trío Archiduque de Beethoven terminaba en paz, como nosotros, saciados, conectados. Afuera, las luces de la Condesa parpadeaban, pero adentro, solo quedábamos el eco de la pasión y el latido compartido de tres corazones.

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